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| 11/10/2003 12:00:00 AM

Los médicos de la guerra

Quizá nadie viva más intensamente el conflicto que los traumatólogos en combate. Silvia Camargo de SEMANA estuvo con ellos y recogió historias tan trágicas como esperanzadoras.

"Tenemos un soldado con una granada en la pierna y queremos llevarlo al hospital para que ustedes lo atiendan". Fue lo que escuchó Ricardo Uribe, médico jefe del servicio de urgencias del Hospital Militar, al otro extremo de la línea telefónica. Creyó que se trataba de otro herido más de los tantos que atiende a diario y pidió que lo trajeran. "Usted no me ha entendido, le dijo la persona que llamaba, la granada no ha explotado". Uribe se quedó mudo y, aunque no tenía la más remota idea de qué iba a hacer, repitió la instrucción de traer el herido al hospital.

El soldado que llegó era Nicolás Sánchez, de 19 años. Le dispararon la granada estando en las afueras de Chiquinquirá y podía morir en cualquier momento si ésta explotaba. Demoró tres horas en llegar al hospital, lo cual le dio a Uribe tiempo para decidir cómo manejar la situación. Convocó al grupo de cirujanos de trauma y, una vez reunidos, llamaron a Kevin Higgins, un militar del Comando Sur de Estados Unidos, para conocer las especificaciones técnicas de la granada. Se trataba de una MGL con suficiente poder para herir o matar a los médicos que operaran al joven. Luego contactaron a asesores militares de la embajada de Israel. Amputación, recomendaron los expertos. Y ellos siguieron la sugerencia. Despejaron el parqueadero y adecuaron una enfermería como sala de cirugía para no crear riesgos a los demás pacientes.

A las 6 de la tarde, cuando llegó el soldado, los cirujanos estudiaron el caso. Las radiografías mostraban que la granada estaba totalmente incrustada, muy cerca del fémur del muslo izquierdo. Entonces resolvieron irse por la vía más peligrosa: intentarían sacar la granada para salvarle la pierna al soldado. "¿Y quiénes van a ser los voluntarios?", preguntó Uribe. Los médicos Juan Manuel Serrano y Alvaro Cogollos levantaron la mano. Entraron a la sala improvisada de cirugía, pero en vez de la habitual bata blanca llevaban trajes antiexplosivos. El nerviosismo reinaba en la sala, sobre todo porque hacía un par de meses, en mayo de 2000, había sucedido la tragedia de la mujer de Chiquinquirá, a quien un grupo de delincuentes le había colocado una bomba en el cuello.

Serrano hizo una incisión de 35 centímetros en la pierna. La única protección de sus manos eran los guantes de cirugía. Tratando de no hacer ningún movimiento brusco, sacó la granada y se la entregó al agente antiexplosivos que estaba en la sala. Este la colocó en su casco y salió de inmediato de la enfermería. Al rato oyeron una explosión lejana. Ese día Uribe y sus colegas hicieron historia. Era la primera vez en el mundo que alguien lograba salvar una pierna en un caso semejante.

Desde este episodio los doctores del Militar han atendido con éxito otros dos casos de bombas sin detonar que han quedado incrustadas en el cuerpo de algún soldado. Son médicos de un país en guerra. Otro tipo de soldados que deben batallar desde diferentes frentes, arriesgándolo todo para salvar la vida de otros. Unos médicos tratan de sostener los signos vitales de un herido mientras el helicóptero de rescate es atacado por un grupo armado; otros deben trabajar bajo las amenazas de secuestro; algunos tienen que hacer las veces de mecánico, chofer, conciliador y amigo en las poblaciones más olvidadas de Colombia, y también están los que tratan de crear una técnica nueva que ayude a reducir costos o que permita recuperar un tejido o un nervio para disminuir el impacto de las secuelas que deja una herida por arma de fuego.

La edad promedio de los heridos de guerra en Colombia oscila entre 18 y 21 años. Por eso el empeño de los médicos va más allá de salvarles toda la vida que les queda por delante. Quieren, además, que vivan bien, y por eso su esfuerzo para que no queden lisiados o impedidos.

