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| 6/23/1997 12:00:00 AM

CESAR GAVIRIA TRUJILLO

El revolcón, que comenzó siendo un eslogan electoral, terminó siendo una realidad.

CESAR GAVIRIA TRUJILLO CESAR GAVIRIA TRUJILLO
Cuatro colombianos han sido presidentes desde que se fundó SEMANA: Belisario Betancur, Virgilio Barco, César Gaviria y Ernesto Samper. Si tocara resumir sus obras de gobierno en una frase, tendrían que ser: Belisario trató de hacer la paz, Barco combatió al narcoterrorismo, Ernesto Samper no se cayó y César Gaviria hizo un revolcón. Nadie discute que Gaviria cambió muchas cosas. Que esos cambios hayan sido buenos o malos es un juicio histórico sobre el cual todavía no hay consenso. En lo que sí hay consenso es en que fue un reformador. Y los reformadores generalmente salen bien parados en los libros de historia. Lo que lo convierte en un personaje singular y particularmente influyente en la vida nacional en los años por venir es su capacidad para salirse con la suya. César Gaviria siempre se salió con la suya. Casi la totalidad de las instituciones que caracterizan al país de hoy, con todas sus ventajas y desventajas _la Fiscalía, la Corte Constitucional, la elección popular de gobernadores, la autonomía del Banco de la República, la tutela, los nuevos estados de excepción_ nacieron entonces como resultado de la Constitución de 1991, la cual sepultó la Carta de Núñez. Entre 1990 y 1994 la economía colombiana, tradicionalmente cerrada y proteccionista, se abrió a la apertura. Y por último Gaviria, replicando lo que hizo Alfonso López Pumarejo durante la Revolución en Marcha, trajo al poder a una nueva generación. Basta con observar el actual panorama político para ver los efectos de esta renovación generacional. La relevancia de Gaviria _y la razón por la cual semana lo ha elegido como el político más importante de los últimos 15 años_ está en su capacidad para imaginar los cambios y ponerlos en práctica. En un país "destructor de gobiernos", como dice García Márquez, y en medio de las bombas, los secuestros y la violencia acostumbrada, logró mantener con vida ambiciosos propósitos colectivos durante toda su administración. Todavía es pronto para evaluar la bondad de su reforma, pero hoy pocos dudan de que lo que el país necesita es aún más cambios y que lo que se inició en el gobierno de Gaviria requiere de mayor profundidad y, si se quiere, de más imaginación. A nadie se le ocurriría que la salida para la crisis actual es eliminar la Fiscalía o la tutela. Todo el mundo está de acuerdo en que hay que reformarlas pero su existencia no se cuestiona. Hoy es evidente que para ser un buen gobernante en Colombia se necesita liderazgo y una agenda de cambio que permita mirar hacia adelante a pesar de que se esté librando una guerra civil. Aunque no todos están de acuerdo con la bondad de sus resultados, el ejemplo de búsqueda del cambio hacia el futuro probablemente sea la gran herencia del cuatrienio Gaviria.Cuando el presidente Virgilio Barco lo nombró como su primer Ministro de Hacienda en 1986 pocos lo conocían. Cinco años después, el 4 de julio de 1991, aparecía firmando, en calidad de Presidente de la República, la Constitución de 1991. Pocas instituciones salieron incólumes en su gobierno, al cual llegó a los 43 años de edad.Tecnico en Bogotá y manzanillo en PereiraEn realidad lo que se decía del presidente Barco _que era técnico en Bogotá y manzanillo en Cúcuta_ se podía predicar igualmente de su recién nombrado Ministro de Hacienda. Tenía suficientes credenciales para ocupar esa cartera. Al fin y al cabo era economista de Los Andes, había sido viceministro de Desarrollo, columnista económico de El Tiempo y frecuentaba los círculos de Estrategia. Pero a la vez era un miembro de la clase política, que conocía bien sus tejemanejes y comprendía que lo que lograba la aprobación de las iniciativas gubernamentales en el Parlamento no era apenas la bondad de su contenido. Gaviria había estudiado