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| 9/26/2009 12:00:00 AM

Bajo la guía de Bolívar

El mito del Libertador a veces no deja ver qué fue lo que lo convirtió en un líder.

Bajo la guía de Bolívar Bajo la guía de Bolívar
Fue el propio Pablo Morillo quien nos obsequió una imagen penetrante y certera del Libertador: "Bolívar es la revolución". Desde entonces, y aun antes, todo un continente se ha interrogado ¿qué virtudes, qué potencialidades, qué talentos o qué fuerzas personales poseía, para haberse convertido en una especie de poderosa categoría histórica que, tanto entonces como ahora, le permiten seguir influyendo en el destino de varias naciones y de millones de seres humanos?

Sin duda que la personalidad histórica y el hecho humano que encarna Simón Bolívar continúan participando del enigma. La impresionante y hasta agobiante bibliografía existente hoy en América y en otras latitudes no ha podido descifrar completamente todos los factores de su personalidad que acabaron por convertirlo en el supremo artífice de un hecho de trascendental importancia en la configuración geopolítica del siglo XIX, y que empujó el advenimiento de una nueva época, la consolidación de la democracia liberal y burguesa que aún sigue imprimiendo sus perfiles a la historia contemporánea.

Se ha intentado explicar el enigma de Bolívar en forma más bien romántica. Las explicaciones racionales para descifrar el alma o la intimidad del ser humano son de una precariedad lastimosa. En su reemplazo ha surgido la leyenda, se ha entronizado al mito, se ha deificado al héroe, ha surgido el superhombre engendrado en las entrañas de nuestra supuesta "raza cósmica", y se ha venerado a un profeta que anticipó y señaló el futuro de nuestro mundo. Bolívar se nos ha perdido como hombre dentro de ese casi inabarcable universo de interpretaciones y significaciones que, con tono de literatura y de alabanza, le han tributado los pueblos a este "alfarero de repúblicas".

¿Podremos conformarnos con decir que fue el "carisma" personal -eso que Weber caracteriza como la autoridad obtenida por los efluvios personales que identifican a un líder y que obliga a que en él se depositen la devoción y la confianza de los dominados- lo que hace que Bolívar, tanto en el pasado como en el presente, continúe gravitando sobre nuestra manera de ser y de estar en la historia?

Por supuesto, desde los conceptos sociológicos se puede abordar algo de lo que implica Bolívar como hecho histórico. Pero de manera inexorable caeríamos siempre en lo inexplicable de su enigma personal. ¿Y es que acaso en sí mismo el carisma no es más que la expresión de fenómenos no racionales?

¿Fue su ser guerrero, su ser intelectual, o su talante aristocrático lo que le proporcionó ese liderazgo desmesurado? Ni gran guerrero ni gran intelectual son denominaciones que se ajustan plenamente al Libertador. Carecía de una estricta formación militar, fueron más las derrotas que los triunfos que pudo celebrar. Indisciplinado por naturaleza, emocional, hiperactivo, su formación libresca y académica no era de excelencia. Pero una poderosa comprensión intuitiva, casi tocada de genialidad, le suplía ampliamente esas aparentes deficiencias. Quizá por eso mismo acabó por desarrollar un pensamiento político que tenía vuelo e instrumentos propios, sin ninguna sumisión a las ortodoxias. Heterodoxo y antidogmático, tuvo el talento de acomodar lo "sagrado" de la teoría política de su tiempo a las circunstancias cambiantes que le planteaba la historia donde actuaba. Terminó por escribir con elegancia apasionada y romántica, con inspiración poética. Terminó de legislador y de político. Comprendía con escalofriante certidumbre el movimiento de la historia. Fue entre nosotros, como lo será Borges después, la encarnación de lo universal en medio de un mundo y de unos hombres que respiraban hedor a parroquia. No necesitó ser un gran militar ni un gran intelectual, en el sentido acartonado y académico de esos términos. Su genio intuitivo, su desgarrada transparencia existencial, su ilimitada generosidad romántica y hasta su nunca desmentida altivez aristocrática, le han permitido ser hasta ahora casi el único y gran héroe latinoamericano con visión y pasión de futuro y de grandeza.

Por eso toda la leyenda y todos los adjetivos que le regalan los pueblos, que por lo general no se equivocan colectivamente frente a lo que veneran, tienen esa validez emocional y esa legitimidad "irracional" y carismática que convierte la historia en algo que es mucho más cercano al arte que a la ciencia.

Por más sociologismo que se intente, ese hombre-revolución llamado Bolívar, en el que parece encarnarse la desmesura de lo humano, continúa perteneciendo al enigma, a ese territorio donde lo racional fracasa como intento explicativo. Tal vez por eso su mito, como su gloria, seguirá dilatándose con el acontecer del tiempo. Se volverá indestructible, a pesar de sus imitadores de pacotilla, a pesar de los sucesivos asaltos ideológicos que pretenden atribuirse arbitraria y groseramente el legado de su pensamiento. Bolívar entonces permanece como mito, y al amparo de su sombra los pueblos se dignifican y buscan iluminación e inspiración para no fallar en su errático transitar histórico.
 
* Sociólogo. Autor de la biografía 'Bolívar, delirio y epopeya'

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