Se podría pensar que sólo los médicos que se encuentran en la zona rural sufren los azotes del conflicto armado. Pero no es así. En la medida en que la guerra se ha ido extendiendo, son pocos los profesionales ajenos a este fenómeno. La tragedia del club El Nogal llevó a muchos médicos exclusivos de Bogotá, por ejemplo, a atender heridos del conflicto. Ni siquiera los cirujanos plásticos, especializados en corregir problemas estéticos, han quedado relegados. "Su trabajo ha sido crucial para la rehabilitación de las víctimas de la violencia", afirma el médico militar Héctor Linares. Aun a los siquiatras, que son los médicos que menos sangre deben ver en la práctica, ahora tienen que vérselas con la cara silenciosa de la guerra: los traumas sicológicos. "Ahora el síndrome de estrés postraumático afecta a muchas más personas, tanto a los heridos y sus familiares como al personal sanitario y médico", explicó el doctor Hugo Sotomayor.

Los heridos de guerra son los pacientes más complejos y costosos de todo el sistema de salud. Según cifras del Hospital Militar a la sala de urgencias ingresan 1.000 heridos por trauma al año y entre 200 y 400 son víctimas del conflicto. Este año calculan que llegarán más soldados heridos que nunca y podrán alcanzar los 500. "Llegan acabados, dice el cirujano de trauma Alberto Hernández. Con esquirlas en el ojo, con el maxilar destruido, con una pierna amputada, el tímpano reventado, con heridas en el abdomen y problemas vasculares".

Los médicos observan cada vez armas más destructivas. Por ejemplo, los diferentes grupos armados fisuran los proyectiles para causar más daño, de modo que cuando golpeen algún hueso lo pulvericen. La sola vibración de estos proyectiles pueden estropear la médula y producir daños neurológicos permanentes. Las minas quiebrapatas tienen clavos y tachuelas, de tal forma que cuando explotan puedan herir a varias personas. Los cilindros de gas -usados como proyectiles- por lo general tienen excrementos humanos o de animales para causar infecciones más difíciles de controlar. Esto también ha incrementado los costos de atención. Cuando llega a urgencias un paciente puede necesitar la atención de un equipo de entre siete y ocho médicos superespecializados: ortopedista, cirujano plástico, vascular, maxilofacial, oftalmólogo, anestesiólogo y el de tórax y abdomen. Algunas veces tienen que resolver todos los problemas al tiempo, a la velocidad en que unos mecánicos de la Fórmula 1 ponen en forma las diferentes piezas de un automóvil en los pits. Sólo que esta es una carrera por la vida.

Las cifras de tratamiento son escandalosamente altas para un país tan pobre como Colombia. Uribe calcula que cada soldado herido le cuesta al Estado entre 500 y 600 millones de pesos, cifra que incluye el tratamiento inicial, la rehabilitación, las incapacidades, la pensión de invalidez y la pérdida de años de vida productiva.

Desde el monte

El Hospital Militar Central, de Bogotá, es el último eslabón de una cadena que comienza en el campo de batalla. Allí los soldados de infantería entrenados para dar primeros auxilios controlan hemorragias, canalizan venas, suministran líquidos intravenosos e improvisan camillas hechas con palos y retazos del camuflado para transportar a los heridos hacia una zona segura donde el avión o helicóptero los rescata. "Ellos son la mano derecha de los médicos", dice Jairo Villa, capitán médico del Comando de Salvamento y Rescate de la Fuerza Aérea (C-SAR).

Egresado de la Universidad Militar, Villa, de 28 años, trabaja con un grupo de 20 personas en el rescate de heridos de los escenarios de combate. "Este año ya hemos rescatado 64 soldados y 90 por ciento son heridos de minas quiebrapatas. El resto es por arma de fuego", dice. En junio pasado le ordenaron la misión de rescatar a un grupo de soldados en Topaipí, Cundinamarca. El equipo estuvo listo en menos de 15 minutos. Villa agarró un morral con lo indispensable: equipo de primera cirugía, gasas y medicamentos.

