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| 9/2/1985 12:00:00 AM

LA DEUDA DESALMADA

Desde Cuba, Antonio Caballero hace un balance sobre la Conferencia de la Deuda Externa Latinoamericana.

LA DEUDA DESALMADA LA DEUDA DESALMADA
Muchos participantes habían llegado a La Habana con cierta desconfianza, la Conferencia sobre la Deuda Externa de América Latina y del Caribe convocada por Cuba iba a tener conclusiones previstas de antemano, y Fidel Castro iba a robarse el show. Pero desde la noche de la inauguración, el martes 30 de julio quedó claro que no iba a ser así. Bastó con que Fidel, que rara vez consigue hablar menos de cinco horas seguidas, se limitara a anunciar las reglas del juego en un preámbulo de menos de diez minutos. Y de inmediato la inmensa, la innumerable Conferencia de La Habana, se puso en marcha; más de cuatrocientos participantes se inscribieron para hacer uso de la palabra, la televisión cubana empezó a transmitir a todo el país ininterrumpidamente y en directo las maratónicas sesiones, y la prensa a publicar uno tras otro los cuatrocientos discursos.
Cuatrocientos discursos son una cantidad terrible de discursos, aun si cada uno dura sólo doce minutos. Discursos (tal como lo habían anunciado los organizadores) de toda indole ideológica, como lo muestran los ejemplos colombianos: el ex presidente liberal Alfonso López, el comandante del M-19 Antonio Navarro, el presidente de la Sociedad de Agricultores Carlos Ossa, el líder sindical Argelino Garzón. Y al cerrar esta crónica todavía faltaban por hablar (por que todos los colombianos asistentes a la conferencia estaban empeñados en hablar) el general José Joaquín Matallana, el ex ministro conservador Alvaro Leyva, el economista mamagallista Jorge Child.
Se trataba, en efecto, de una reunión tan amplia y pluralista que parecía una feria de muestras de todos los especímenes que produce la fauna latinoamericana. Había ex presidentes (varios), guerrilleros (unos cuantos), empresarios privados (algunos), militares en servicio activo (pocos), y en retiro (bastantes), periodistas (muchísimos), trotskistas (un puñado), sindicalistas (muchos), feministas (no demasiadas), masones (numerosos), pastores protestantes (dos o tres), pintores (por lo menos uno), Premios Nobel (dos: uno de Literatura y uno de Paz). Había inclusive algún economista, pues el tema de la reunión, al fin y al cabo, era económico: la deuda externa. Y curas, innumerables curas, una verdadera muchedumbre de curas. América Latina es un continente católico. Pero tal vez nunca, ni en las conferencias episcopales del CELAM de Medellín o Puebla, se habían visto tantos curas reunidos como en la Conferencia de La Habana. Los había de todas clases; jesuitas, dominicos, curas sueltos, ex curas, curas de sotana y curas de guayabera tropical, curas disfrazados de Ernesto Cardenal, el cual es a su vez un cura que, como es sabido, se disfraza de Ernesto Ché Guevara. Y eso aumentaba la heterogeneidad de la reunión, heterogeneidad ideológica y política, racial y vestimentaria, que acababa creando una cierta confusión mental; ya nadie sabía quién era, o si todavía era el mismo. Así, los líderes sindicales se soltaban a cantar ("Fidel, escucha; seguiremos en la lucha"), el pintor Guayasamín se tomaba de pronto por Pablo Neruda y subía a la tribuna a recitar un "Canto General" de su propia cosecha, el escritor Garcia Márquez actuaba de presidente de sesiones, el general De la Flor hablaba en nombre de los católicos, el ex presidente Juan Bosch, que es centista, leía un discurso de contabilidad. Hasta el mismo Fidel pareció perder el sentido de la propia identidad sumándose con vigoroso aplauso a la propuesta de realizar un ayuno eucarístico para saldar la deuda externa.
