Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 1/5/1987 12:00:00 AM

LA MASACRE

Un colombiano veterano del Vietnam, mata en un solo día a 29 personas, entre ellas a su madre, hiere a 15 más, muere en el último tiroteo, e inscribe al país en la historia de las matanzas cometidas por desequilibrados mentales.

LA MASACRE, Sección Especiales, edición 240, Jan  5 1987 LA MASACRE
Un hombre canoso y con el pelo muy corto, 1.74 de estatura, ni muy grueso ni muy delgado, vestido de gris claro, con la camisa abierta y un maletín negro de ejecutivo en la mano derecha, salió a las 5:30 pasadas del edificio de la carrera 7 N° 52-27. El tránsito a esa hora por la carrera séptima, era intenso, como cualquier otro día de la semana a esa misma hora.
No había ningún motivo especial para detenerse a mirar a este hombre. Ni siquiera por el hecho de que antes de emprender su camino, hubiera parado unos instantes frente al muro de un solar vecino, sobre el cual estaban colocados varios carteles anunciando el último montaje del Teatro El local: "Bodas de sangre".
Minutos después, el hombre dobló la esquina de la 53 y se dirigió hacia el occidente, siempre caminando.
A esa hora, la jornada de la mayoría de los bogotanos estaba terminando. Para Campo Elías Delgado, 52 años, apenas se trataba del intermedio. Era difícil adivinar que este hombre de paso firme y rápido y de presencia pulcra y sencilla, acabara de matar esa misma tarde a su madre y a otras ocho personas.
$ 49.896.93
Todo había comenzado el día anterior. A eso del mediodía, Delgado se acercó a la oficina del Banco de Bogotá donde tenía su cuenta de ahorros número 4352354, y le informó al empleado de la ventanilla respectiva que venía a saldar la cuenta. Los depósitos ascendían a $ 49.896.93 centavos. Para redondear la cifra el cajero le entregó en efectivo $ 49.896.50, pero Delgado exigió de inmediato que le fueran entregados los 43 centavos restantes. Este fue el detalle que permitió que para ese cajero, Delgado se hubiera convertido en el único hombre distinto de los cientos que había atendido ese mismo día.
En algún momento esa tarde, o en la mañana del día siguiente, Campo Elias Delgado habría comprado cerca de 500 proyectiles para un revólver calibre 32 largo. Era claro que tenía en mente algo grande y grave. Y el primer capítulo de la historia que habría de protagonizar ese jueves, y que irónicamente sería el último en descublirse, comenzó a eso de las dos de la tarde en el apartamento 304 de un edificio de la calle 118 No. 40-11.
Según el portero Juan Villamizar, allí llegó Delgado a visitar a Nora Becerra de Rincón, propietaria del apartamento en el que vivía con su madre y buena amiga de éste. La señora Becerra estaba acompañada de su hija Claudia, de 15 años.
Otro hijo de la familia, Julio Eduardo, de once años, el jueves a las nueve de la noche regresó a su casa pero no logró entrar porque nadie le abrió la puerta. Tuvo que dormir esa noche en la portería y muy temprano en la mañana se levantó para entrar al apartamento, utilizando las llaves de seguridad del edificio. Lo primero que vio fue a su madre recostada sobre el silló de la sala amordazada y maniatada, con cuatro puñaladas en el cuerpo. Luego, en una de las habitaciones, encontró a su hermana Claudia sobre la cama, atada de pies y manos y también amordazada. Tenía 22 cuchilladas en su cuerpo.
Nadie podrá saber nunca cómo fueron los últimos momentos de la vida de estas dos mujeres, que ingenuamente le habían abierto la puerta, a las dos de la tarde, a Campo Elías Delgado. Tampoco se sabrá muy bien qué hizo éste después. Lo que está claro es que alrededor de las cuatro de la tarde llegó al apartamento en que vivía con su madre, a quien le correspondería el siguiente turno de esta secuencia sangrienta.