Cualquiera creería que estos instrumentos son más que suficientes para un médico. Pero no para él. Además del bisturí debe salir con su fusil al hombro, municiones, casco blindado y vestido de camuflado. Ese día el helicóptero ambulancia despegó y detrás iba otra nave, que lo protegía de las balas enemigas.

En esto las Fuerzas Armadas han mejorado mucho en los últimos cinco años, aunque aún faltan naves ambulancia para atender a tantos heridos. Además, como señala el médico capitán Luis Fernando Núñez, de la base aérea de Catam, "los pacientes se metían en el helicóptero y nadie los tocaba hasta llegar al hospital". Los aviones ambulancia sólo recogían a los caídos en combate pero no llevaban a bordo a ningún médico. Ahora hay mayor conciencia de que este profesional puede ayudar a salvar a muchos de los soldados combatientes en esos momentos críticos.

Sin embargo la dificultad no sólo está en llegar y tener personal idóneo para cuidar al paciente. Ese día en que Villa salió a rescatar a los heridos de Topaipí no fue armado en vano. Cuando iban a aterrizar un frente guerrillero los empezó a atacar. "En ese momento a mí no me preocuparon las balas, dice. Uno está entregado a salvarles la vida o a procurar que las lesiones no sean tan severas. Sólo después, cuando ya estuve en la base y pensé en la misión, me di cuenta de que estuvimos en peligro y ahí sí me dio miedo". Mientras Villa trataba de acomodar a los heridos en el helicóptero la nave escolta disparaba. Cuando estuvieron a salvo el médico los evaluó y repartió el trabajo entre sus auxiliares. El otro helicóptero les cubrió la retirada. Los heridos eran tres soldados, dos de ellos en condiciones estables. Pablo Carrillo*, en cambio, tenía totalmente amputadas las piernas del muslo para abajo. "Cuando me lo entregaron estaba sin pulso, pálido, porque había perdido mucha sangre, y en paro respiratorio", recuerda el médico. Villa lo entubó, le hizo un masaje cardíaco y le controló la hemorragia durante el vuelo hacia Bogotá.

Antes de aterrizar en Catam el soldado Carrillo volvió a entrar en paro cardíaco y Villa no tuvo más remedio que ponerle una inyección de adrenalina en el corazón para que resistiera hasta llegar al hospital. En el aeropuerto lo esperaba una ambulancia con el médico capitán Núñez, quien terminó de estabilizarlo y lo llevó al Hospital Militar, donde lo recibió el grupo de trauma del doctor Uribe. Carrillo llegó vivo. Los médicos iban ganando la batalla durante las primeras 24 horas. Pero fue en vano. Perdió demasiada sangre y murió.

A pesar de que, como al soldado Carrillo, no es posible salvarlos a todos, para la tropa saber que en caso de que sean heridos habrá un helicóptero o un avión disponibles para su rescate hace toda la diferencia en su moral de combate. En enero de este año, durante una operación en Tame, Arauca, el avión ambulancia Casa Nortanio-235 de la Fuerza Aérea estuvo toda la noche esperando una emergencia. "El efecto del avión esperándolos fue muy grande, dijo Núñez. Los soldados fueron con más tranquilidad porque sabían que en 45 minutos podían estar en el hospital".

'La bolsa de Bogotá'

La tragedia tiene, paradójicamente, su lado bueno. En su afán por robarle muertos a la guerra los médicos colombianos se han convertido en un ejemplo mundial de creatividad.

Al soldado Felipe Ardila, de 21 años, lo salvó 'la bolsa de Bogotá'. No fue una donación de los comisionistas que manejan las acciones, sino un invento colombiano del médico Oswaldo Borráez. Desde 1984 ha facilitado enormemente la labor en las urgencias. La bolsa es especial para las heridas abdominales, en las cuales hay mucha hemorragia y vísceras perforadas. Los médicos cierran el abdomen con esta bolsa de plástico, que se pega a la piel y lo deja sellado para evitar nuevas infecciones.

