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| 7/1/1996 12:00:00 AM

UN INCIERTO FUTURO

LA ELECCION DE BENJAMIN NETANYAHU HACE PENSAR QUE EL PROCESO DE PAZ DEL MEDIO ORIENTE SE ESTANCARA. PERO HAY QUIENES CREEN LO CONTRARIO.

UN INCIERTO FUTURO UN INCIERTO FUTURO
Fue una sorpresa no sólo por el ganador sino por la diferencia. Después de que los sondeos iniciales indicaran que el primer ministro israelí Shimon Peres encabezaba las elecciones generales de la semana pasada, su contendor Benjamín Netanyahu lo superó por escasos 30.000 votos. Los comicios en Israel tuvieron pendientes a millones de personas en todo el planeta, al punto de que los grandes medios de comunicación del mundo dedicaron sus páginas y sus emisiones para transmitir hasta el más mínimo detalle. Entre las personas que siguieron atentas la información generada en Jerusalén estaba el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton. El mandatario no tuvo ningún problema en confesar a los periodistas que pasó toda la noche del miércoles despierto en espera de conocer el resultado final. Clinton, al igual que cientos de millones de personas en el mundo, anhelaba que el elegido fuera Shimon Peres, pero 30.000 israelíes inclinaron la balanza y consagraron al líder del derechista partido Likud como su nuevo primer ministro. En diferentes lugares del planeta, muchos se preguntan por qué los israelíes optaron por Netanyahu, quien basó su campaña en el lema 'paz con seguridad', un eufemismo para indicar su mano dura ante las conversaciones de paz con los palestinos y con el mundo árabe en general. ¿Por qué dar un paso atrás en el proceso de paz con éstos y arriesgar el camino recorrido con Siria tras cinco años de conversaciones? La respuesta es simple: porque creen más (30.000 votos más) en la efectividad de la propuesta del Likud. Cuando en 1992 el fallecido laborista Yitzhak Rabin llegó al poder, la paz con los palestinos era una posibilidad por explorar, pero seis años después las cosas son bien diferentes. Ahora la paz depende de un proceso que ha tenido un sinnúmero de tropiezos, y cuyos beneficios están lejos de lo esperado. La tranquilidad no ha llegado y las bombas de los rebeldes del Hamas se han apoderado de las calles de Tel Aviv. Los seguidores del Likud están convencidos de que si Peres hubiese sido ratificado como primer ministro, los avances serían bastante menores a las concesiones. En cambio, confían que con Netanyahu el diálogo será a otro precio. El no habla de un autogobierno palestino y niega de tajo la posibilidad de que Jerusalén sea la capital del nuevo Estado. Es decir, Netanyahu no está dispuesto a ceder. La percepción en Occidente de la victoria del Likud es diferente. Si bien el gobierno alemán declaró que "se avecina una catástrofe política para Israel, para el Medio Oriente y para todo el mundo", hay quienes creen en que la paz aún es posible. En Estados Unidos, tanto Clinton como su rival republicano Bob Dole, confían en que se repita una situación como la vivida hace 19 años, cuando el derechista Menachem Begin llegó al poder e impulsó los acuerdos de paz con Egipto, iniciados por el laborista Yitzhak Rabin. Begin, apoyado en su fama de duro, entregó toda la península del Sinaí a pesar de la oposición abierta de sus copartidarios. Las apuestas se orientan a que como Netanyahu no carga con la fama de ser un hombre blando, tiene una mayor posibilidad de hacer concesiones en la mesa de negociaciones, sin que se le critique su debilidad. Los analistas israelíes no son tan optimistas y sostienen que las posibilidades de que una situación como la vivida dos décadas atrás se repita es bastante remota. A pesar de su discurso de derecha, Netanyahu sí estaría interesado en firmar la paz con los árabes, por la huella histórica que un hecho como ese significaría, y por un simple ejercicio de realismo político. Sin embargo, las posiciones internas del Likud le limitan su espacio de negociación, pues en esta oportunidad los territorios que están en juego son 'la Tierra Prometida' de los judíos, y la jerarquía de la derecha no aceptaría entregarlos bajo ningún motivo. Claro que en Israel no se descarta la posibilidad de que en un futuro el primer ministro tenga que moderar su discurso y asumir una postura más conciliadora frente a sus vecinos. Observadores independientes sostienen que es probable que Washington ejerza una mayor presión para que Netanyahu retome la política de su antecesor, 'territorios por paz', después de las elecciones presidenciales de ese país, en noviembre próximo. Incluso, hay quienes se atreven a aventurar que es posible que el Likud tenga que conformar un gobierno de coalición con los laboristas. Y es que los resultados de las elecciones en Israel han causado temor en las esferas políticas, y Wall Street ve con preocupación la posible salida de los capitales extranjeros del Medio Oriente. Los analistas prevén que en los próximos meses la inversión se deteriorará de forma importante, si se reducen las posibilidades de lograr un acuerdo de paz. Es posible, entonces, que los argumentos económicos también contribuyan a flexibilizar el discurso del Likud. Tampoco hay que olvidar que hay medio Israel que fue derrotado estrechamente en las urnas, y cree que la propuesta de Peres aún es posible. Los laboristas están convencidos que la única forma de vivir en el Medio Oriente es aceptar a los árabes y que hay que llegar a acuerdos mínimos con ellos. Claro que esa tarea no es fácil, porque los musulmanes tampoco han mostrado una gran voluntad de paz, basta con recordar los ataques de la guerrilla de Hamas. Tal vez sea por acciones como esa, que el editorial del Journal of Jerusalem del viernes pasado afirma que "la visión que tiene Shimon Peres del Medio Oriente presume que la región está viviendo en el final del siglo XX, cuando en realidad los árabes continúan viviendo en el siglo XVI". Esa visión, aunque viene de un diario de derecha, resume una realidad muy complicada: en el Medio Oriente siguen primando valores y principios religiosos y culturales que se excluyen mutuamente, como en siglos pasados.

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