Fue, pues, una conferencia, decididamente pluralista. Había de todo. Y a veces, en la esperanza de orientarse un poco, los observadores acariciaban la ilusión de que los participantes hicieran un desfile de traje típico, como el que hacen las candidatas en los reinados de belleza. Y sin embargo, paradójicamente, fue también una conferencia reiterativa, monótona, y unanimista. Uno tras otro los oradores subían a la tribuna para plantear el mismo itornelo: "La deuda de América Latina es impagable".
Era eso mismo, claro está, lo que había venido diciendo el Presidente cubano en multitud de entrevistas Y discursos en los meses, e incluso años, anteriores a la Conferencia de La Habana. Pero la coincidencia unánime de los invitados con el anfitrión no obedecia al agradecimiento por la fiesta -que le costó a Cuba, según dijo a SEMANA uno de los funcionarios responsables de la organización, unos diez millones de dólares. Ni tampoco a que la Conferencia hubiera estado amañada, con sus conclusiones previstas de antemano maquiavélicamente, como sospechaba El Tiempo. Sino, más sencillamente, porque la característica quizás fundamental de la deuda externa latinoamericana es esa: que no se puede pagar, aunque se quiera hacerlo.
Suma, para el conjunto de las naciones del hemisferio, 350 mil millones de dólares, y el pago de los solos intereses supera los 30 mil millones anuales (ver recuadro). Hay que pagarla con el dinero generado por productos que cada vez valen menos, y en una moneda que cada día vale más, y a una tasa de interés que sube sin cesar. A cada año que pasa, y aún sin contraer nuevas obligaciones, América Latina se encuentra que está debiendo más, y ganando menos para pagar su deuda. En una década habrá pagado un monto igual al total de sus obligaciones, pero seguirá debiendo lo mismo.
Como repitieron uno tras otro los oradores en la Conferencia de La Habana, cada latinoamericano nace debiendo mil dólares, y cuando muera deberá muchos más, aunque no haya dejado de pagar un solo día de su vida. Más que de una deuda externa -decían en La Habana- se trata de una deuda eterna de la cuna a la tumba. Y que no sólo se prolonga en los milenios venideros, sino que viene de los siglos pasados. Alguno de los oradores citó en La Habana una carta de Bolívar: "Le tengo más miedo a la deuda que a los españoles".
En la Conferencia de La Habana todos decían lo mismo, pues, y sóla cambiaba el tono. Algunos sostenían la imposibilidad del pago de la deuda en vena lírica, en especial los militares y los curas. Otros en verbo épico, en particular los sindicalistas. Los empresarios preferían el modo humorístico, y a veces casi frívolo. Los economistas, el coloquial. Algunos planteaban el problema en términos estrictamente matemáticos, y otros señalaban la necesidad de tratarlos exclusivamente en el nivel político. Y muchos, en fin, adoptaban la impostada voz profética que suele caracterizar a la teología de la liberación.
Porque, cabe anotar de pasada, hubo mucha disquisición teológica en la reunión. Fidel Castro había dado la pauta hablando en sus declaraciones previas de la prohibición de la usura y el préstamo a interés en la ortodoxia de la fe islámica, y a continuación todos los participantes se lanzaron a una verdadera orgía de citas de textos sagrado de diferentes credos religiosos. Se trajeron a cuento el Antiguo y el Nuevo Testamento, se habló del año de jubileo de los antiguos hebreos, de la misteriosa parábola de los talentos, de la expulsión de los mercaderes del templo. Uno de los más inesperados resultados de esta conferencia sobre la deuda externa latinoamericana y del Caribe ha sido en fin de cuentas, el reencauche de Dios. O la reiteración del viejo principio de que, en tiempos de gran miseria, el hombre busca el consuelo de la religión.
