Los rostros ocultos de la guerra
La guerra deja a su paso historias de dolor y muerte donde las víctimas son las menos escuchadas. Por eso Semana quiso abrir un espacio a sus increíbles relatos.
Desaparecida
El último viaje
En abril pasado desapareció en el Guaviare una enfermera que había hecho de su vida un ejemplo de superación. Su madre aún sigue buscando su cuerpo.
La cadena de tragedias de María Cristina Cobo Mahecha empezó el tercer mes de 1976, justo cuando ella tenía un año de nacida y hallaron a su padre, el agente de policía Rufino Cobo, muerto de frío en lo más alto de una montaña del Quindío donde cuidaba unas antenas repetidoras. Ese hecho hizo que su madre, Paulina Mahecha, tuviera que devolverse a su natal Villavicencio con sus dos pequeñas hijas.
Hoy, cuando doña Paulina comienza a narrar la segunda parte de su tragedia, le corren las lágrimas por su rostro, que ya denota los años vividos y el sufrimiento que ha tenido que soportar por azar del destino, pero sobre todo por la violencia en las apartadas regiones del país.
"Llegamos a la casa de mi mamá, que estaba hecha de lona y latas en un barrio de invasión. Pero a las dos semanas el rancho ardió en llamas y todo se quemó. Las más afectadas fueron mis dos niñas, que sufrieron quemaduras de tercer grado", recuerda con amargura doña Paulina.
Los médicos no le dieron esperanzas de vida a María Cristina, que en ese momento tenía 15 meses de nacida y presentaba quemaduras en todo su cuerpo, especialmente en cabeza, rostro, manos y piernas. Pero contra todos los pronósticos, María Cristina logró sobrevivir, aunque tuvo que permanecer un año en el hospital mientras intentaban reconstruirle el cuerpo con implantes.
Su niñez fue difícil. Mientras su mamá trabajaba como empleada del servicio en distintas casas de familia, ella seguía creciendo rodeada del rechazo de sus compañeros de clase, pues no se acostumbraban a tener una compañera con ese tipo de lesiones en su piel. Sin embargo terminó su secundaria, estudió enfermería en el Sena y luego en la Universidad del Llano, en donde se graduó con honores en 2003.
Todo parecía mejorar para María Cristina. Inició su año rural en Calamar, Guaviare, un municipio que hasta hace poco dominaba el primer frente de las Farc. Tan bien marchaban las cosas que la alcaldía le permitió realizar un posgrado en gerencia hospitalaria, por lo que cada 15 días debía viajar a Bogotá en un tortuoso recorrido por tierra.
En uno de esos viajes, de regreso a Calamar, su mamá la despidió en la terminal donde tomó el bus que de Granada (Meta) la llevaría hasta San José del Guaviare. "Como a las 11 de la mañana me llamó para contarme que había llegado bien y que se iba para Calamar", recuerda con los ojos empañados en lágrimas doña Paulina. Pero María Cristina nunca llegó a su destino.
"Hablé con muchas personas en San José y Calamar, y formulé la denuncia por su desaparición. Nadie me la quería recibir", asegura doña Paulina. Días después un delegado de la Cruz Roja le dijo que los paramilitares del Guaviare la habían asesinado con un tiro en la cabeza luego de haberla torturado brutalmente y de acusarla de ser auxiliadora de la guerrilla. "Yo hablé con algunos paramilitares en El Retorno (Guaviare) y me dijeron que ellos no habían sido los autores del crimen, porque cuando ellos asesinaban a alguien le avisaban a la familia para que no hicieran averiguaciones porque les podía pasar lo mismo". Para mayor confusión, después escuchó el rumor de que las Farc la habían asesinado porque estaba trabajando para ambos bandos, es decir, para los guerrilleros y las autodefensas. "Mi hija no le temía a nada porque era muy neutral en su profesión y no trabajaba para ningún grupo armado".
Así quedaron enterrados en algún lugar del Guaviare los sueños de María Cristina, que había sobrevivido a la adversidad, pero no pudo hacerlo a la absurda guerra que se vive en el sur del país. Después de ocho meses de dolor, su madre sólo les pide una cosa a quienes la mataron: "Los perdono, pero devuélvanme sus restos para darles cristiana sepultura".
Reclutamiento forzado
Pesadilla sin fin
Un joven de 16 años, reclutado a la fuerza por las Autodefensas Campesinas del Casanare, cuenta el infierno que vivió en los Llanos Orientales.