Se sabe que a doña Rita de Delgado le tocó el primer tiro después de una discusión airada. Y que después de muerta, Campo Elías la envolvió en papel periódico, la roció con gasolina y le prendió fuego. Mientras las llamas invadían la estancia, dejó tranquilamente el apartamento, bajó las escaleras, y con el pretexto de llamar a los bomberos, timbró en el apartamento 301. Las estudiantes Inés Gordi Galat y Nelsy Patricia Cortés le abrieron la puerta, sin saber que su destino inmediato sería un tiro en la cabeza.
Después se dirigió al apartamento 302, cuya puerta ya había sido abierta por la profesora Gloria Isabel Agudelo León, de 50 años, quien salía en ese momento para averiguar dónde se habían producido los disparos. Delgado la mató, era la sexta víctima.
Luego bajó al primer piso, y en el apartamento 101 tocó el timbre. Matilde Rocío González, de 23 años, y Mercedes Gamboa, de 20, quienes se encontraban estudiando para un examen final que debían presentar el viernes en la universidad, corrieron la misma suerte que las anteriores. Salvo que, al parecer, Delgado les dio un poco más de tiempo. Todo indica que, con la excusa del incendio del apartamento del cuarto piso, también les pidió prestado el teléfono. Matilde alcanzó a descolgar la bocina, pero antes de marcar el número la mató. En ese apartamento, Delgado también hirió de muerte a otra estudiante, María Claudia Bermúdez Durán, quien falleció horas después en el Hospital San José.
Caía la tarde cuando Campo Elías Delgado dejó por última vez su edificio, al tiempo que la señora Blanca Agudelo de González, familiar de la profesora del 302, llegaba. "Era extraño cómo ese señor se quedó sorprendido unos minutos mirando el cartel de la obra de García Lorca, 'Bodas de sangre'. Se acercó al borde del andén y creo que se quedó allí como diez minutos, completamente quieto", dijo doña Blanca a los periodistas que la entrevistaron esa misma noche. Luego Delgado le dio la espalda al afiche y se perdió por la calle 58.
La señora Berta Gómez, quien vivía con las estudiantes en el apartamento 101 y había logrado salvar su vida saltando hacia el patio interior, salió velozmente del edificio y detuvo una patrulla de la Policía, a la que pidió ayuda. Los agentes, según doña Berta, al ver que el cuarto piso se estaba incendiando, le respondieron que este era más bien un caso para los bomberos, y que ellos se encargarían de llamarlos. Es muy posible que si esta patrulla hubiera atendido inmediatamente el caso, Delgado habría podido ser capturado y evitarse el resto de la tragedia.
Pero ni la patrulla paró, ni los dos policías militares que ocupaban la caseta de vigilancia de la Dirección de Sanidad del Ejército en la acera de enfrente, reaccionaron. Y a Delgado se le permitió seguir su camino.
TIQUETE SIN REGRESO
Quince minutos después, Campo Elias Delgado timbró en el número 201 del citófono del edificio de la carrera 28A N° 51-31. "¿Quién es?", preguntó una voz de mujer. "Campo Elías", respondió el visitante. Doña Clemencia de Castro bajó entonces las escaleras y le abrió la puerta del edificio al amigo que llevaba un año sin ver. Inicialmente, Delgado preguntó por don Jesús, el esposo de doña Clemencia. Ella le dijo que no estaba y lo invitó a seguir al apartamento.
Entre Delgado y la familia Castro existía una amistad de más de cinco años. Se habían conocido a través de otra familia, vecina también del sector de Sears, en una noche en que todos se habían puesto cita para jugar póker, una de las mayores pasiones de Delgado.
Con el paso del tiempo, Delgado, que era hombre de pocos amigos, se encariñó con la familia Castro, a tal punto que se convirtió en un visitante frecuente de esa casa. Como hablaba muy buen inglés, hace dos años les ofreció enseñarles el idioma utilizando como libro de texto la obra Dr.Jekyll and Mr. Hyde de Robert L.Stevenson (ver siguiente artículo).
Como cosa rara, esa noche Delgado llegó con vestido entero, contrariando su costumbre de ir siempre en mangas de camisa aun en las noches más frías. Era evidente que estaba tan exesivamente peluqueado como lo estaba el ex combatiente de Vietnam que Robert de Niro interpreta en Taxi Driver antes de desatar su orgía de sangre. Hablaba casi compulsivamente. Repetía varias veces una misma frase y a pesar de la insistencia de doña Clemencia no quiso sentarse. Caminaba de un lado a otro de la pequeña sala-comedor, adornada con cuadros sobre las paredes grises y varias macetas con helechos de plástico.A cada paso sus zapatos golpeaban fuertementc el piso de madera.
