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El infierno de “Vogue”, revelado en un nuevo libro

Anna Wintour es solo la continuadora de una centenaria tradición de editoras malévolas en la más prestigiosa revista de moda del mundo, según la investigación de la escritora Nina-Sophia Miralles.


Gracias a la cinta de 2006 El diablo se viste de Prada, el mundo pudo saber de un modo divertido que, detrás del glamour y la belleza de las páginas de la revista de moda número uno, se esconde un ambiente de crueldad, perversa extravagancia y matoneo comandado por su conocida y poderosa editora en jefe, Anna Wintour, en quien se inspiró Miranda Priestly, encarnada por Meryl Streep, personaje central del filme.

Ahora, parece que la película y el libro en que se inspiró se quedaron cortos y que todo ese mundo truculento es una viejísima costumbre en la revista, fundada en 1892 en Nueva York.

Así lo cuenta el libro Glossy: The Inside Story of Vogue, en el cual Nina-Sophia Miralles revela episodios a la vez cómicos y trágicos como este:

Al saber que una de las integrantes de su equipo había intentado suicidarse saltando a la línea del metro, Edna Woolman Chase, editora en jefe de 1914 a 1952, la llamó, no para confortarla u ofrecerle ayuda, sino para advertirle: “En Vogue no nos tiramos al subterráneo, querida. Si es el caso, tomamos pastillas para dormir”.

El libro se centra primordialmente en las mujeres, pero también en hombres que han estado al frente de las ediciones americana, británica y francesa de la publicación, ya que ellos no solo suelen ser orientadores de las páginas, sino que se convierten en sus embajadores y las figuras más influyentes de la industria de la moda.

Pues bien, el denominador común de todos ellos no es precisamente aquello que define a una buena persona.

Por supuesto, Miralles investigó exhaustivamente a Wintour, una fría niña posh (gomela) de Londres, cuyas compañeras del colegio le dijeron que era “insensible y provocadora”, amante de burlarse de la gente pasada de kilos y de los profesores viudos o solteros. No tenía el menor interés en lo académico y sus condiscípulas le importaban un bledo, expresaron.

La portada de Cindy Crawford en abril de 1992 es considerada una de las mejores en la historia de la revista, que pagaba sueldos de seis cifras y viajes en el Concorde a sus editores.
La portada de Cindy Crawford en agosto de 1986 es considerada una de las mejores en la historia de la revista, que pagaba sueldos de seis cifras y viajes en el Concorde a sus editores. - Foto: VOGUE

Desde los quince años usa su característico peinado bob y a los 21 se volvió rica e independiente, gracias a que recibió dos herencias.

En su primer trabajo como asistente de moda de Harper’s & Queen reveló lo que vendría después. Allí, sus compañeros la descalificaron por “arrogante y un poco ridícula”, debido a que no socializaba con nadie y algunos se vieron obligados a renunciar al no soportar lo mala que era.

Luego de varios trabajos, llegó a Condé Nast, firma editora de Vogue, en la que hoy también es jefa general de contenidos y directora creativa. Allí cobró fama de tirana, porque reemplazó las paredes de las oficinas por cristal, de modo que nadie pudiera ocultarse de su mirada.

Se estrenó como editora en la edición británica de Vogue, donde también impuso un régimen implacable en que su frase “Mmmm, vamos a tomar una taza de té” se volvió la más temida, pues implicaba un despido seguro.

Liz Tilberis, una subalterna de la época y quien luego se volvió su rival en Nueva York, asegura que Wintour era tan desagradable que comenzó a sufrir ataques de asma en las reuniones de trabajo.

El libro, sin embargo, muestra que Wintour no ha sido la única mala entre las malas. Su antecesora, Diana Vreeland, editora en jefe de la edición estadounidense de 1963 a 1971, tiene cuentos de antología, pues así como era de inspiradora y legendaria, era impotable.

Un empleado comparó sus imperiosas y complicadas órdenes con un torneo de gladiadores de la antigua Roma. Por su parte, Grace Mirabella, quien luego la reemplazó, recuerda cómo era el ambiente en la revista: “Más de un editor quiso tirarse por la ventana. Las secretarias renunciaban desesperadas. Se oían gritos todo el tiempo en los baños”.

Vreeland, fallecida en 1989, aún mantiene el récord como la persona que comisionó la sesión de fotos más cara de la historia. Sucedió en Japón, en 1966, con la modelo alemana Veruschka como protagonista y requirió quince camiones de vestidos, todo a un costo de 7,5 millones de dólares de hoy.

Entre las modelos, el ambiente es de permanente rivalidad, sospecha y letargia. En 2007, Vogue se anotó un hit con las nuevas promesas de la pasarela, fotografiadas por Steven Meisel.
Entre las modelos, el ambiente es de permanente rivalidad, sospecha y letargia, asegura el libro. En 2007, Vogue se anotó un hit con las nuevas promesas de la pasarela, fotografiadas por Steven Meisel. - Foto: VOGUE

Otro personaje que rescata el libro es Dorothy Todd, editora en jefe de la edición británica en los años 1920. En una época en que la homosexualidad no era aceptada, ella era abiertamente lesbiana y les dio cabida en las oficinas y las páginas a miembros de lo que la autora del recuento describe como “subcultura sexual”. Ello le costó un desplante de Virginia Woolf y el descrédito de su carrera, así que terminó alcohólica y en la ruina.

Por las oficinas, siempre impregnadas de un ambiente de rivalidad, sospecha y letargia que creaban las modelos, desfilaban personajes tan particulares como Iva Patcévitch, presidenta de Condé Nast, quien siempre llevaba en el bolsillo superior de su chaqueta un pitillo de oro de Cartier para remover el exceso de espuma de la champaña.

Hablando de millones, en los años 1990, antes de que el mundo digital eclipsara a los impresos, los editores de Vogue gozaban de salarios de seis cifras y beneficios laborales como hipotecas sin intereses y asignaciones para vestuario de más de 50.000 dólares. Sencillamente, trabajar en la revista era también un estilo de vida que había que mantener.

El grado de ostentación era tal, que cuando Wintour era editora en Londres y su esposo trabajaba en Nueva York, la empresa le pagaba viajes de ida y vuelta en el Concorde para que fuera a verlo.

“No sorprende que tratar a los editores como si fueran de la realeza puede hacerles creer que en realidad lo son y se comporten como tal”, observa Miralles.

Todo ese lujo, recuerda la escritora, contrasta con los actuales momentos de Condé Nast, cuyas cifras han descendido dramáticamente y no ha encontrado la manera de hacerle frente al desafío digital.