en un colegio laico en Pereira, su ciudad natal, adonde había llegado de la mano de su padre, Byron Gaviria, un paisa de racamandaca, librepensador tan consumado que hoy está enterrado no bajo una cruz sino en el Cementerio Libre de Circasia. Al graduarse de bachiller viajó a California en un programa de intercambio. Allí aprendió inglés y conoció la música rock: aún hoy escucha a los Rolling Stones. Al regresar estudió economía en la Universidad de los Andes. Era uno de los centenares de estudiantes de provincia que llegan a la capital, comparten apartamento con dos o tres coterráneos y regresan a su ciudad natal en las vacaciones. Aunque tenía una bien ganada fama de parrandero sus compañeros en Los Andes lo recuerdan como un tipo tímido, callado, extremadamente aplicado y muy inteligente. Pero también con un carácter muy fuerte, el cual se fue haciendo cada vez más evidente y salió a relucir cuando notificó a sus profesores que, una vez graduado de economista, se dedicaría a la política en Pereira. Uno de ellos, Roberto Villaveces, en un regaño memorable, le puso los puntos sobre las íes y le dijo que consideraba una gran estupidez esa decisión.Un tomador de riesgosQuizá por su naturaleza arriesgada su aparición y surgimiento en la política nacional fueron tan meteóricos. La escuela en la política de la trastienda ayudó, sin duda, a que Gaviria supiera aprovecharse del momento histórico. Fue representante a la Cámara a los 26 años. A los 27 fue nombrado alcalde de Pereira. La foto de posesión muestra a un jovencito vestido a la moda de la época, con el pelo largo, jurando con enorme seriedad. Pocos años después sería presidente de la Comisión de Asuntos Económicos y a los 38 presidente de la Cámara misma. Según sus compañeros de Congreso, Gaviria era silencioso, retraído y tímido pero estudioso e inteligente; un feroz practicante de la duda metódica, de darle la vuelta a los argumentos, de rechazar verdades reveladas.Pero desde cuando protagonizó en la plenaria de la Cámara de Representantes, en 1985, el debate que le hizo el Congreso al presidente Betancur por la toma del Palacio de Justicia, Gaviria inició su ascenso en la política nacional. Durante días Gaviria, miembro alterno de la dirección liberal y director de la campaña de Barco, puso en jaque al gobierno mediante el análisis minucioso de los dos días trágicos del 6 y 7 de noviembre, sacando a relucir las contradicciones de la administración, sus decisiones equivocadas y la consiguiente responsabilidad política. Barco le dio su pleno respaldo y lo trató desde entonces como su mano derecha premiándolo, al llegar a la Presidencia, con el nombramiento en el Ministerio de Hacienda. La fila india liberalTres hechos fueron determinantes en su llegada a la Presidencia en 1990. El primero, su manejo del orden público como ministro de Gobierno de Barco y su protagonismo, como ministro delegatario de funciones presidenciales, en los momentos críticos de esa administración: el secuestro de Alvaro Gómez, los paros cívicos, los atentados. Demostró que era capaz de gobernar. El segundo, el haberse negado, en 1989, a ser precandidato liberal a las elecciones internas. Para sorpresa de muchos tomó la decisión de acompañar como jefe de debate a Luis Carlos Galán, quien había regresado a las filas liberales luego de 10 años de disidencia. De ese modo se puso en la fila india. Y el tercero fue el discurso de Juan Manuel Galán en el Cementerio Central de Bogotá, durante el entierro de su padre, asesinado por el cartel de Medellín. En su breve intervención, ante 35 millones de colombianos desconsolados, Juan Manuel pidió a Gaviria tomar las banderas de Galán y seguir su proyecto político. Como se dice en lenguaje popular, "se le apareció la Virgen".Tiene fama de pragmático y de frío. Es capaz de permanecer largo rato en silencio. Uno de sus asesores describe una reunión con un delegado de Corea del Sur que venía a buscar el apoyo colombiano para el Mundial de Fútbol, en