"A él le gustaba mucho la CocaCola y por eso le ofrecí una", recuerda doña Clemencia, quien a la mañana siguiente habría de dar a Caracol las primeras pistas sobre la personalidad de Delgado. "Mientras se la tomaba" -relató a SEMANA- hablamos de mis hijos. Al menor (Andrés de 12 años) le fue mal este año en el colegio. Y Campo Elías me insistió mucho en que no lo regañara porque él iba a enderezarse".
El interés de Delgado por el hijo menor de los Castro era usual, permanentemente le demostraba un cariño especial. Le regalaba chocolatinas y hablaba mucho con él. Esa misma noche, Delgado tuvo oportunidad de conversar un rato con el niño, a quien dio algunos consejos y le acarició la cabeza .

Doña Clemencia recuerda que mientras esto sucedía, observó que Delgado tenía el saco cerrado. "Se le notaba un bulto sobre el costado izquierdo. Yo pensé para mis adentros: ¿será la pistola? porque él generalmente andaba armado desde cuando una vez en Nueva York un asaltante le dio un balazo en el tórax".
Delgado y doña Clemencia continuaron conversando, él siempre de pie y ella sentada. En realidad, era casi un monólogo del visitante. "Normalmenle él no era tan hablador pero el jueves en la noche, yo casi no pude interrumpirlo. Insistió mucho en que nos quería. Habló de un viaje y me aseguró que la única familia de la que se iba a despedir era de la nuestra. Dijo que había comprado un tiquete sin regreso. Y señaló con sus manos que se iba a ir de un extremo a otro extremo; a la antípoda. Habló de irse a los Estados Unidos pero luego cambió de idea y comenzó a hablar de la China". Hacia las 6 y 45, Delgado se despidió de doña Clemencia lamentando que su esposo no hubiera estado. Mientras bajaban las escaleras, él insistió: "Los quiero mucho". Doña Clemencia le preguntó si les iba a escribir. A lo cual le respondió: "No se preocupen que noticias mías van a recibir pronto muy pronto ". Tres horas después, José Fernández Gómez se las daría.
LA ULTIMA CENA
Y las noticias eran grandes y graves. A las siete y cuarto, Campo Elías Delgado llegó a su restaurante favorito, la Pizzería Pozzetto, en la carrera 7a. con calle 62. Saludó a los meseros que lo conocían, se sentó en una mesa y pidió media botella de vino y unos espaguctis bologñesa. Colocó a su lado el maletín negro que había llevado en las últimas horas. Fue como siempre muy amable y el único detalle extraño que notaron los meseros fue que en varias ocasiones se paró al baño. Pasadas las ocho de la noche terminó la comida y pidió un primer "destornillador" (vodka con jugo de naranja). Pidió luego un segundo trago y, como el primero, lo bebió sin apuros, mientras leía detenidamente una revista americana. Terminado el segundo trago, Delgado pidió la cuenta, la canceló, y le dijo al mesero Ecce Homo Rosas, que le iba a componer un poema.
Ni el mesero ni ninguna de las 35 personas que se encontraban en el primer piso del restaurante, tuvieron oportunidad de enterarse de que afuera, no muy lejos de allí, decenas de agentes de Policía estaban buscando a Delgado, quien al interior de la pizzería parecía en ese momento tan inofensivo como el resto de los clientes.
Pero no sólo los policías estaban enterados de lo que Delgado había hecho en el edificio donde vivía. Decenas de periodistas andaban ya tras la noticia y algunas emisoras de radio habían dado el flash de que un sicópata andaba suelto por las calles de Bogotá. La noticia interrumpió las entrevistas de camerino de los enviados especiales a Santiago de Chile sobre el primer regalo de Navidad que millones de colombianos habían recibido esa noche: el emocionante triunfo de la Selección Nacional juvenil de fútbol sobre el poderoso equipo del Brasil. Todo esto explicaba la inusual soledad de las calles bogotanas a hora tan temprana en día de semana.
