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En los 1.200 kilómetros de frontera hay más de 100 trochas ilegales dominadas por grupos criminales. - Foto: Esteban Vega

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La guerra por las trochas

El ELN, disidencias de las Farc y las mafias del contrabando libran una sangrienta batalla por controlar las rutas en la frontera venezolana.

Todo ocurrió rápido y a sangre fría. Los dos sicarios caminaron tranquilamente por el puente José Antonio Páez que comunica a Colombia con Venezuela en el departamento de Arauca. De un momento a otro sacaron las pistolas y sin mediar palabra dispararon contra dos uniformados de la Policía Fiscal y Aduanera -Polfa- que estaban en un puesto de control. Con los cuerpos de los policías tendidos y las armas aún humeantes, los asesinos emprendieron la huida por una de las trochas rumbo al municipio venezolano de El Amparo.

Este episodio ocurrió en la mañana del lunes 18 de febrero y fue uno de los más recientes actos de una guerra silenciosa que se desarrolla en la frontera, y que ha dejado decenas de víctimas. En este caso los uniformados realizaban labores de vigilancia y control contra el contrabando. Los asesinaron hombres enviados por Gustavo Giraldo, alias Pablito, el temido jefe del frente Domingo Laín que actúa en esa zona del país. El ataque contra los hombres de la Polfa fue una represalia por los golpes que esa unidad ha propinado al decomisar toneladas de carne, queso y otros productos que esa facción de los elenos intentó ingresar ilegalmente a territorio colombiano. Esto es solo una de las caras de esa guerra del contrabando.

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Un día antes de ese crimen, en la mañana del domingo, el cuerpo sin vida de un hombre con dos disparos en la cara apareció a orillas del río Táchira en una trocha conocida como La Carbonera, una de las decenas de caminos ilegales que existen en la frontera. Pocos días antes una escena similar ocurrió en la trocha Los Mangos, con el cuerpo de una mujer torturada y con disparos en la cabeza.

El hecho más reciente sucedió en la mañana del miércoles 20 de febrero con los cuerpos de dos jóvenes encontrados en zona rural de Aguaclara, en la vía que conduce a Guaramito, también en frontera con Venezuela. Cada uno tenía 15 impactos de bala.

Los responsables son tan variados como las víctimas.

Las cifras oficiales de muertos no son claras ya que hay cuerpos arrojados al otro lado de la frontera y no hay registros confiables. Sin embargo un dato puede dar la dimensión del problema: desde hace seis meses no ha pasado una semana sin que aparezca al menos un cadáver en las trochas del lado colombiano. El nivel de violencia ha alcanzado picos importantes como a mediados de diciembre, cuando en un barrio de la capital de Norte de Santander hubo una balacera que terminó en una masacre producto de vendettas entre bandas.

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Los responsables son tan variados como las víctimas. En el caso de los policías de aduanas fueron los elenos. Según las autoridades, los otros crímenes corresponden a bandas de crimen organizado que disputan con el ELN y disidencias de las Farc los millones que deja el contrabando de migrantes, gasolina, ganado, entre otros. También está la lucha por controlar las lucrativas rutas para sacar droga hacia Venezuela.

En Cúcuta y sus alrededores los nombres de estas bandas se han vuelto tristemente familiares para sus habitantes. La Línea, conformada por antiguos hombres del Clan del Golfo; los Bota de caucho, integrado por exguerrilleros de las Farc; o los Rastrojos, una antigua banda de sicarios, son tan solo dos de diez grupos que se disputan a sangre y fuego el control de casi un centenar de pasos ilegales. A este complejo panorama se suma los problemas de corrupción, especialmente de las autoridades venezolanas que extorsionan desde indefensos transeúntes hasta curtidos capos. La guerra por las trochas está que arde.