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| 1/17/2000 12:00:00 AM

EL MILENIO POR ANTONIO CABALLERO

El siglo XVIII:La razón y la revolución

EL MILENIO POR ANTONIO CABALLERO, Sección Especiales, edición 920, Jan 17 2000 EL MILENIO POR ANTONIO CABALLERO
Cuántos nombres posibles para el largo, rico, variado, complejo y contradictorio siglo XVIII. El
Siglo de la Crítica, lo llamó el filósofo Immanuel Kant, que la llevó a su extremo. Y fue todo él un siglo plagado
de filósofos. El Siglo de las Luces, en el que la Razón creyó triunfar definitivamente sobre el oscurantismo de
la Religión; pero el resultado, contradictorio hasta el absurdo, fue que los revolucionarios franceses no
vacilaron en erigir altares para adorar a la Diosa Razón. Los revolucionarios: es, en efecto, el siglo de la
Revolución, en el que triunfan la norteamericana de 1776 y la francesa de 1789: la Gran Revolución
Burguesa. ¿El Siglo de la Burguesía, entonces? Sí, pero también el del Despotismo Ilustrado, benévola
entelequia en la que por arte de birlibirloque se ha convertido el malévolo Absolutismo de la centuria
anterior: el siglo de Catalina de Rusia, y María Teresa de Austria y Federico de Prusia, los amigos de Voltaire.
Porque, claro, es también el siglo de Voltaire, cuya cabeza de diablo se ve asomar por todos los
recovecos: un filósofo escéptico y sardónico, que pensó sobre todo, escribió sobre todo, influyó sobre todo,
y, a fuerza de criticar sin descanso todo el edificio social, alcanzó un reconocimiento social como ningún
intelectual había conocido jamás: los déspotas ilustrados, esas fieras, iban a comerle en la mano. En el siglo
de la Paz Perpertua (la idea fue de Kant) y de la guerra permanente (la idea fue de los reyes).Y es el siglo de
la Educación _los enciclopedistas, el revolucionario Emilio de Rousseau_, pero también el de la Reacción:
todas esas veleidades fueron condenadas por las autoridades. Cuando apenas despuntaba el siglo
siguiente, en 1802, ya podía Chateaubriand en El Genio del Cristianismo echar otra vez al vuelo las
campanas de la nostalgia oscurantista. Es un siglo en el que coexisten la lágrima fácil de la literatura
_Goethe publica Los infortunio del joven Werther_ y el ojo seco de la economía política _Adam Smith
publica La riqueza de las naciones._ Porque, ah, sí: es el siglo de las Naciones, pese a que se alaba el
cosmopolitismo aventurero (el siglo de Casanova). Inglaterra es ya la primera potencia mundial, aunque las
agitaciones de Francia mantengan su protagonismo, y se consolidan Prusia y Rusia, y en América nacen los
Estados Unidos. Es el siglo de la Naturaleza, gran inspiradora de los pensadores: la naturaleza era racional,
la razón era natural: lo cual desembocaba en el whatever is, is right (lo que existe está bien) de Pope y en "el
mejor de los mundos posibles" del Candide de Voltaire. Un siglo optimista, aunque atroz. A la vez idealista y
materialista, que inventó el mito del Buen Salvaje al tiempo que creaba en la práctica al miserable
proletario. Porque es el siglo de la Revolución Industrial. El siglo de las Máquinas (Watt inventó la de vapor, la
más preñada de futuro, en 1768), que iban a transformar para siempre _para bien y para mal_ las relaciones
humanas. Y quizás sea el siglo de una sola máquina: la guillotina, ingenioso mecanismo que de un tajo, en la
persona del rey Luis XVI de Francia, le cortó la cabeza a todo el Ancien Régime.Porque una cosa lleva a otra,
engarzándose dialécticamente la acción y la reacción. La Razón triunfante de los filósofos se condensa en
el despotismo ilustrado, que es la racionalización totalizante del Estado. El modelo era Federico II de
Prusia, el rey filósofo y francmasón, que en 1740 sucedió al brutal Rey Sargento; Federico era el padre de
la felicidad de su pueblo y el faro de la ilustración de Europa, pero ponía todos los recursos de su pueblo, y
los de la ilustración, al servicio de la grandeza militar de Prusia. Y la acción combinada del trabajo de
zapa de la crítica y de los excesos del despotismo conduce a la Revolución, en nombre de la felicidad y de
la libertad.Decían los revolucionarios norteamericanos del 76, en el texto de la Constitución, que el