Hacia los ocho y cuarto, Delgado ya había pedido un tercer vodka. Simultáneamente, a ocho cuadras del restaurante, dos máquinas del cuerpo de bomberos terminaban de apagar el incendio de su apartamento y las autoridades llevaban a cabo el levantamiento de los primeros cadáveres. Poco después, Delgado pidió la cuenta de ese último vodka y se sentó en la barra, después de entregarle la revista y el poema a Ecce Homo. Pidió un cuarto vodka, el maletín negro siempre al lado.
DESDE LA BARRERA
Unos minutos antes de las siete, Carlos Fernández y su esposa Patricia, que viven en el apartamento 401 de un edificio ubicado en frente de la pizzería, oyeron a Pilar Castaño, en el Noticiero de las Siete, anunciar que un hombre había matado e incinerado a su madre y asesinado a dos personas más, en un edificio de la carrera séptima con calle 52. Vieron entonces las primeras imágenes del incendio del cuarto piso del edificio que habitaba Delgado. Pero la noticia no había acabado de suceder.
Hacia las nueve y quince, los Fernández escucharon un primer disparo y luego cinco más, uno detrás de otro. "No escuché ningún grito -relata Fernández a SEMANA-, sólo pensé en esconderme con mi niña de dos semanas, lejos de la ventana. Es lo mismo que hago siempre que hay tiros por aquí cerca. Esperé tres o cuatro minutos, tal vez más, había un gran silencio y Patricia se acercó a la ventana. Yo la seguí y alcancé a ver cómo llegaban los primeros policías. Como tenía mi cámara a la mano, tomé algunas fotos, mientras los policias rodeaban el lugar. Creo que escuché algunos tiros más adentro de la pizzería. Los agentes se acercaron a las ventanas, rompieron los vidrios y rasgaron las cortinas, mientras disparaban para cubrirse unos a otros. Recuerdo que vi a don Bruno, el dueño del restaurante, cuando salió por la puerta gritando: 'No me destrocen más esto, que ya me ha costado como un millón de pesos'. En esos momentos, se produjo un nutrido tiroteo y me parece que de adentro se oyeron más disparos. Desde el costado izquierdo, donde venden las pastas, un policía rasgó la cortina y vi cómo vaciaba el cargador de su arma hacia un blanco muy definido. Era la primera vez que uno de los agentes disparaba repetidamente hacia un lugar específico, pues los demás habían estado disparando un poco a la loca. Hubo algunos tiros más y los agentes comenzaron a entrar gateando. Don Bruno intentó seguirlos, y rápidamente lo sacaron, mientras le gritaban. Vi entonces a un muchacho que corría de un lado a otro gritando: '¡Mataron a nuestra madrecita! ¡Mataron a nuestra madrecita!'. Luego vi cómo se acercaba a uno de los carros parqueados frente al restaurante y le daba golpes en el techo".
Lejos estaban los Fernández de imaginar las sangrientas escenas y los minutos de espanto que se habían vivido en el interior del restaurante; una masacre sin precedentes en los últimos 20 años de historia. Después vino la confusión, el caos. Patrullas de Policía tenían aislado el sector y procuraban poner orden, para que los médicos legistas pudieran adelantar las diligencias de levantamiento de los cadáveres y los heridos fueran conducidos a los centros hospitalarios. Comenzaron entonces las distintas versiones de los hechos. Aquí y allá, los medios de comunicación entrevistaban gente y recogían testimonios a veces contradictorios. Sin embargo, apareció lo que podría considerarse un testigo de excepción: el cardiólogo Pedro José Sarmiento, a quien el azar de tres disparos fallidos le había salvado la vida.
Sarmiento se hallaba comiendo con un colega suyo, el médico boliviano Andrés Montaño Figueroa. La orden que les habían tomado no alcanzó a llegar a la cocina. De espaldas al resto de la gente que se hallaba en el restaurante, oyó un totazo que penso que era una bomba. Cuando escuchó varias detonaciones más, seguidas, supo que se trataba de disparos. No alcanzó a voltearse, cuando oyó una voz que gritaba: "Esto es un asalto. ¡Todo el mundo al suelo! Entréguensne el efectivo no quiero joyas. El efectivo. ¡Bótense al suelo!". Era lo mismo que escuchaba, pero dándole la cara a Delgado, Myriam Ortiz de Parrado, de 45 años, madre de cuatro hijos. Ella no puede olvidar que decía: "Nadie me debe ver la cara. Ustedes no me han visto nunca".
