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| 1/27/2018 10:15:00 PM

El marinero de agua fría

El pez capitán, un pequeño y solitario bagre descubierto hace más de dos siglos, solo habitaba en la cuenca alta del río Bogotá. Sin embargo, su traslado forzoso a otras zonas, la pesca inadecuada, la degradación de su hábitat y la contaminación del agua lo tienen al borde de extinguirse.

El marinero de agua fría El marinero de agua fría

Cuando Alexander von Humboldt recorría en 1805 la parte alta del río Bogotá, se topó con un pequeño bagre de largos bigotes, piel gruesa sin escamas, cabeza aplanada y 5 aletas distribuidas en los 23 centímetros de su cuerpo entre verde oscuro y negro, con pintas amarillas y blancas.

Lo encontró tranquilo y pasmado, y decidió bautizarlo Eremophilus, que significa amante de la soledad, con el apellido mutisii, en honor al botánico José Celestino Mutis. Su nombre popular, pez capitán de la sabana, ha sobrevivido al paso de los años. Hoy en día, y después de muchos estudios científicos, se tiene la certeza de que este bagre es una especie endémica del río Bogotá, es decir que solo habita en este lugar.

Sin embargo, en su reporte sobre el pequeño bagre, la primera especie de pez de agua dulce descrita científicamente en del país, Humboldt también pronosticó su tormentoso futuro. En efecto, el científico lo describió como una comida muy agradable que consumían los pobladores de Santa Fe para celebrar la Cuaresma.

Hace 212 años, el científico alemán relató que el pez capitán vivía tranquilo y en una soledad inamovible en el tramo alto del río Bogotá, a una altura entre los 2.500 y 3.100 metros sobre el nivel del mar y a temperaturas no mayores a los 18 grados centígrados.

El pez insignia de la sabana comenzó su tormento en el siglo XX, cuando algunos piscicultores comenzaron a trasplantarlos a sitios como el lago de Tota, las lagunas de Fúquene y La Cocha (Nariño) y otros cuerpos de agua fría en Ubaté, Chiquinquirá y Tundaza, para alimentar a las truchas, una especie foránea muy apetecida comercialmente.

Aunque en la actualidad no hay estudios poblacionales sobre la cantidad de individuos del pez capitán que sobreviven en la cuenca alta del río Bogotá, sí se conocen impactos en la zona que atentan contra él: la pérdida de cobertura vegetal en rondas y bosques; la desecación, sedimentación y mal uso del recurso hídrico; y la contaminación del agua del río.

Su tamaño ha mermado en los últimos años. En Fúquene se han visto animales maduros listos para procrear con tallas de 10 centímetros, lo cual contrasta con los 23 centímetros que vio Humboldt al descubrirlos.

En el pasado, los capitanes también habitaban en los humedales y cuerpos lénticos del Distrito Capital. Pero hace más de 50 años nadie los ha visto en esos sitios.

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