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| 7/7/2018 10:25:00 AM

Militares desaparecidos y víctimas de falsos positivos: historias distintas, un mismo dolor

Esperanza Rojas no tiene noticias de su esposo militar hace 25 años; Ana Páez no sabe cómo su hijo terminó siendo víctima de los falsos positivos. En entrevista con SEMANA, ambas coinciden en su lucha por la justicia y la reparación.

En video Familias desaparecidos falsos positivos militares farc Esperanza Rojas y Ana Páez. Foto: Juan Carlos Sierra / Semana

Según la Fundación Colombiana de Víctimas y la base de datos de Voces del Secuestro, en el país hay 1.382 víctimas de falsos positivos judicializados e identificados, y 372 miembros de las Fuerzas Militares de los que nunca se volvió a saber nada. De esas cifras hay un subregistro y hay entidades que aseguran que el número de falsos podría superar los 4.000 y 10.000 casos.

Por eso, el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación (CMPR) de Alta Consejería para los derechos de las Víctimas se propuso trabajar con mujeres, cuyos seres queridos han sido desaparecidos. Unas son familiares de militares y las otras perdieron un hijo a causa de los falsos positivos. Entre ellas había tensiones pues se miraban con recelo por ser víctimas de lados opuestos. Pero a través del arte entendieron que se trata del mismo dolor.

Ese es el caso de Ana Páez y Esperanza Rojas, quienes hoy trabajan juntas por justicia y reparación. Ambas participaron en procesos artísticos que las hicieron amigas. Tanto Ana como Esperanza quieren saber la verdad. Aunque la primera ya encontró los restos de su hijo y sabe que le hicieron un montaje para hacerlo pasar como guerrillero, anhela entender cómo lo engañaron. La segunda, en cambio, no tiene noticias de su esposo hace 25 años y quien por ser militar no es considerado una víctima. Estas son sus historias.

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“No sabe lo que es ver a tantas mamás escarbando en la tierra para ver si encuentran a sus hijos”

Aná Páez fue una de las mujeres que partició en la exposición ‘Mujeres Terra‘ del fotógrafo Carlos Saavedra, quien retrató a las madres de los jóvenes de Soacha ejecutados extrajudicialmente. La exhibición estárá disponible hasta el 31 de julio estará en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. Foto: Daniel Reina/SEMANA.

La expresión del rostro de Ana Páez es un constante lamento. Es una pintura entre el dolor y la rabia. “Hoy en especial me siento nostálgica… Hace diez años que mi hijo murió pero no he podido superarlo”, le dijo a SEMANA.  Su esposo también murió, pero esa pérdida la entendió como “un designio de Dios”. En cambio, el asesinato de Eduardo Garzón a manos de la Fuerza Pública es algo que no llega a comprender. “¿Por qué aquellos que debían cuidarnos nos hicieron tanto daño”, se pregunta.

La última vez que Ana vio a su hijo terminaron peleados. Fueron estafados por 100 millones de pesos en una finca en Carmen de Apicalá y Ana le insistía que dejara perder la plata, pero él le decía que no. Después de una discusión acalorada, Eduardo dejó intacta una aromática que su mamá le preparó y un estruendo de la puerta cuando salió. Al día siguiente, el 5 de marzo de 2008, el hombre de 32 años no llegó al casino que administraba con su mamá. Ella pensó que seguía enojado. Pero al ver que pasaban las horas y no aparecía empezó a preocuparse.

Por seis meses lo buscó hasta debajo de las piedras. No hubo medio de comunicación que Ana no visitara para que le ayudarán a encontrar a su hijo. Solo hasta el 28 de agosto supo que había sido asesinado. ”Murió en combate. Su hijo pertenecía a las Farc”, le espetaron de parte de la Fiscalía sin más.

Ella no entendía cómo era posible que su hijo se hubiera unido a las Farc, “Si tenía tres hijos, había estudiado Turismo, si le iba bien en su negocio, si estaba a punto de terminar Derecho”. Tampoco entendía cómo había terminado en Cimitarra, Santander y por qué nunca le dijo nada.

Después del golpe de la noticia y de 8 horas de viaje, tuvo que hacer mil trámites con la funeraria y la Fiscalía local. Le mostraron un libro en el que Eduardo aparecía vestido con un camuflado y botas, con una granada y un fusil. Le aseguraron que había muerto el 5 de marzo. Ella estaba tan confundida con el asunto que no se percató de que le estaban diciendo que su hijo se había vuelto guerrillero en menos de 24 horas y que además había muerto en combate.

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Este es un cofre que Ana construyó bajo la dirección de la artista plástica Lina Sinisterra. También trabajaron en pintura y dibujo. Foto: Daniel Reina/SEMANA.