Los comensales obedecieron las órdenes y comenzaron a sacar sus pertenencias. Sarmiento, quien se había tirado al suelo y yacía boca arriba, penso que no habría problema, que una vez que la gente entregara su dinero los atracadores se irían. Sin embargo, esto estaba lejos de ser así. La posición de Sarmiento le permitió ver la forma como procedió Delgado: "Ese tipo le pedía plata a la gente y cuando se agachaba a recogerla le disparaba y la mataba. El tipo llegó al lado de Montaño. No sé si le dio o no dinero. Entonces oí disparos, Montaño quedó ahí. Cuando se me acercó fui a darle seis mil pesos que llevaba. Me eché un poco hacia atrás y él me disparó. Pensé que era mi fin y él siguió a matar a los otros. Me toque el ojo derecho por donde me había disparado. Lo sentí, empecé a marearme". Era la segunda vez que se salvaba. Segundos antes, dos balas habían pasado rozándolo apenas. Pero Delgado siguió cobrando sus víctimas, hasta cuando un policía destrozó uno de los ventanales de la fachada y disparó. Era el fin. Delgado cayó entonces.
Es aquí donde surge la duda de si Delgado se suicidó, o si fue la Policía quien le dio de baja (ver artículo).
Una niña, Johana Cubillos Garzón, estaba allí esa noche negra: no solo vio morir a su hermanita de once años sino que asegura que vio como Delgado se suicidaba. "Yo vi todo yo era la única que lo estaba viendo. El loco pedía que le dieran dinero en efectivo y que dejáramos los billetes sobre las mesas al tiempo que daba vueltas en el salón disparando y matando. De pronto se paró junto a mí me miró y pensé que me iba a matar, pero no lo hizo pensé que dispararía pero no lo hizo no se por qué no me mató pero a mi hermana ya la había asesinado. Yo miraba cómo mataba a la gente y no podía hacer nada. Hasta que llegó la Policía y rompió un vidrio, entonces vi cómo el loco se disparó y cayó".

QUE ENTRE EL DIABLO Y ESCOJA
Eran cerca de las nueve y treinta de la noche. En medio de sillas y mesas en desorden, vasos y platos rotos, yacían sin vida los cuerpos de cinco mujeres y nueve hombres. Quince personas más se quejaban de sus heridas. Cuando las autoridades hicieron su entrada pensaron, por el número de muertos, "que nos íbamos a encontrar con pozos de sangre. Pero no fue así. Descubrimos que la mayor parte de las víctimas había muerto de dos disparos en la cabeza". Para la Policía esto revelaba la certera puntería de un hombre entrenado. Delgado, dicen algunos de quienes lo conocieron, se preciaba de ser el mejor frente a un polígono.
Sobre las escenas de horror comenzaron las diligencias para identificar a las víctinnas, diligencias que sólo terminarían a las dos de la mañana. Los heridos fueron trasladados a los hospitales de San José, San Ignacio, San Pedro y Militar, y horas más tarde seis de ellos morirían. Se elevaba a veinte la cifra de los muertos en el restaurante y a veintinueve el total de la trágica jornada.
Dos mujeres de apellido Infante, las únicas habitantes de la casa que sobre la séptima limita con el restaurante, sintieron personalmente cómo se ramificaba y extendía como mancha de aceite la tragedia. Un frasco de calmantes, litros de agua aromática y un teléfono que siempre pusieron a disposición de los familiares de las víctimas, fueron los servicios que hasta el final de la noche prestaron, aún temblando, estas dos samaritanas.
Como en cualquier sitio público, aquella noche en Pozzetto se habían mezclado personas de diferentes profesiones, orígenes y edades. Con la mención de los nombres de las víctimas que la radio transmitía en directo desde el sitio, el país se fue enterando de quienes habían encontrado esa noche su cita con la muerte.