Variaban los enfoques, cambiaban los ejemplos. Unos citaban la cifra de la deuda militar argentina, y otros las de la deuda eléctrica colombiana. Muchos hacían memoria, para traer del pasado el caso de la deuda de Finlandia en la crisis de los años treinta o el de la Gran Colombia tras las guerras de independencia. Había oraciones que centraban sus análisis en los aspectos monetarios, y otros, en cambio, subrayaban las secuelas sociales. Había matices en las posibles soluciones propuestas: olvido de la deuda, moratoria, postergación. Y en la denuncia de los orígenes del problema: la gran liquidez que produjeron las alzas del petróleo de los años setenta, la conferencia de Bretton Woods que al terminar la segunda guerra restructuró el orden monetario del mundo. Unos sostenían que el problema no estaba en la deuda en sí, sino en el funcionamiento del Fondo Monetario Internacional. Otros, que no en el Fondo, sino en el orden económico internacional del cual el Fondo no es más que un instrumento. Pero todo esto era más bien discusiones de forma, pues de manera casi unánime todos los presentes estaban de acuerdo en que la deuda, tal como está, no se puede pagar nunca. América Latina es como la Cándida Eréndida de la historia garciamarquiana, a quien su abuela desalmada obligó a prostituirse para toda la vida para que le pagara su casa incendiada, dicéndole: "Mi pobre niña, no te va a alcanzar la vida para pagarme este percance".
Ese consenso generalizado de que la deuda de América Latina con la banca internacional no se puede pagar y no debe ser pagada se encontró de inmediato con la respuesta severa de la abuela desalmada en persona: Paul Volcker, presidente del Banco de Reserva Federal de los Estados Unidos, quien anunció en Washington el mismo martes 30 de julio que los países ricos no perdonarían, ni condenarían, ni se harían cargo de la deuda de los pobres. Y que tampoco les concederán créditos adicionales para ayudar a pagarla.

Eso resume el problema. Volcker maneja la Reserva Federal, en tanto que los conferencistas reunidos en La Habana no manejan absolutamente nada. No representan gobiernos, con la excepción de seis o siete de entre ellos, ni ejercen ningún poder. Son irresponsables, o, en el mejor de los casos ex responsables: ex presidentes, ex primeros ministros, generales en retiro. Tal vez no habría que decir "en el mejor de los casos", sino "en el peor", pues eso los hace responsables de haber contribuido a contraer esa deuda impagable que han heredado sus sucesores. En la reunión de La Habana sólo había una excepción de peso: el propio Fidel Castro, que tiene el poder en Cuba. Pero se trata justamente de una excepción que para el caso no cuenta, puesto que Cuba es el único país de América Latina y del Caribe que no tiene problemas con la banca privada internacional: la advertencia de Volcker no la afecta.
De manera que, a pesar de la unanimidad y el entusiasmo demostrados por los participantes, las buenas intenciones expresadas en La Habana carecen por completo de eficacia práctica. Y quienes si ocupan responsabilidades de gobierno en los países latinoamericanos tienen, en cambio, opiniones muy distintas sobre el tema de la deuda, porque su propia supervivencia está ligada a ella.
Así pudo verse en La Habana en las intervenciones de los pocos delegados de gobiernos en ejercicio que asistieron a la conferencia, como el representante del presidente argentino Alfonsín o el ministro boliviano de Planeación: fueron mucho más cautos, e insistieron en la necesidad de que si se pague la deuda -así sea en condiciones diferentes- y en los peligros que encierra no pagarla. El ministro boliviano, por ejemplo, señaló las consecuencias nefastas que ha tenido para su país la decisión de suspender los pagos adoptada hace un año.
Es por eso que en el campo de los acreedores -es decir en la prensa norteamericana y europea- no ha tenido demasiado eco la multitudinaria conferencia de La Habana, en tanto que ha causado sensación el anuncio del nuevo presidente del Perú, Alan García, dé que no negociará con el Fondo Monetario y sólo destinará al pago de la deuda peruana una décima parte del monto anual de las exportaciones. La decisión de Alan García es menos radical que las hipótesis que se barajaron en Cuba, pero para los acreedores sus consecuencias son más preocupantes. Porque el presidente peruano manda, en tanto que los reunidos en La Habana se limitan a opinar.
