Especiales Editoriales

Una perinola sin opciones

Para conectar lo que fuimos con lo que queremos ser tendremos que trabajar en lo que a las sociedades fragmentadas se les está volviendo difícil: en aras del bien común.

Jaime Urquijo Director ejecutivo de Great Place To Work® en Colombia
27 de febrero de 2021 a las 4:30 a. m.
Una perinola sin opciones

El 2020 fue un año lleno de retos y desafíos que situaron a la humanidad en un estado de vulnerabilidad jamás visto a escala global. Por supuesto, las organizaciones no fueron la excepción, y, como actores fundamentales de la economía y la sociedad, se vieron obligadas a repensar su propuesta de valor, estrategia, dinámicas internas y externas, relaciones y comunicaciones, para poder desenvolverse en un contexto para el cual, no parece exageración decirlo, nadie estaba preparado.

Esto marcó un punto de inflexión en la manera como concebíamos el mundo y los modos en que nos relacionábamos con nuestro entorno. Fue el año de archivar paradigmas y de apelar a tecnologías que no solo sumaron a la productividad organizacional, sino también a mitigar los efectos de un aislamiento que fuimos digiriendo por cucharadas. La normalidad todavía parece lejana, y ya no hay duda de que será distinta a aquella que conocíamos. Para conectar lo que fuimos con lo que queremos ser tendremos que hacer muy bien, y durante años, lo que a sociedades fragmentadas se les está volviendo cada vez más difícil: trabajar en aras del bien común. El “sálvese quien pueda” ya hizo lo suyo. De ahora en más será nuestra capacidad de crear valor social lo que hará la diferencia que nos dé derecho a pensar en un mañana mejor.

El valor social obliga a ver a las organizaciones más allá del corto plazo y de lo meramente económico, y también a entender que el valor es un concepto mucho más complejo de lo que parece, que está asociado a necesidades y aspiraciones, individuales y colectivas. De hecho, son estas las que configuran el ambiente laboral, que es uno de los primeros y más reconocibles aportes de una organización a una sociedad.

De sus constituyentes, uno de ellos ganó un protagonismo excepcional desde que comenzó el aislamiento obligatorio: el cuidado. No es exagerado decir que muchos colaboradores fueron sorprendidos cuando vieron a sus empleadores tomar medidas que buscaban protegerles, como nunca lo habrían esperado de estos. Ha sido este entonces un periodo en el que muchos han experimentado la gratitud, que incluso les ha llevado a reconocer que su empleador es en sí mismo un privilegio, que se ha hecho visible en medio del infortunio de tantos que no cuentan con un vínculo que suma tanto a sus vidas.

Esta gratitud se ha traducido en unos niveles de compromiso como nunca los habíamos encontrado en nuestro ejercicio profesional. Se podría decir, sin temor a exagerar, que son muchos los empresarios que terminaron el año conmovidos por la entrega que vieron en sus colaboradores, casi al punto de creer que esta ya era excesiva.

Una dinámica muy simple: cuidado, por un lado; gratitud y compromiso desbordantes, por el otro. Este sencillo mecanismo ha sido más que suficiente para reafirmar que el ambiente laboral puede efectuar una contribución extraordinaria a la capacidad de creación de valor de las organizaciones. Por supuesto, la naturaleza humana generará nuevas necesidades y expectativas, que será necesario comprender y gestionar. De lo que no debe haber duda es que es posible tener dialécticas virtuosas, en las que el dar más allá de lo que era previsible es recompensado con retornos que desbordan la expectativa más optimista.

Es imperativo ahora llevar esta dinámica a la sociedad. Vencer los miedos que nos han llevado a un amasijo de privilegios, que ya destruyen mucho más valor de aquel que pretendían crear. Por esto, la perinola de estos años solamente debería tener un mensaje: “Todos ponen”. Que no haya quien –distinto a los más desfavorecidos– crea que el esfuerzo que es necesario hacer para llegar donde queremos es tarea de otros.

Como sociedad debemos deponer nuestros temores para dar paso a acuerdos fundados en aquellos valores que son propios de los grandes lugares para trabajar: la credibilidad, el respeto, la justicia y la camaradería. Si estos ayudan a las organizaciones a crear valor, ¿por qué pondríamos en duda su capacidad de hacerlo en la más importante de todas ellas, como lo es la sociedad en que vivimos?

Esto hará posible un país que cree un valor muy significativo para sus habitantes, y ninguno tan importante como el de poder vivir animados por la esperanza de tener una vida digna y, por supuesto, mejor de la que teníamos el día que por primera vez supimos de la existencia de la covid-19.