LAS OTRAS MASACRES
Las matanzas cometidas por una sola persona en el mundo en los últimos tiempos son:
Julio 19 de 1984. Un pistolero loco identificado como James Huberty mató a 20 personas, entre ellas cinco niñas en un concurrido restaurante de la cadena McDonald's.
Enero 14 de 1979. Un joven empleado auxiliar de un hospital envenenó a una veintena de ancianos en una clínica geriátrica de Malmoe, ya que "sentía lástima por ellos".
Diciembre 29 de 1978. El homosexual John Gacy reconoce ante la Policía haber asesinado a 32 personas en su casa de los suburbios de Chicago y lo convierte en el mayor criminal de Estados Unidos.
Abril 1° de 1975. James Rupert, un taciturno individuo considerado por sus vecinos como un "lipo brillante", baleó a toda su familia, en total once personas, en una reunión de Domingo de Pascua.
Marzo 31 de 1975. Once personas, entre ellas siete niños fueron acribillados en una residencia de Hamilton, Ohio. Los cadáveres fueron hallados con tiros en la cabeza en dos habitaciones contiguas.
Junio 28 de 1973. Un enloquecido carpintero agobiado por el desempleo asesinó a siete personas en Palos Hills, Illinois. El energúmeno mató a sus padres y a una vecina embarazada, entre otros.
Diciembre 10 de 1971. John List contador y director de empresa es sindicado de la masacre de su familia, su esposa, su anciana madre y tres hijos, los cuales fueron hallados baleados y alineados en su lujosa mansión de Westfield, Nueva Jersey.
LAS VICTIMAS
En la calle 118
Nora Becerra de Rincón
Claudia Marcela Rincón (de 14 años)
En la calle 51
Gloria Isabel Agudelo
Nelsy Patricia Cortés
Matilde Rocío González Rojas
Mercedes González Rojas
Claudia del Pilar Bermúdez
Rita Moralcs de Delgado (madre del asesino)
En la pizzería
Diana Cuevas
Carlos Cabal Cabal
Consuelo Pezantes Andrade
Antonio Maximiliano Pezantes
Hernando Ladino Benavides
Grace Guzmán Valenzuela
Giorgio Mindn Bonelly
Alvaro J. Montes
Judith y Zulamita Glogowert Lester
Jairo Gómez Remolina (periodista)
Rita Julia Valenzuela
Andrés Montaño Figueroa
Alvaro Pérez Buitrago (mayor del Ejéreito)
Sonia Adriana Alvarado
Guillermo Umaña
Merly Ceballos (de 6 años)
Gloria Inés Gordi Galat
Laureano Bautista Fajardo
Sandra Henao López
N N (de sexo masculino)


Doña Clemencia recuerda que mientras esto sucedía, observó que Delgado tenía el saco cerrado. "Se le notaba un bulto sobre el costado izquierdo. Yo pensé para mis adentros: ¿será la pistola? porque él generalmente andaba armado desde cuando una vez en Nueva York un asaltante le dio un balazo en el tórax".
Delgado y doña Clemencia continuaron conversando, él siempre de pie y ella sentada. En realidad, era casi un monólogo del visitante. "Normalmenle él no era tan hablador pero el jueves en la noche, yo casi no pude interrumpirlo. Insistió mucho en que nos quería. Habló de un viaje y me aseguró que la única familia de la que se iba a despedir era de la nuestra. Dijo que había comprado un tiquete sin regreso. Y señaló con sus manos que se iba a ir de un extremo a otro extremo; a la antípoda. Habló de irse a los Estados Unidos pero luego cambió de idea y comenzó a hablar de la China". Hacia las 6 y 45, Delgado se despidió de doña Clemencia lamentando que su esposo no hubiera estado. Mientras bajaban las escaleras, él insistió: "Los quiero mucho". Doña Clemencia le preguntó si les iba a escribir. A lo cual le respondió: "No se preocupen que noticias mías van a recibir pronto muy pronto ". Tres horas después, José Fernández Gómez se las daría.
