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Estos futbolistas nuestros que pasan de demonios a ángeles. ¡Menos mal existe Falcao!

5 de octubre de 2012 a las 3:58 p. m.

Gerardo Bedoya, no contento con el codazo aleve, raspa con el guayo la frente del rival ya indefenso y adolorido.  El país pide cárcel, pero le dan 15 fechas, que luego apela, y se reducen a 11. Días después, Wílmer Medina marca positivo por cocaína, después de regresar de una sanción por marihuana. El país pide que salven a la persona y lo metan a un centro de rehabilitación, pero Tolima lo despide de un portazo en la cara, hasta que Santa Fe aparece para ofrecerle jugar la Libertadores. Días después, Luis Fernando Mosquera anota un gol y se coge la entrepierna en una celebración obscena. El país, que no ve la escena que sí se percató el árbitro y los aficionaos, aplaude las seis fechas de sanción, pero sus compañeros de Nacional salen a pedir indulto porque “lo malentendieron”. Dicen que con el gesto quiso decir que a su equipo le sobraba lo que él se tocaba.

 

En los últimos 15 días estos tres hechos desafortunados de nuestros futbolistas reconfirman la repetida frase de que el que no aprende de sus errores está condenado a repetirlos. ¿Quién tiene la razón, quién juzga y quién perdona? ¿Por qué los tres, ahora en líos, no pensaron antes de actuar? ¿Por qué ahora sí Bedoya, por ejemplo, invoca a Dios y a su hija, y dice que aprenderá de este error? ¿Y las 40 tarjetas rojas que antes le han mostrado y lo tienen en el top del anitrrécord de más echados no le enseñaron nada? ¿Qué tiene de especial esta?

 

También pregunto: ¿Quiénes somos nosotros para condenarlos y pedir que los despellejen en hoguera pública, si no son más que el reflejo, primero, de esta sociedad que tira la piedra y cuando esconde la mano muy tarde pide perdón? Sólo basta leer noticias y darnos cuenta de tantos pícaros con penas ínfimas.

 

Estos futbolistas nuestros son ídolos de barro y víctimas de sus propias carencias, léase falta de educación y valores. No aprendieron de los escándalos de Asprilla, Usuriaga, ‘Tigre’ Castillo, por nombrar apenas algunos. ¿Quiénes se creen que son para hacerle gambetas a las sanciones que merecen? Después de que los sancionan ahí sí posan de víctimas. ¿Ahora salimos a deberles? Todos tenemos derecho a cometer errores y aprender de ellos, pero no a salir impunes. Este es un país en el que muy pocos asumen con gallardía sus errores. ¿Qué se creen estos señores? ¿Qué su efímera popularidad los puede eximir? ¿Se justifican en la “calentura” del partido?

 

Ahora sí, con la guillotina al cuello que pende sobre los personajes públicos, se dan golpes de pecho y tratan de salir limpios de escándalos en los que se metieron solitos por pensar con lo que mejor usan, que son los pies.

Nuestros futbolistas suelen ser, en su mayoría, los menos profesionales de nuestros deportistas cuando, paradójicamente, tienen las mejores condiciones laborales y la mayor difusión en este país (tienen transmisión en directo por Directv y RCN, por hablar sólo de televisión).

 

Pero gracias a Dios (ya lo invoqué, como lo hacen estos futbolistas en problemas) tenemos a un caballero como ídolo y ejemplo. Se llama Radamel Falcao García. Se pasa de educado y caballero. Siempre muestra una sonrisa para la foto de un aficionado, siempre con una frase calmada y optimista antes las preguntas desatinadas o tendenciosas de la prensa, siempre pensando en el juego limpio así lo quieran moler a patadas los rivales, siempre superándose. Nunca se descompuso cuando decían que no servía para la Selección y que sus éxitos estaban escriturados para sus clubes. ¿Hoy que dirán esos mismos críticos? Con sus dos goles en mayo pasado en la final de la Europe League ante Atlhetic de Bilbao (3-0), con su tripleta frente al Chelsea en la Supercopa Europea que ganó 4-0 se tejieron sondeos sobre si era el mejor delantero del mundo. Obvio que lo es por el momento. Muchos de los que dudaron fueron los mismos aficionados colombianos que hoy lo ensalzan. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer las virtudes de algún compatriota?

 

En el último mes, a Falcao lo han elogiado personajes como el Rey de España (le dijo: “Sigue metiendo muchos goles porque me encantan”), Enrique Cerezo (el presidente del Atlético de Madrid manifestó: “Ni yo ni ningún atlético cambiamos a Falcao por Messi o por Cristiano. Falcao es el mejor, muchos le quieren”), Jorge Valdano (opinó en Bogotá: “si nos ponemos a analizar a los diez mejores jugadores del mundo, Falcao está en ese grupo”) y Fabio Capello (el técnico italiano, que marcó una época en el Milán, dijo: “En toda mi carrera sólo ha habido un jugador que me impresionara tanto como Messi la vez primera que le vi y es Radamel Falcao). Hace un año Messi lo alabó: "Falcao es un gran jugador y está a un nivel muy alto. Me gustaría jugar con él”. Y en este país, muchos que se dicen conocedores del fútbol consideran “tropicalista” incluirlo en ese podio.

 

Es más, en estos días Messi descrestó con una salida humilde que lo hace más grande de lo que es: “Prefiero que me reconozcan como una buena persona que por ser el mejor jugador del mundo”.

 

Falcao, después de Iván Ramiro Córdona, es el futbolista más exitoso en Europa y, triste decirlo, no parece futbolista promedio colombiano. Se entiende porque creció y se formó en Argentina siendo adolescente y teniendo modelos a seguir tan cerca. Nos hicieron ver como normal que a nuestros futbolistas debíamos aguantarles los escándalos de faldas, que tenían licencia para desmanes, echar bala o manejar borrachos, que era permitida una que otra ‘voladita’ en concentraciones y hasta las cercanías con los narcos de buena parte de la última generación dorada de nuestro fútbol. Esa cultura ‘traqueta’, del más malo o el más bravo, aún está arraigada en buena parte de nuestra sociedad. Pero su religión, su esposa, sus principios y su amor por la camiseta que defiende lo alejan de los escándalos de muchos de sus colegas.

 

Falcao, como profesional, nos recuerda que los valores no se negocian y que la fama no debe marear. Que pelea a muerte pero con lealtad cada balón. Que es el primer defensa cuando no tiene el balón y el último en renunciar a atacar.  Y necesitaba de otro buen señor como José Pekerman, atacado sin misericordia cuando perdió con Ecuador y cuestionado por alejarse de amiguismos y ‘roscas’ para sacar lo mejor, como lo vimos contra Uruguay y Chile. Falcao es ejemplo de sus propios compañeros de Selección, y hombres como James Rodríguez, tan sencillo y aterrizado, siguen esos pasos.

 

Ojalá Bedoya, Wílmer Medina, Mosquera y tantos futbolistas más entiendan que tienen una responsabilidad adicional que patear un balón. Que muchos niños los ven en televisión y son sus ídolos. Menos mal Falcao y Messi entienden a la perfección que portarse a la altura dentro y fuera de la cancha es una obligación y que su forma de entender esa respondabilidad que cargan los hace más grandes.