La exhumación no iba a ser más fácil. El equipo funerario solo pudo sacar el cuerpo a las 11 de la noche mientras el cielo dejaba caer un aguacero torrencial. Parecía que la pesadilla no terminaba. Cuando por fin pudo enterrar a su hijo en Bogotá, empezó a entender lo que le había sucedido. La Fiscalía le dijo que encontraron que el arma que tenía su hijo no servía y que las botas estaban nuevas, que nunca había caminado con ellas. Entendió que a otras mujeres les había sucedido lo mismo, entonces descubrió que se trataba de un falso positivo. Se unió a las madres de Soacha quienes claman por justicia y las acompañó a Ocaña, Santander, donde encontraron decenas de jóvenes desaparecidos por la misma causa. “No sabe lo que es ver a tantas mamás escarbando en la tierra para ver si encuentran a sus hijos”.

Aunque Ana ya encontró el cuerpo de su hijo y ya hubo condena contra de quienes lo asesinaron, para ella no es suficiente. Que algunos integrantes de la Fuerza Pública hayan matado a su hijo por uno o dos millones de pesos, por reconocimientos o permisos no tiene sentido. “Quiero que me digan la verdad, quiero que aparezcan los cuerpos de los demás”. 

Hoy Ana trabaja en MAFAPO (Madres Víctimas de los Falsos Positivos). Esas mujeres son su compañía y su motivo. “Mis otros hijos no quieren saber nada de mí porque yo me iba enloqueciendo. Yo los entiendo porque tienen miedo de que les pase algo y no quieren que yo ande en estas... Me decían ‘entierrate tú con él pero nosotros no’.  

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“Le prometí que iba a encontrar su cuerpo y no le he cumplido”

Esperanza Rojas. Foto: Sergio Acero /SEMANA.

Esperanza Rodríguez recibió a SEMANA en el batallón de Infantería. Allí trabaja en la cafetería preparando buñuelos, tamales, empanadas y cientos de cafés. Esperanza sonríe y bromea todo el tiempo. No parece una mujer que no tiene noticias de su esposo hace más de dos décadas. Antes de empezar la entrevista suplica “por favor, no hablemos de él en pasado, porque qué tal que esté vivo”...  

Dijo que la alegría que refleja es un “don de Dios” porque desde que José Vicente Rojas desapareció no ha pasado un día en el que no se pregunte si está bien, si tiene frío o calor, si vive, si logró escapar, si está enfermo, si lo están torturando, si perdió la memoria. En el silencio de su casa a veces mira la puerta e imagina su regreso. A veces se queda por minutos contemplando el teléfono y casi escucha el ring - ring del aparato. Sueña con que al otro lado de la línea la voz de José Vicente le confirme que está vivo. Cuando está menos optimista solo espera que le digan dónde está su cuerpo para poderlo enterrar.

Esperanza Rojas conoció al hombre de su vida a los 15 años. Iba a su casa porque era amigo de uno de sus primos. Se hicieron novios rápidamente, pero como él estaba en el Ejército su relación era más bien de cartas. “Estoy en Arauca. Te quiero mucho”, “Estoy en Popayán. Te quiero mucho”. “Estoy en Cimitarra. Te extraño mucho”. Con esas cortas palabras la ilusión de estar juntos fue creciendo.

Se casaron el 18 de julio de 1987. A los meses nació Dinna Maithe, quien hoy tiene 31, y cinco años más tarde quedó embarazada de su segundo hijo, Emerson Eduardo. Esperanza sabía que lo que le esperaba eran muchas temporadas de soledad mientras José Vicente combatía contra grupos al margen de la ley. Por eso y después de muchos traslados de su marido, Esperanza decidió irse a Urabá tras los pasos de su esposo, pese a lo peligrosa que era la zona. Cuando llegó, corrió con la mala suerte de que a los días lo trasladaron a Utatá, Antioquia.

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Este es un cofre que Esperanza construyó bajo la dirección de la artista plástica Lina Sinisterra. También trabajaron en pintura y dibujo. Foto: Daniel Reina/SEMANA.

En uno de sus viajes, José Vicente se contagió de paludismo cerebral, una enfermedad que se transmite por picaduras de mosquitos y produce alteraciones en el nivel de conciencia, coma, convulsiones, hipoglucemia, ictericia o hemorragias. El militar se sintió morir pero al poco tiempo se recuperó y tuvo que salir a una nueva misión. Se sentía tan mal que le hizo prometer a Esperanza “si muero, ve por mi cuerpo. No me dejes abandonado”. Ella le dijo que sí. Era una despedida triste, pero ella nunca le reprochó porque “eso es ser militar: dar todo por el todo”.

En agosto de 1992 tuvieron unas largas vacaciones en Chiquinquirá. Cuando regresaron a Urabá parecía que la vida empezaba a cobrar normalidad. Pero el 2 de noviembre el frente 5 y 34 de las Farc secuestró a José Vicente y lo único que supo de él era que estaban tratando de hacer un canje por un guerrillero que nunca se logró. Esperanza se quedó por dos años en Urabá con sus hijos, pero finalmente se fue para Bogotá cuando un retén de las Farc la amenazó. Después de todo este tiempo lo único que espera saber es qué pasó y que se haga justicia. Su esperanza es que el proceso de paz le dé ese beneficio.

En las fotos el militar Jose Vicente Rojas su esposa Esperanza Rojas y su hija. Foto: Cortesía Esperanza Rojas. 

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