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| 12/20/1982 12:00:00 AM

EL OBISPO DE LA PAZ

En la zona de guerra, monseñor José Luis Serna es el hombre clave para la paz.

EL OBISPO DE LA PAZ EL OBISPO DE LA PAZ
Mientras la mayoría de la opinión pública asocia el proceso hacia la paz con personalidades destacadas que han participado en él, como el presidente Betancur, Carlos Lleras, Bula Hoyos, Molina, Bateman y otros, en el Caquetá, actual zona de guerra, la posibilidad de terminar el conflicto está en manos de un hombre casi anónimo, que a pesar de su alta investidura prefiere trabajar en la penumbra: monseñor José Luis Serna.
Antioqueño, de 46 años, es un monseñor de tierra caliente, de manga corta y pantalón a rayas; joven, afable, de sonrisa fácil y foto con el papa en el escritorio. Lleva un gran crucifijo de lata sobre la camisa de algodón. Y mientras a otros les ha correspondido hacer la paz desde sus oficinas, a él le corresponde hacerla donde hay guerra.
Y guerra es la única palabra que cabe aplicar a la situación del Caquetá actualmente. Alguién que haya oído hablar del problema durante los últimos meses en Bogotá, se sorprendería de la magnitud e inmediatez del mismo que se percibe al llegar a esta zona. Aun cuando en Florencia se respira cierta normalidad, a 30 kilómetros de ella, la violencia es un hecho cotidiano. El tableteo de ametralladoras, el ruido de los helicópteros y la aparición de cadáveres en las veredas y caseríos fueron acontecimientos rutinarios, durante el último año. Según monseñor Serna y los campesinos de la región, este tipo de violencia comenzó cuando fue descubierto el avión de Aeropesca en el río Orteguaza, en octubre del año pasado.
Antes de ese acontecimiento, la presencia del M-19 en el Putumayo y el Caquetá era considerada como un hecho casual y transitorio. Sin embargo, a partir de ese momento, el Ejército pareció tomar cabal conciencia de que el foco subversivo rural se había desplazado del Magdalena Medio a las zonas selváticas del Caquetá. El año transcurrido desde entonces ha sido como una pesadilla para colonos y campesinos de la zona.
Los habitantes de la región viven entre dos fuegos. Por un lado están los guerrilleros, que exigen alimentación, guías o "baquianos", muchas veces cuotas y en todo caso silencio. Y por el otro lado, el ejército, en búsqueda de información, algunas veces en forma no muy cordial. Lejos de Florencia, en las escasas carreteras que hay cerca de las zonas de combate, hay una permanente presencia militar. Retenes móviles en diferentes puntos efectúan continuamente requisas minuciosas.
También está entre dos fuegos monseñor Serna, el hombre que debe tener la confianza de ambos bandos y hasta ahora ha logrado conservarla. Provisto únicamente de su cruz de latón es una de las pocas personas en todo el Caquetá que goza de total inmunidad para desplazarse entre las poblaciones y las zonas de combate, "zonas difíciles" como él mismo las llama. Lo anterior ha sido obtenido gracias a la independencia que conserva tanto frente al ejército como a la guerrilla. Tal actitud es la que ha hecho que el presidente Betancur lo considere su hombre de confianza y esté en permanente comunicación con él.

ENTRE DOS FUEGOS
Su vida diaria alterna las funciones normales de obispo con las de emisario "ad-hoc" en búsqueda de la paz. Por su oficina pasan todas las quejas de la región; entremezcladas con ellas, algunas veces vienen mensajes cifrados de la guerrilla, solicitándole determinados servicios que sólo él puede prestar: sacar campesinos de la zona de guerrilla, ayudar guerrilleros heridos que deben recibir atención. Conoce tanto los problemas de la tropa como los de la guerrilla. Y cuando no puede solucionar un problema, el solo hecho de escucharlos representa un gran apoyo. Monseñor Serna ha llegado a alojar hasta treinta campesinos y guerrilleros en el deteriorado monasterio en donde vive solitario. Sus acciones, que corresponden únicamente a su conciencia, lo llevan a tener muchas veces problemas con ambos bandos. Los más hirsutos militantes guerrilleros tienen reparos en su contra, y sus relaciones con el ejército son cordiales y francas, pero muchas veces tirantes. En cartas confidenciales, monseñor reclama a los altos oficiales por las acciones que considera excesivas y cuya información llega a sus oídos a través de sus secretos contactos con campesinos. Solo en su gran oficina de paredes azules y muebles metálicos, agobiado por el fuerte calor del mediodía, Monseñor Serna debe resolver el díficil problema de servir de intermediario entre la presidencia y el comando guerrillero, teniendo que rodear el obstáculo del éjercito, que lo respeta, pero no deja de mirarlo con aprensión.

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