la que el presidente Gaviria no abrió jamás la boca. Dijo apenas "cómo está" y, al pararse dando por terminada la reunión, "mucho gusto". "Muy ejecutivo su Presidente, señor", dijo el coreano espantado. Así responde todas sus llamadas, todas sus cartas, enfrenta una crisis y a eso le suma una agenda propia. ¿Habrá futuro? Sobre sus iniciativas habrá discusión durante años, si no décadas. Estas, si se miran con cuidado, tampoco fueron tan ambiciosas. Aunque durante su gobierno cada medida era presentada como revolucionaria, un estudio reciente del BID, por ejemplo, describe los cambios que Gaviria puso en práctica en materia económica como "moderados". Pero aunque en esta materia todo el mundo tenía a finales de los 80 claridad sobre la necesidad de la apertura, no era fácil ponerse de acuerdo en el cómo y en la velocidad. Por su temperamento Gaviria desconfiaba del interminable proceso de consultas que los mandatarios solían poner en práctica cada vez que se iba a llevar a cabo un cambio importante, sobre todo en economía. De modo que al decidir la apertura de la economía hizo precisamente eso: la abrió. Es decir, cuando se trató de tomar una decisión sobre el cuándo y el cómo se inclinó por contradecir la tradición del Bundesbank colombiano: aceleró a fondo en cambio de hacerlo de manera gradual.Lo mismo sucedió con la Constitución. Durante décadas y en virtud del artículo 13 del Plebiscito del 57, que disponía que la Constitución sólo podía ser reformada por el Congreso, los intentos por abrir el cerrado sistema político del Frente Nacional y por modernizar las instituciones colombianas fracasaron en las manos de la Corte Suprema de Justicia. Gaviria, quien había sido protagonista de algunos intentos de reforma como ministro de Gobierno del Presidente Barco _la Comisión de Reajuste Institucional y la reforma de 1988_, apoyó en su momento la iniciativa estudiantil de poner en juego una papeleta adicional para que fuera el pueblo, directamente, el que decidiera si se reformaba ese artículo. No fue una maniobra de la mayor ortodoxia y algunos la describen como una violación inaceptable del estado de derecho. Así sin embargo abrió la posibilidad de convocar la Constituyente, materia en la que Gaviria no tuvo duda alguna. La revocatoria del mandato de los congresistas elegidos en 1990, por parte de la Constituyente, fue el comienzo de una secuencia de expectativas, algunas falsas y otras verdaderas, que caracterizan el país conmocionado de hoy.Fue mucho antes de eso que el ex presidente López Michelsen definió a Gaviria de una manera precisa. "Lo que distingue a Gaviria de los otros_dijo en alguna oportunidad López_, es que termina la faena y clava el estoque". En un país en el que los dirigentes políticos se caracterizaban más por sus palabras y sus gestos que por sus acciones esa sola cualidad le ha garantizado a Gaviria un papel en la vida nacional. Después de muchos contratiempos César Gaviria terminó su período con una alta popularidad. Eso no deja de ser poca gracia si se tiene en cuenta que tuvo que afrontar dos de los más grandes escándalos de la historia contemporánea. La fuga de Pablo Escobar de La Catedral y el apagón. Eso lo llevó a niveles de popularidad inferiores a cualquiera de los que ha tenido Ernesto Samper, y sin embargo hoy y a pesar de los ataques del gobierno actual sus índices están por encima del 60 por ciento. Una encuesta reciente muestra al ex presidente Gaviria como una de las tres o cuatro figuras públicas con mayor índice de favorabilidad. La presencia de uno que otro gavirista en la próxima contienda electoral _de hecho, salvo Andrés, Lleras y Serpa, todos lo son de una o de otra manera_ demuestra la notable influencia que tendrá en la vida colombiana en los años por venir. El que haya cumplido apenas 50 años de edad como secretario general de la OEA, cuyo período termina en 1999, hace que Gaviria tenga mucho tiempo por delante.

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