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Inge Auerbacher: la niñez en un campo de concentración

Siendo niña, Inge Auerbacher sobrevivió al infierno de Theresienstadt. Con 87 años, viajó desde EE. UU. a contar su historia en la conmemoración de las víctimas del Holocausto en Alemania.


“Soy una niña judía del pueblo de Kippenheim”. Así se presentó Inge Auerbacher en el Bundestag, donde habló representando a las víctimas del nacionalsocialismo. Con motivo de esta conmemoración, que se lleva a cabo desde 1996, esta mujer de 87 años viajó desde Estados Unidos a Alemania, para hablar de su niñez, de la deportación al campo de concentración de Theresienstadt y de su nueva vida en un país lejano.

La deportación

Inge Auerbacher nació el 31 de diciembre de 1934. Los nazis estaban ya en el poder, desde enero de 1933. “Judíos y cristianos convivían en paz”, recuerda de su primera infancia. Pero pronto sintió la segregación, tuvo que llevar en la ropa la estigmatizante estrella amarilla y sufrió las burlas de otros niños. Cuando tenía apenas siete años, comenzaron las deportaciones de judíos hacia el este. “Mi abuelita fue asesinada”, dice.

Las esperanzas de sus padres de poder abandonar Alemania con su única hija se frustraron. En agosto de 1942, la familia fue enviada con aproximadamente 1.100 judíos más al campo de concentración de Theresienstadt. Antes de subirse al transporte, un guardia le arrebató a su muñeca de los brazos. “Las lágrimas corrían por mis mejillas. Y me sentí muy feliz cuando me devolvió a mi muñeca Marlene”.

“Todo giraba en torno a comer”

En el campo de concentración, todos tenían que dormir hacinados en literas con sacos de paja. Los retretes estaban muy lejos. El hambre era omnipresente. Las palabras más importantes eran pan, papas y sopa, cuenta. “Todo giraba en torno a comer”.

El lugar donde jugaban los niños era “un montón de basura maloliente”. Por horas hurgaban allí, esperando encontrar algún “tesoro”: zanahorias medio podridas o cáscaras de papa. En esas deplorables condiciones de higiene hubo reiterados brotes de epidemias, de tifus, por ejemplo. Por todas partes había ratas, pulgas y chinches.

Visitando a Ruth

Inge Auerbacher cuenta también de su amiga Ruth, proveniente de Berlín, a quien conoció en Theresienstadt. Las chicas, de la misma edad, se sentían como hermanas. No pudieron cumplir la promesa que se hicieron de visitarse cuando todo hubiera pasado. Ruth y sus padres murieron en las cámaras de gas de Auschwitz.

Casi ocho décadas después, Inge Auerbach envía en el Bundestag un saludo personal a su amiga asesinada por los nazis: “Querida Ruth, estoy aquí, en Berlín, para visitarte”.

Inge y sus padres tuvieron suerte. En 1945 vivieron la liberación de Theresienstadt por las tropas soviéticas, regresaron por corto tiempo a Alemania y emigraron en 1946. Nueva York se convirtió en su nuevo hogar.

Desde allí, esta sobreviviente del Holocausto observa como nuevamente se propaga el antisemitismo. “Desgraciadamente, este cáncer ha vuelto a brotar”, dice, agregando que el odio a los judíos es nuevamente algo cotidiano en muchos países, y también en Alemania. “Esta enfermedad debe curarse lo más rápidamente posible”.

“El antisemitismo está entre nosotros”

La presidenta del Bundestag, Bärbel Bas, también habló al respecto al inicio de la sesión conmemorativa. “Recordar y conmemorar no inmuniza contra el antisemitismo, no protege del racismo y el extremismo de derecha”, dijo. Conocer la historia no ha evitado que un tercio de la población alemana piense que quizás los judíos tenían demasiada influencia. “El antisemitismo está en medio de nosotros”, afirmó la socialdemócrata.

Hasta 1945, cerca de seis millones de judíos fueron víctimas del antisemitismo asesino de los nazis. Entre ellos, 20 familiares de Inge Auerbacher. Ella misma sufrió secuelas de su estadía en Theresiestadt: una grave enfermedad pulmonar, consecuencia de las inhumanas condiciones del campo de concentración.

El abrazo del presidente de la Knesset

En Estados Unidos, Ia joven estudió química y trabajó durante casi cuatro décadas como investigadora. No se casó ni tuvo hijos. “Pero soy feliz y los niños del mundo son mis hijos”, dice. Su deseo más profundo es “la reconciliación de todos los seres humanos”.

Inge Auerbacher termina su conmovedor discurso invitando a encender una vela por todos los inocentes asesinados. “¡Miremos juntos hacia un nuevo amanecer! ¡Ese sueño no debe volver a perderse jamás, jamás, jamás!”, dijo, con voz quebrada, en la sala plenaria del Bundestag.

Allí se encontraba también un invitado especial, que la abrazó con emoción: el presidente del Parlamento israelí, Michael Levy, quien elogió a Inge Auerbach por su compromiso con la reconciliación.