Ardila llegó al Militar en estado de shock, con heridas en el pulmón, el hígado, el intestino y hemorragia en el tórax. Venía de un agudo combate en las montañas de Cundinamarca. Durante dos horas lo operaron en la sala de cirugía, pero no lo cosieron sino que le pusieron 'la bolsa de Bogotá' que, a la vez que aísla el abdomen, permite mirar cómo evolucionan la heridas. Felipe, como muchos de los heridos de la guerra, tuvo que volver al quirófano 24 horas después, y de nuevo otros tres días. Al final le quitaron su bolsa y salió recuperado hace unos días. Necesita terapia física y respiratoria y apoyo siquiátrico, pues estuvo prácticamente muerto.

"Muchas de las cosas que hacemos no están en ningún manual médico", dice Carlos Satizábal, un ortopedista de gran reconocimiento entre el gremio, quien con una técnica conocida como 'transporte óseo' ha logrado salvar las piernas de muchas personas. Hace 10 años la indicación era amputar la pierna pero con la técnica, que fue desarrollada en Rusia, dada a conocer por los italianos y adaptada por Satizábal en Colombia, los médicos ortopedistas del Hospital Militar han logrado que los pacientes salgan caminando.

La técnica consiste en colocarle al paciente una especie de torniquete externo a la pierna -conocido como tutor-, que él debe apretar a razón de un centímetro por día para ir tratando de unir los dos segmentos del hueso destrozado. A medida que esto sucede el hueso va creando más tejido óseo y en cuestión de un año sana. Según los datos de Satizábal en el mundo, en promedio, se hace un transporte óseo una vez cada 15 días, pero en Colombia son de dos a tres diarios. Desde 1994 hasta hoy van 500 pacientes, muchos de los cuales habrían sido amputados si no se aplicara la técnica. Los auditorios en los congresos médicos se llenan cuando Satizábal presenta sus casos. Y siempre comienza su charla diciendo: "Lo que les voy a presentar es una vergüenza porque es fruto de la violencia, pero al mismo tiempo es un orgullo porque somos los más expertos en el tema".

Hay heridos para quienes la única opción es la amputación, pero aun en estos casos los médicos consideran que puede haber exitosos. "Fracaso para nosotros sería la muerte", dice el director de prótesis y amputados del Hospital Militar, Fernando Serrano.

Desde la otra orilla

El panorama de los soldados es relativamente conocido pero se sabe mucho menos de la atención a los demás actores de la guerra. Aunque no hay cifras precisas se calcula que por cada soldado hay ocho guerrilleros heridos con traumas físicos muy similares. "El problema es que ellos no cuentan con una infraestructura como la de los militares y utilizan el servicio de salud del Estado", dice el doctor Sotomayor. Además hay muchas víctimas civiles que aumentan la carga de atención de las redes de salud. La guerra, entonces, está generando miles de pacientes que el país no tiene cómo atender. "Si uno observa el mapa de la guerra y el de la presencia de algún tipo de institución de salud puede ver que hay zonas totalmente abandonadas sin posibilidad de recibir atención", dice Saúl Franco, médico epidemiólogo de la Universidad Nacional.

Lo paradójico es que Colombia cuenta con investigadores y especialistas de muy buena calidad pero muchos de ellos han tenido que abandonar los puestos de salud o no pueden llegar a ellos porque la zona donde están es controlada por uno de los grupos armados ilegales. "Para entrar a veces tiene que pedirle permiso al grupo armado", dice Franco. Por este motivo los médicos poco salen de las cabeceras municipales, salvo en brigadas de corta duración.

De ahí que no sea sorprendente que muchos médicos y personal asistente terminen siendo objeto de agresión por parte de los grupos armados. Desde 1998 el sindicato de trabajadores de hospitales Anthoc empezó a llevar un registro de los casos de violación a la misión médica, lo cual no sólo incluye las amenazas a médicos sino a enfermeras, promotoras de salud, conductores y todo el personal de brigadas de salud en las zonas rurales. A partir de julio de 2001 estas infracciones han aumentado drásticamente, convirtiendo a los médicos en otro de los grupos desplazados del país. Según los datos de esta organización hasta el momento se han tenido que ir de su sitio de trabajo de manera forzosa 170 personas por amenazas a su vida.