hombre tiene derecho a la búsqueda de la felicidad. Los revolucionarios franceses del 89, en la Declaración
de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, afirmaban los principios que guiaban su causa: la libertad y la
igualdad, que, con el añadido de la fraternidad, serían el lema de la República. La mesa estaba servida para el
banquete de sangre de las guerras napoleónicas. nLa subversión de la A a la ZetaTodo el mundo quería
aprender, en ese siglo XVIII que iba a llamarse 'de la Ilustración' y 'de la Luces'. Algún ilustrado de la
época señalaba, entre alarmado y protector, que "hasta las mujeres querían instruirse". Se
multiplicaban los diccionarios, los manuales, los resúmenes, los 'espíritus' (de las Leyes, de las Naciones,
etc.), porque la instrucción, además de universal, debía ser fácil, rápida, y portátil. En ese sentido, el siglo XVIII
sigue siendo el nuestro.La Encyclopédie de Diderot y D'Alembert, publicada entre 1751 y 1780, no fue
menos la única, pero sí la más célebre de las muchas empresas de erudición vulgarizadora del siglo. Y la
más influyente, tanto por su contenido _además de informar, aspiraba a orientar la opinión_ como por las
peripecias que rodearon su concepción, su ejecución, su publicación y su caudalosa circulación. La
Enciclopedia (o Diccionario Razonado de las Ciencias, las Artes y los Oficios) quería ser un resumen del
conocimiento humano. No llegó a conseguirlo. Pero sí fue un resumen de ese siglo XVIII ávido de
resúmenes.Fue una empresa europea: aunque concebida en Francia, y redactada por los más brillantes
esprits de la época (Diderot, Voltaire, Rousseau, Turgot, Montesquieu, Condorcet...), su modelo fue un
diccionario inglés; tuvo que terminar de imprimirse en Suiza; se refugió de las persecuciones en Prusia y
Rusia; y fue imitada, traducida y pirateada en todas partes: aun antes de que hubieran sido redactados los
35 tomos de la edición definitiva, ya había ediciones de la Enciclopedia en Ginebra, en Amsterdam, en
Siena, en Nápoles, en Londres y en San Petersburgo. Fue una gigantesca aventura literaria, editorial y
finalmente política, que irradió por toda Europa las ideas de la subversión 'ilustrada' contra la autoridad,
tanto real como eclesiástica, cuya consecuencia final iba a ser la Revolución Francesa.Porque el influjo de los
enciclopedistas preparó, en el aspecto intelectual, la efervescencia política y social de finales del siglo.
Aunque sus artículos de tema más espinoso ('Cristianismo' o 'Monarquía') eran deliberadamente cautos (y
además, a partir del tomo de la 'I', fueron clandestinamente censurados por el impresor), toda ella destilaba
hostilidad al dogma y a la autoridad. Era socialmente subversiva: incluía los oficios artesanales
(sombrerero, tejedor, relojero) en un pie de igualdad con los de obispo, terrateniente o filósofo. Era
políticamente subversiva: no sólo porque pretendió ser una empresa privada de una societé de gens de lettres
resueltamente al margen del Estado y de la Iglesia, sino porque anteponía al hombre como objeto de
estudio sobre Dios y sobre el Estado. Así, la Teología no es más que un artículo que figura bajo la letra 'T', y
el Rey es sólo una suma de derechos y obligaciones funcionariales perdida en el tomo de la 'R', entre la
Razón y la Rueca de hilar. En el artículo 'Hombre' se dice de él que es libre, y ni siquiera se menciona el
detalle de que fue creado por Dios. No es de extrañar, pues, que la Enciclopedia fuera prohibida por las
autoridades desde la aparición de su segundo tomo, y encarcelados sus autores; y luego dejados en
libertad; y luego incautadas las pruebas de imprenta. Luis XV, que la había prohibido, la autorizó nuevamente
cuando descubrió encantado _según cuenta Voltaire_ que en ella figuraban prerrogativas de su corona
que él mismo desconocía. Pero por su parte la Iglesia procedió a excomulgar a todo el mundo, autores,
impresores y lectores, porque el libro "contenía doctrina y proposiciones falsas, perniciosas y
escandalosas, conducentes a la incredulidad y al desprecio de la Religión".

EDICIÓN 1874

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