La reacción de los banqueros ilustra, sin embargo, otro aspecto interesante del asunto. Uno de ellos, citado por la agencia UPI, comentó con serena resignación la iniciativa del presidente peruano diciendo: "si lo tomamos desde un punto de vista cínico, ese diez por ciento es más que lo que Perú ha pagado este año".
Esa resignación, esa serenidad vienen del doble aspecto de la deuda señalado reiteradamente desde hace meses por Fidel Castro: que además de "impagable", la deuda es "incobrable". Y que, por añadidura, no es catastrófico para nadie, ni para los deudores ni para los acreedores, el que la deuda ni se pague ni se cobre. Bolivia, es cierto, ha sufrido duras represalias por su solitaria decisión de no pagar. Pero precisamente porque fue solitaria. Frente al conjunto de América Latina (y con mayor razón frente al conjunto de los países endeudados del Tercer Mundo, como propone Castro) es imposible que los acreedores tomen represalias efectivas. Y si por el contrario, como propone el Presidente cubano, los gobiernos de los ricos asumieran ante sus bancos el pago de la deuda, dedicándole una fracción de sus gastos militares de un año (el doce por ciento), las consecuencias serían benéficas tanto para los ricos como para los pobres.
"Si se consideran capaces (los países desarrollados) de concebir y librar la guerra de las galaxias y apenas se preocupan de los riesgos de un conflicto termonuclear que sólo en el primer minuto destruiría cien veces lo que se les debe a sus bancos, en dos palabras si la idea de un suicidio universal no los asusta, ¿ por qué asustarse de algo tan sencillo como cancelar la deuda externa del Tercer Mundo?"
Todo eso es así. Pero tiene una falla fundamental: que quien lo dice es Fidel Castro. El cual, para buena parte de los sectores dirigentes de América Latina, sigue siendo el coco. Y frente al coco, la reacción instintiva consiste siempre en refugiarse en brazos de la abuela.

CUBA: UN DEUDOR MODELO
Es otra de las ironías de la vida. A tiempo que Fidel Castro inauguraba en La Habana la conferencia sobre la deuda externa latinoamericana, varios ejecutivos del Banco Nacional de Cuba se encontraban en París renegociando parte de los cerca de 3 mil trescientos millones de dólares que la isla caribeña le debe a diferentes bancos comerciales de Occidente. Constituída en uno de los deudores más pequeños del continente, Cuba, no obstante, es una de las naciones con mejor reputación ante los banqueros por su seriedad y cumplimiento.
"Se reconoce unanimemente entre los bancos que, en términos de riesgo, Cuba está entre los mejores", le dijo un banquero canadiense al diario neoyorquino The Wall Street Journal. Y agregó "Cuba es el único país con el cual los bancos no han tenido un problema de repago y el único que nunca ha pedido un centavo adicional como parte de (su programa) de reestructuración (de la deuda)".
Los comentarios del banquero canadiense parecen estar bien justificados. Hace un par de semanas Cuba reprogramó 140 millones de dólares que le debe a varios gobiernos de Occidente y actualmente está buscando cambiar los plazos de pago de un paquete cercano a los 85 millones de dólares. Adicionalmente, desea una renovación de 375 millones de dólares en líneas de crédito de corto plazo, en mejores condiciones que en el pasado. Según el Journal, los bancos más grandes ya dieron su visto bueno y se está esperando la aprobación de un centenar de bancos más pequeños.