"Anoche, como casi todas las noches desde que volví a Bogotá, soñé cosas horribles. No son solamente sueños sino mi pasado, y en el pasado trato de dejarlo todo. Pero es casi imposible. Todo comenzó el 5 de julio pasado. Esa tarde salí con cuatro amigos a una tienda del barrio. Charla va, charla viene, y de pronto se nos acercó un hombre de unos 40 y tantos años, de esos que uno sabe que es de tierra caliente. Después de conversarnos nos ofreció trabajo, cogiendo arroz en una finca. Las cosas en mi casa estaban difíciles porque mi papá había sufrido un accidente y no podía trabajar. Así que le dije que sí. Mis amigos también se animaron. Al día siguiente nos encontramos para ir hasta la terminal de transportes. El hombre sacó un fajo de billetes, pagó los pasajes de nosotros cinco para Villavicencio, nos dio 50.000 pesos para el camino y nos dijo que allá nos estarían esperando para llevarnos hasta la finca. Y era cierto. Allí nos esperaban dos 'manes' que nos montaron en una camioneta, pero no íbamos para ninguna finca a recoger ningún arroz. Cuando empezamos trocha adentro nos dijeron: 'Ustedes llegaron a hacer parte de las Autodefensas del Casanare, nuestro comandante es Martín Llanos y el que se quiera bajar, se baja muerto'. Yo empecé a llorar bajito, pero no podía dejarme ver porque me mataban.
"Llegamos de noche. Era un campamento en la selva. No sabía dónde estaba. Había por lo menos 1.500 muchachos y muchachas, la mayoría reclutados en los barrios La Belleza, Juan Rey, Libertadores y Nueva Deli en Bogotá. Esa noche nos dieron la comida y nos asignaron chinchorros. Cuando estábamos comiendo nos advirtieron que no querían lloroncitos sino varones y que al día siguiente comenzaríamos el entrenamiento que duraba mes y medio.
"A las 5 de la mañana, minutos después de despertarnos entendí que nunca iba a poder salir de ahí. Una muchacha desesperada empezó a gritar y a correr. Diez pasos más adelante la agarraron. Delante de todos nosotros la amarraron, le regaron gasolina y le prendieron fuego viva. 'Esto es lo que le pasa a todo el que quiere fugarse', fue la sentencia.
"Sin derecho a nada, ni siquiera a temblar, empezó el entrenamiento. En esa jornada mataron a tres más por no hacer bien las pruebas, por llorar y no demostrar berraquera, y durante los días siguientes mataron a muchos otros porque no servían, o porque sí o porque no. Durante semanas nos dedicamos a atravesar ríos, a saltar cercas de púas, armar fusiles con los ojos vendados y aprender a disparar.
"Una noche salimos del campamento y nos llevaron a una finca donde estaba el duro. Esa fue la primera y única vez que vi a Martín Llanos. Nos hicieron una fiesta, nos dieron trago y mujeres para que demostráramos que sí somos hombres. Y para que aprendiéramos que 'la muerte es tan natural como la vida' don Martín -como debíamos decirle- mató a un centinela de la finca al que llamó por su nombre para que volteara hacia él y poderle pegar el tiro de frente. 'Esto es para qua aprendan que hay que matar sin miedo. Matar es como cualquier trabajo', nos dijo.
"El entrenamiento no había terminado cuando nos tocó combatir contra los hombres de Miguel Arroyave. No teníamos otra salida. Nos enfrentábamos o nos mataban. Así que nos dieron fusil a cada uno y a defendernos como pudiéramos. Salí bien librado, pero lo más difícil vino después del combate. Uno de los compañeros que cayó muerto era mi amigo desde la primaria. El comandante me dijo que debía descuartizarlo con un hacha. No podía llorar, no podía cerrar los ojos, no podía vomitar, si no yo también me iba al hueco de los muertos. Yo sólo pensaba en vivir, aunque mil veces quise estar muerto.
"No volví a ver a mis amigos del barrio con los que me reclutaron. Empezamos a caminar, caminábamos días enteros por la selva, nos salían hongos en las piernas y las heridas sangraban. Muchas veces tuvimos que comer carne cruda de vacas y gallinas que robábamos y que no alcanzábamos a preparar por la cercanía de lo que llaman 'el enemigo', que en últimas eran todos: la guerrilla, el Ejército y las mismas autodefensas de otros grupos.
"A finales de septiembre llegó el Ejército y nos cercó. Desde los helicópteros nos echaban ráfagas día y noche. Entonces, los jefes decidieron que nos teníamos que separar en grupos de a 15 o 20 para que no nos pudieran localizar. Y así lo hicimos. Nos escondíamos debajo de las copas de los árboles esquivando balas, y durante días lo único que comíamos era agua y aceite. Estoy vivo de milagro porque aparte de 'El Indio', como llamaban al comandante que nos asignaron, ninguno sabía cómo moverse entre las ráfagas. Por eso, 15 de los 20 que éramos están muertos.