LA ULTIMA CENA
Y las noticias eran grandes y graves. A las siete y cuarto, Campo Elías Delgado llegó a su restaurante favorito, la Pizzería Pozzetto, en la carrera 7a. con calle 62. Saludó a los meseros que lo conocían, se sentó en una mesa y pidió media botella de vino y unos espaguctis bologñesa. Colocó a su lado el maletín negro que había llevado en las últimas horas. Fue como siempre muy amable y el único detalle extraño que notaron los meseros fue que en varias ocasiones se paró al baño. Pasadas las ocho de la noche terminó la comida y pidió un primer "destornillador" (vodka con jugo de naranja). Pidió luego un segundo trago y, como el primero, lo bebió sin apuros, mientras leía detenidamente una revista americana. Terminado el segundo trago, Delgado pidió la cuenta, la canceló, y le dijo al mesero Ecce Homo Rosas, que le iba a componer un poema.
Ni el mesero ni ninguna de las 35 personas que se encontraban en el primer piso del restaurante, tuvieron oportunidad de enterarse de que afuera, no muy lejos de allí, decenas de agentes de Policía estaban buscando a Delgado, quien al interior de la pizzería parecía en ese momento tan inofensivo como el resto de los clientes.
Pero no sólo los policías estaban enterados de lo que Delgado había hecho en el edificio donde vivía. Decenas de periodistas andaban ya tras la noticia y algunas emisoras de radio habían dado el flash de que un sicópata andaba suelto por las calles de Bogotá. La noticia interrumpió las entrevistas de camerino de los enviados especiales a Santiago de Chile sobre el primer regalo de Navidad que millones de colombianos habían recibido esa noche: el emocionante triunfo de la Selección Nacional juvenil de fútbol sobre el poderoso equipo del Brasil. Todo esto explicaba la inusual soledad de las calles bogotanas a hora tan temprana en día de semana.
Hacia los ocho y cuarto, Delgado ya había pedido un tercer vodka. Simultáneamente, a ocho cuadras del restaurante, dos máquinas del cuerpo de bomberos terminaban de apagar el incendio de su apartamento y las autoridades llevaban a cabo el levantamiento de los primeros cadáveres. Poco después, Delgado pidió la cuenta de ese último vodka y se sentó en la barra, después de entregarle la revista y el poema a Ecce Homo. Pidió un cuarto vodka, el maletín negro siempre al lado.
DESDE LA BARRERA
Unos minutos antes de las siete, Carlos Fernández y su esposa Patricia, que viven en el apartamento 401 de un edificio ubicado en frente de la pizzería, oyeron a Pilar Castaño, en el Noticiero de las Siete, anunciar que un hombre había matado e incinerado a su madre y asesinado a dos personas más, en un edificio de la carrera séptima con calle 52. Vieron entonces las primeras imágenes del incendio del cuarto piso del edificio que habitaba Delgado. Pero la noticia no había acabado de suceder.
Hacia las nueve y quince, los Fernández escucharon un primer disparo y luego cinco más, uno detrás de otro. "No escuché ningún grito -relata Fernández a SEMANA-, sólo pensé en esconderme con mi niña de dos semanas, lejos de la ventana. Es lo mismo que hago siempre que hay tiros por aquí cerca. Esperé tres o cuatro minutos, tal vez más, había un gran silencio y Patricia se acercó a la ventana. Yo la seguí y alcancé a ver cómo llegaban los primeros policías. Como tenía mi cámara a la mano, tomé algunas fotos, mientras los policias rodeaban el lugar. Creo que escuché algunos tiros más adentro de la pizzería. Los agentes se acercaron a las ventanas, rompieron los vidrios y rasgaron las cortinas, mientras disparaban para cubrirse unos a otros. Recuerdo que vi a don Bruno, el dueño del restaurante, cuando salió por la puerta gritando: 'No me destrocen más esto, que ya me ha costado como un millón de pesos'. En esos momentos, se produjo un nutrido tiroteo y me parece que de adentro se oyeron más disparos. Desde el costado izquierdo, donde venden las pastas, un policía rasgó la cortina y vi cómo vaciaba el cargador de su arma hacia un blanco muy definido. Era la primera vez que uno de los agentes disparaba repetidamente hacia un lugar específico, pues los demás habían estado disparando un poco a la loca. Hubo algunos tiros más y los agentes comenzaron a entrar gateando. Don Bruno intentó seguirlos, y rápidamente lo sacaron, mientras le gritaban. Vi entonces a un muchacho que corría de un lado a otro gritando: '¡Mataron a nuestra madrecita! ¡Mataron a nuestra madrecita!'. Luego vi cómo se acercaba a uno de los carros parqueados frente al restaurante y le daba golpes en el techo".