El endeudamiento de Cuba con los bancos comerciales de Occidente no es extraño en realidad. Durante mucho tiempo los países del bloque comunista han contraído deudas con Occidente y, por ejemplo, Polonia y Yugoeslavia poseen obligaciones superiores a los 20 mil millones de dólares. Sin embargo, el caso de Cuba es un poco especial. La isla comenzó a endeudarse en mayor escala durante la década pasada, como parte de su esfuerzo de apertura a Occidente a través del comercio exterior. La iniciativa, encaminada a limitar la dependencia económica de la Unión Soviética, se ha llevado a cabo con bancos de Francia, España, Alemania Occidental, Japón y Canadá (el bloqueo de los bancos norteamericanos continúa).
Según los conocedores, el cerebro de las negociaciones es Raúl León Torras, presidente del Banco Nacional de Cuba, un funcionario que, de acuerdo con el Journal, "viste como un banquero londinense, habla excelente inglés y francés, y toma una posición totalmente diferente sobre la campaña de cancelación de la deuda respecto a la de Castro, en opinión de los banqueros occidentales".
La habilidad de Torras ha consistido en lograr renegociar parcialmente la deuda de su país, año tras año desde 1982, y en mejores condiciones que las de los demás países latinoamericanos. A pesar de ser un deudor cumplido, Cuba comenzó a tener problemas a finales de 1982, cuando empezó la descolgada del precio internacional del azúcar y los bancos se pusieron nerviosos por la decisión de México de declarar una moratoria en sus pagos. Ahora, Cuba confía en generar los recursos para pagar y está promoviendo exportaciones a Occidente de productos como tabaco, pescado, níquel y café. Los resutados, con todo, no han sido muy satisfactorios y Cuba consigue la mayoría de sus divisas a través de la venta de petróleo soviético, el cual compra, ahorra y reexporta.
Por lo pronto, la preocupación de Torras y sus ayudantes es la de insistir en la solidez del sistema cubano, opinión que parece ser compartida por los banqueros occidentales. Adicionalmente, Torras debe preocuparse por generar los recursos necesarios para pagarle a los soviéticos una deuda que se estima en 10 mil millones de dólares. Si bien se reconoce que las condiciones de la deuda con la URSS son muy generosas, los especialistas sostienen que constituye una gran limitante para el desarrollo de la economía de la isla. Con todo, la prioridad actual es la de mantener contentos a los bancos occidentales. Tal como le dijera un banquero a The Wall Street Journal "ellos quieren buenas relaciones con los bancos porque necesitan desarrollar su comercio internacional".

COMO HACE 10 AÑOS
Este mes se cumplen tres años desde que México anunciara la moratoria en los pagos de su deuda externa, dándole origen oficial a la crisis de la deuda externa latinoamericana. En esos 36 meses, los banqueros del mundo desarrollado han pasado en varias opotunidades de la euforia al miedo y viceversa, debido a los anuncios de diferentes países de la región sobre su imposibilidad de cumplir con las obligaciones contraídas. Y es que el problema de la deuda sigue sin solución, con sus cifras escandalosas repitiéndose una vez tras otra. En la conferencia de La Habana se habló de una cuantía global cercana a los 350 mil millones de dólares, la cual exige pagos de intereses anuales de casi 40 mil millones de dólares.
Aunque las cuantías difieren, lo que sí es común a toda el área, es que cada uno de los países se han tenido que apretar el cinturón para cumplir con los pagos correspondientes. El costo social de las medidas de austeridad ha sido impresionante.
En México, Chile y Brasil, el desempleo abierto alcanza niveles del 30%. Los índices de calidad de vida y de distribución del ingreso de la región latinoamericana se han empeorado hasta llegar a niveles nunca vistos. La situación es tan dramática que en opinión del Banco Mundial, América Latina ha retrocedido en su desarrollo hasta los niveles alcanzados en 1975.
En estos tres años se han presentado varias crisis, siendo las más graves las de México, Brasil y Argentina. Los dos primeros llegaron, sin embargo, a acuerdos rápidos con los bancos, mientras que la última está apenas comenzando un nuevo programa de austeridad con el cual debería solucionar sus penurias económicas. Otras naciones pequeñas han declarado moratorias, pero la práctica parece ser contraproducente debido a las represalias de los bancos. Estos, empiezan a limitar los créditos de corto plazo, indispensables en el comercio exterior, y el país de marras empieza a verse ahogado paulatinamente sin poder exportar ni importar, teniendo que volver a los banqueros en busca de ayuda.