"El Indio' era un man que llevaba 12 años con los fusiles, primero en la guerrilla y después en las autodefensas. Pero ya no quería más la vida del monte, se sentía ahogado. Y fue él mismo el que nos propuso evadirnos y entregarnos. Lo peor que nos podría pasar es que nos mataran en el camino, pero ya no nos importaba. Era mejor morir que seguir allá. Botamos el radio de comunicación para que no nos pudieran rastrear y nos salimos de la ruta. Después de cuatro días sin comer, de vencer la corriente del río que casi nos lleva, sin municiones y sin podernos quitar el camuflado porque no teníamos ropa, logramos llegar a la base militar de Monterrey. Desde ese 18 de octubre cuando regresé a Bogotá intento olvidar toda esta historia, pero ha sido tan difícil como salir vivo de ese infierno".
MINAS
"Soy lo mismo con antebrazos o sin ellos"
Javier Payares es un joven campesino de 29 años del sur de Bolívar que quedó mutilado por una mina antipersonal. Su vida más allá de la tragedia.
"A las cuatro de la mañana ya estaba despierto. Lo primero del día era ordeñar el ganado y después hacía cosas de administración, pero lo que más me fascinaba era salir en la tarde a lidiar con el ganado. Me iba a caballo; me gustan mucho esos animales porque significan libertad y fuerza. Yo era ganadero por herencia. Mi papá se dedicaba a eso y a mí me nació también hacerlo. Hace ocho años trabajaba en una finca de un tío, casi de 300 hectáreas. Ya llevaba un año y medio en la finca, como a dos horas de mi pueblo, San Pablo, en el sur de Bolívar, y ahí vivía con los obreros porque, con 21 años, no estaba casado. Ahora tampoco.
"Esa tarde fui a hacer un encierro y al lado de la línea del alumbrado vi tirado un tubo de PVC. Una cosa de esas es normal en la ciudad, no allá en el campo. Me causó curiosidad. Lo levanté con las dos manos... entonces... se me oscureció el mundo.
"Me desperté en el hospital de San Pablo, ahí me hicieron la atención básica, pero es un hospital pequeño y no había cómo ayudarme más. Me llevaron a Cartagena y allá duré un año y medio. Me hicieron la primera cirugía reconstructiva en el pómulo derecho. Después aquí, en Bucaramanga, me hicieron siete más.
"De Cartagena me sacó el Comité Internacional de la Cruz Roja, Cicr, y me llevaron para Bogotá; allá me adaptaron las prótesis. Hoy no me las pongo mucho. Con mis antebrazos o sin ellos soy lo mismo...
"El Cicr me remitió después de seis meses al Hogar Jesús de Nazareth, en Bucaramanga, y desde entonces estoy aquí. Hoy estoy terminando mis estudios, que me los paga Martha Eugenia Ardila, una señora que me conoció en Bogotá y quiso ayudarme.
"El arte siempre me gustó, pero la escasez no me dejaba. Por eso cuando llegué al hogar decidí aprender. Me dije, voy a ensayar con el arte y vi que se me adecuó, así que comencé a aprender. La señora Yolanda González me ayudó y me consiguió profesores. Ya no sé cuántos cuadros he pintado; algunos los vendo y los otros los rifo. Hoy vivo del arte.
"La vida me dio un vuelco. Fue como comenzar de cero. De mi vida de esa época no dejé nada. Sólo quedó el amor por los caballos, que ahora pinto. A San Pablo nunca volví. Yo jamás había visto una mina antipersonal, se oían rumores de bombas, de gente que había caído, pero yo no tenía ni idea que un tubo podía ser una mina.
"Cuando me vi cómo había quedado pensé que ya no iba a ser útil nunca más, y le pasan a uno muchos pensamientos por la cabeza. El proceso es largo...
"¿De la guerra? Para mí el conflicto que está viviendo el país sólo está dejando es miseria, desolación. Yo creo que ya es hora de que los grupos decidan llegar a un acuerdo de paz. Yo pido una salida política, no una militar que es meter al país a un abismo.
"Hoy que ya vivo aquí y que leo tanto la Biblia, me acuerdo cuando los hermanos vendieron a José, el hijo de Jacob, y él terminó siendo gobernador. Lo que le hicieron fue un bien. Tal vez a mí me pase lo mismo. Nunca en la vida yo pensé que iba a ser pintor y, paradójicamente, después del accidente lo soy.
"Aún me da un poco de miedo volver al campo pero a mí me gusta la tierra y yo confío en que la guerra va a disminuir y ya van a poner menos minas".
Secuestro
Aferradas a la memoria
Testimonio de dos caleñas que sufren la lejanía obligatoria de su ser más querido, secuestrado
desde hace casi tres años por las Farc.