Lejos estaban los Fernández de imaginar las sangrientas escenas y los minutos de espanto que se habían vivido en el interior del restaurante; una masacre sin precedentes en los últimos 20 años de historia. Después vino la confusión, el caos. Patrullas de Policía tenían aislado el sector y procuraban poner orden, para que los médicos legistas pudieran adelantar las diligencias de levantamiento de los cadáveres y los heridos fueran conducidos a los centros hospitalarios. Comenzaron entonces las distintas versiones de los hechos. Aquí y allá, los medios de comunicación entrevistaban gente y recogían testimonios a veces contradictorios. Sin embargo, apareció lo que podría considerarse un testigo de excepción: el cardiólogo Pedro José Sarmiento, a quien el azar de tres disparos fallidos le había salvado la vida.
Sarmiento se hallaba comiendo con un colega suyo, el médico boliviano Andrés Montaño Figueroa. La orden que les habían tomado no alcanzó a llegar a la cocina. De espaldas al resto de la gente que se hallaba en el restaurante, oyó un totazo que penso que era una bomba. Cuando escuchó varias detonaciones más, seguidas, supo que se trataba de disparos. No alcanzó a voltearse, cuando oyó una voz que gritaba: "Esto es un asalto. ¡Todo el mundo al suelo! Entréguensne el efectivo no quiero joyas. El efectivo. ¡Bótense al suelo!". Era lo mismo que escuchaba, pero dándole la cara a Delgado, Myriam Ortiz de Parrado, de 45 años, madre de cuatro hijos. Ella no puede olvidar que decía: "Nadie me debe ver la cara. Ustedes no me han visto nunca".
Los comensales obedecieron las órdenes y comenzaron a sacar sus pertenencias. Sarmiento, quien se había tirado al suelo y yacía boca arriba, penso que no habría problema, que una vez que la gente entregara su dinero los atracadores se irían. Sin embargo, esto estaba lejos de ser así. La posición de Sarmiento le permitió ver la forma como procedió Delgado: "Ese tipo le pedía plata a la gente y cuando se agachaba a recogerla le disparaba y la mataba. El tipo llegó al lado de Montaño. No sé si le dio o no dinero. Entonces oí disparos, Montaño quedó ahí. Cuando se me acercó fui a darle seis mil pesos que llevaba. Me eché un poco hacia atrás y él me disparó. Pensé que era mi fin y él siguió a matar a los otros. Me toque el ojo derecho por donde me había disparado. Lo sentí, empecé a marearme". Era la segunda vez que se salvaba. Segundos antes, dos balas habían pasado rozándolo apenas. Pero Delgado siguió cobrando sus víctimas, hasta cuando un policía destrozó uno de los ventanales de la fachada y disparó. Era el fin. Delgado cayó entonces.
Es aquí donde surge la duda de si Delgado se suicidó, o si fue la Policía quien le dio de baja (ver artículo).
Una niña, Johana Cubillos Garzón, estaba allí esa noche negra: no solo vio morir a su hermanita de once años sino que asegura que vio como Delgado se suicidaba. "Yo vi todo yo era la única que lo estaba viendo. El loco pedía que le dieran dinero en efectivo y que dejáramos los billetes sobre las mesas al tiempo que daba vueltas en el salón disparando y matando. De pronto se paró junto a mí me miró y pensé que me iba a matar, pero no lo hizo pensé que dispararía pero no lo hizo no se por qué no me mató pero a mi hermana ya la había asesinado. Yo miraba cómo mataba a la gente y no podía hacer nada. Hasta que llegó la Policía y rompió un vidrio, entonces vi cómo el loco se disparó y cayó".

EDICIÓN 1893

PORTADA

Gobierno de Duque: un despegue con ventarrón

El llamado de Duque por la unidad del país fue empañado por el beligerante discurso del presidente del Senado. ¿Puede esto afectar la gobernabilidad del nuevo mandatario? Análisis de SEMANA.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en SEMANA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 1893

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.