"Todo el personal médico está en el ojo del huracán, dice Asneda Méndez, de la división de derechos humanos en Anthoc. Porque cumplir su trabajo de atender a un herido genera sospechas en los otros bandos y esa situación está dejando a la población civil sin alguien que vele por su salud", afirmó. Esto le sucedió a Olga Montes Joven, una enfermera del hospital de San Vicente del Caguán, a quien la guerrilla le pidió que atendiera a los tres estadounidenses secuestrados por las Farc en Caquetá en febrero de este año. Ella había accedido al pedido de la guerrilla fiel al juramento hipocrático, que les exige a los médicos atender a un herido sin importar su raza, religión o filiación política. Como a los pocos días de su regreso el Ejército la interrogó al respecto, tuvo que irse a vivir a Florencia por temor a que la guerrilla pensara que ella era informante de las Fuerzas Armadas.

Lo más preocupante es que, mientras las amenazas han disminuido, están aumentado los secuestrados y desaparecidos. Entre ellos está el médico Jorge Andrés García, quien realizaba su rural en Chocó. El 23 de julio trasladaba en una ambulancia a un paciente que debía ser atendido en el hospital de Quibdó. El y el visitador médico que iban en el vehículo fueron retenidos por el ELN y hasta el momento no se sabe nada de su paradero. Cinco meses antes, en Receptor, Casanare, el médico Jorge Geimer Munive Rodríguez, su conductor y un técnico de saneamiento fueron retenidos por las autodefensas del Casanare y aún no aparecen.

El 15 de marzo Alejandro Torres, médico del hospital de Arauquita, fue asesinado, y con él ya suman 94 los trabajadores de la salud que han caído en el conflicto. En Arauca el personal de salud fue declarado objetivo militar por las autodefensas. Morely Guillén, una auxiliar de enfermería del hospital de Tame y dirigente sindical de Anthoc, fue asesinada cuando salía de su turno. "En Colombia no se respeta la misión médica. Ninguno de los bandos lo hace", dice Franco. A quienes más se irrespeta es a las promotoras de salud que se desplazan por las veredas de zonas remotas a realizar campañas de vacunación y charlas de orientación.

Los expertos han detectado que parte del problema radica en que los jóvenes salen de la universidad sin saber qué derechos y deberes tienen ante el conflicto armado. "Uno aquí en Bogotá no ha visto un guerrillero nunca y cuando lo ve no sabe qué hacer, cuál es el comportamiento adecuado y cuando estas personas se dan cuenta de que el médico no sabe se aprovechan", dice el médico Juan Pablo Berdejo, de la Cruz Roja.

A la ya complicada situación de los médicos se suma que su trabajo les ocupa gran parte de su tiempo y esto impide que puedan desarrollar una vida familiar. Carmen Sofía Carrillo, quien hasta la semana pasada era médica de la Cruz Roja Internacional (Cicr), dice que la rotación de médicos en la organización es muy alta porque muy pocos resisten las condiciones precarias que deben afrontar. Ella misma no resistió y se fue a vivir al exterior. Además las familias de los médicos y enfermeras viven en ascuas, sabiendo que están en zonas rojas, bajo el riesgo constante de morir. La gran mayoría de médicos son solteros o divorciados pues sus parejas muchas veces no entienden ese sacrificio y no están dispuestas a vivir en vilo por las misiones que deben asumir sus compañeros. Al capitán Núñez, por ejemplo, lo llaman a las 2 ó 3 de la mañana pero, a diferencia de la mayoría de sus colegas, no tiene que acudir a un hospital urbano sino a un lugar apartado de la geografía colombiana a rescatar heridos. "Ella me dice: '¡Ay! ¿otra vez?'. Pero al final me da la bendición porque sabe que no puede pelear contra esto", dice.

Aun así muchos de ellos no cambian su trabajo por nada del mundo. Estos médicos no se olvidan de sus pacientes y en cada caso encuentran nuevos retos. Cuando llegan a una población que ha sido atacada por un grupo armado los reciben como si fueran salvadores y todo el mundo quiere contarles lo que pasó. "Es salvar esa vida; es recibirlos casi muertos y luego verlos salir caminando, dice Ricardo Uribe. Esa satisfacción lo paga todo".

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