Cuando todavía no eran las seis de la mañana, Juan Carlos Narváez entró al cuarto de Daniela, su pequeña hija de dos años y medio, para despedirse antes de irse al trabajo. La niña estaba dormida y no pudo ver el rostro de su padre que salía para la Asamblea Departamental del Valle, corporación que presidía. Ese día, 11 de abril de 2002, Narváez fue secuestrado por las Farc y en estos 32 meses Daniela sólo ha visto a su papá en videos.
"Al principio le dije que el papá estaba trabajando en Bogotá y se iba a demorar un tiempo en regresar", dice Fabiola, la esposa del diputado. Pero la casa llena de gente, el llanto ahogado de su mamá por las noches, las imágenes en la televisión y la ausencia de su papá fueron más elocuentes que los intentos de la familia por ocultarle la verdad. A los ochos días exactos y mientras veían un noticiero, la niña dijo: "Esos son los señores que tienen a mi papá". Desde ese instante Fabiola ha intentado explicarle todo sobre el secuestro de su padre, junto con otros 11 diputados de la Asamblea Departamental. Y luchan cada día por mantener fresca la memoria de Juan Carlos.
Hoy Daniela tiene 6 años y apenas le quedan en la memoria algunas imágenes borrosas de su papá. "Recuerdo que me gustaba quitarle las gafas y jugar con ellas, también recuerdo que me bañaba", pero nada más. A cambio de recuerdos, Daniela tiene un interés desbordado por el acuerdo humanitario, habla como cualquier adulto sobre la guerrilla y el secuestro. La guerra y sus armas le han robado su niñez. Sus primeros años han quedado atrapados en una historia dolorosa e incomprensible de conflicto y soledad.
Por eso Fabiola no sabe qué va a pasar cuando su esposo regrese. ¿Cómo será el encuentro de Daniela con su padre, al que ha tenido lejos por casi tres años y al que prácticamente no recuerda?
VIUDA
"En dos minutos te cambia la vida"
Alba Glen, la viuda del profesor universitario Alfredo Correa de Andreis, habla sobre el miedo y el dolor que ha vivido después de la muerte de su esposo.
"Cuando detuvieron a Alfredo me convertí en una presa más, me metí en la cárcel con él. Todo fue angustia y desconcierto. Ese 17 de junio (de 2004) empezó un montaje horroroso. Un informante lo señaló como guerrillero, pero 13 días después se descubrió que los testimonios eran clonados, con errores ortográficos y verbales. Entonces recuperó la libertad pero empezó a morir. Desde entonces lo único que hizo fue temblar. A pesar de que había sido ateo toda su vida, después de la detención orábamos cada día. Pensábamos que la dimensión divina podría corregir la injusticia humana. Durante semanas vivimos una persecución insoportable que no ha cesado. Ansiábamos la libertad, queríamos que la justicia dijera que él no era responsable de ninguno de los delitos que se le atribuían. Pero cuando lo logramos, cuando lo liberaron, no terminó la pesadilla.
"Las amenazas contra su vida eran claras. El dilema diario era pensar si nos debíamos ir del país, pero no teníamos plata. No teníamos a dónde ir. Él tenía miedo pero trataba de ocultarlo porque veía cómo sufríamos todos. Pero también confiaba demasiado. Decía: 'Si no la debo, cómo me voy a ir, no tengo nada oscuro detrás de mí'. Tocó todas las puertas, le envió dos cartas al Presidente para que lo escuchara y no lo atendieron. Lo que pretendía era que le resolvieran su situación jurídica. Hoy pienso que él era una piedra en el zapato para alguien. No sé para quién.
"Durante el tiempo que estuvo libre le cambiaron todo, lo dejó todo, su proyecto de vida como investigador, su forma de pensar; por sus principios y sus ideas, él volaba por encima de lo normal, por eso pensamos que a él lo querían encarcelar o matar.
"El día de su muerte estaba preocupado: me dijo antes de salir que lo único que le dolía era no despedirse de su hija. Recuerdo que me comentó: 'Me siento barro'. Arrugó la cara, me besó y se fue. A los pocos minutos lo acribillaron en una acera, a él y su guardaespaldas.
"Tres meses después apenas estamos reaccionando. Tratando de entender qué pasó. Vivimos una guerra y no puedo gritar. No puedo salir a la luz pública porque me matan o me toca irme del país como a muchos que estaban a su alrededor.
"Toda mi vida cambió. La forma de dormir, mi trabajo. Yo tenía una vida con un hombre de hogar, tranquilo, tierno, dedicado a su casa, a la academia. De pronto, en dos minutos, me la cambiaron. Y no puedo hablar. Todavía me siento perturbada moral y sicológicamente. He tenido que seguir adelante por mis hijos. ¿Alguien sabe cómo es de duro esto?".