En opinión de los expertos, la única posibilidad de presión con los bancos sería la conformación de un cartel de deudores efectivo. No obstante, tales iniciativas han resultado infructuosas. La reunión de Cartagena en junio de 1984 fue apenas un intento que acabó convirtiéndose en un evento periódico para alimentar la burocracia internacional. Igualmente, la escacez de personalidades con poder decisorio en la conferencia de Cuba indica que los países latinoamericanos han adoptado la estrategia de la negociación individual, porque consideran que les resulta mejor en sus aspiraciones. Tal estrategia ha llevado a que se haya llegado a un clima de relativa tranquilidad entre los banqueros quienes en el último año han visto aumentar sus ganancias en forma asombrosa. Con todo, se reconoce que la calma actual bien puede ser el preludio de alguna terrible tormenta. Eventualidades como un alza en las tasas de interés internacionales, o una recesión mundial que limite las exportaciones del Tercer Mundo, pueden conducir a que, el día menos pensado, otra vez se active la espoleta de la bomba de la deuda y ésta quede a punto de estallar.

¿Y DE COLOMBIA QUE?
Es el típico consuelo de tontos, pero dentro de la crisis de la deuda son contados los países en Latinoamérica que han salido tan bien librados como Colombia. Con un total de acreencias cercanas a los 12 mil millones de dólares, el país ha sufrido relativamente pocas angustias en su esfuerzo de cumplirle a los bancos y a las entidades multilaterales de crédito.
Lo anterior, no implica, sin embargo que Colombia haya salido perfectamente indemne. Como es sabido, en los últimos meses el gobierno ha venido adelantando un programa de ajuste económico, con el objetivo de poder garantizarle a los bancos que van a contar con suficientes recursos para atender sus obligaciones futuras.
Tal esfuerzo ha sido aparentemente fructífero. Hace un par de semanas el ministro de Hacienda confirmó que un comité de más de 200 bancos había decidido prestarle al país una suma cercana a los mil millones de dólares para el período 1985-86, con el fin de financiar parcialmente los proyectos de Carbocol y de Ecopetrol, así como la recapitalización del sistema financiero nacional.
No obstante, es posible que ese éxito poco le importe al ciudadano común y corriente que ha venido sufriendo los costos del ajuste, "discutido" por el gobierno con el FMI. En los últimos meses se han venido detectando claros síntomas de estancamiento en la producción y problemas como el desempleo y la inflación tienden a agravarse. Pese a lo anterior, los economistas oficiales insisten en que lo que se ha hecho, aunque doloroso, está evitando que Colombia vaya a sufrir de los mismos males de sus vecinos latinoamericanos.
Tales planteamientos han tranquilizado a los banqueros internacionales quienes siguen considerando a Colombia como uno de los países de menor riesgo en Latinoamérica. El único nubarrón en el horizonte sigue siendo el de la deuda externa del sector privado, incluyendo al sector financiero. Con una deuda ubicada entre 3 y 4 mil millones de dólares, y concentrada en menos de 10 empresas, el sector privado del país todavía tiene una estrella negra en la comunidad financiera internacional y los mecanismos que se han dispuesto para el pago de las obligaciones privadas, han resultado prácticamente inoperantes. Empresas como Avianca, Paz del Río, Fabricato, o el Banco de Colombia, siguen preocupando a los banqueros quienes repetidamente han solicitado que el Estado colombiano se solidarice con esas deudas. Los negociadores colombianos se han opuesto a esa alternativa, con lo cual la deuda externa privada sigue siendo la arista más grande que entorpece las relaciones entre Colombia y los financiastas internacionales.

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