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| 5/13/1985 12:00:00 AM

MUROS BLANQUEADOS

Los colombianos se preguntan si se justificó el cierre tan prolongado de la Nacional.

MUROS BLANQUEADOS MUROS BLANQUEADOS
Los resultados visibles de los 346 días que duró cerrada la Universidad Nacional no parecían justificar el receso más largo de su historia: muros blanqueados sin los graffitis tradicionales, una antigua cafetería en proceso de transformarse en polideportivo, algunas de las residencias estudiantiles convertidas en nuevas sedes de facultades, la reconstrucción de 18 pequeñas cafeterías, y, lo más colorido de todo, los murales de los puentes de la calle 53 con carrera 30, ejecutados por cuatro estudiantes de arte que aprovecharon el cierre para pintar diez travesaños de ocho columnas sobre temas como la violencia, la paz, la educación, la ternura... y el aburrimiento.
Sin embargo, nada de lo anterior parece responder a la pregunta que todos se están haciendo: ¿se justificó cerrar un año la Universidad Nacional?
Para comenzar, mantener cerrada la Universidad durante estos once meses costó 7.100 millones de pesos, que es semejante al presupuesto de la Universidad abierta: 7.300 millones. Por concepto de matriculas se dejaron de percibir más o menos 80 millones de pesos. Esto significa que, desde el punto de vista económico, prácticamente da lo mismo tener la Universidad abierta que cerrada. Una de las razones consiste en que la nómina de profesores y de empleados cuesta al año cerca de 5.000 millones de pesos que hay que pagar esté o no funcionando la Universidad.

LA ULTIMA PALABRA
La gota que derramó la copa y que llevó al rector de entonces, Fernando Sánchez Torres, a tomar la decisión de cerrar la Universidad, fue una protesta que se realizó en mayo del año pasado, en la que no sólo hubo la rutinaria avalancha de piedras sino hasta bala, y un saldo de 22 heridos y 68 detenidos. Cuatro meses después fue nombrado el nuevo rector, Marco Palacios, que despertó gran expectativa, en primer lugar por su juventud, y en segundo por sus ideas de izquierda. Su tarea inicial fue levantar un censo estudiantil cuyo resultado reveló que sorprendentemente, sólo el 37 por ciento del estudiantado proviene de ciudades distintas de la capital, y de ese 37 por ciento, gran parte tiene acudientes en Bogotá. Sólo el 13 por ciento era usuario de las residencias. Con base en estas estadísticas, sumadas al problema de drogas y armas en las residencias, el nuevo rector tomó la decisión de cerrarlas en compañía de la cafetería, desplazando el bienestar estudiantil hacia otras áreas.
Aparte del polideportivo, se planea la construcción de un centro médico universitario cuyos servicios se prestarían en coordinación con el Seguro Social. Además se ha diseñado un mecanismo de préstamos-beca que van desde 2.500 pesos hasta 10.000 para 5.500 estudiantes; hasta el momento se han aprobado 4.000.
Algo menos palpable, pero que a largo plazo resultará más eficaz que las "manos" de pintura blanca aplicadas sobre los muros de la edificación, fueron las horas invertidas durante este receso universitario por el rector y sus principales colaboradores, en la búsqueda de un diagnóstico general de la Universidad en todos los campos,-administrativo, docente, financiero, e investigativo- para formar la estructura del alma mater, que, según ellos, no ha evolucionado al mismo ritmo del país. De esta investigación se han derivado soluciones que van desde el cambio curricular y de duración para varias carreras, hasta un práctico recorte del personal administrativo. Se calcula que en la actualidad, por cada ocho estudiantes, hay un empleado y un profesor.
Luego de este paréntesis, cuya justificación aún no convence del todo a la opinión pública, los estudiantes desempolvaron sus libros y volvieron a las aulas el ocho de abril. Su primera muestra de buenas intenciones, según llegaron a afirmar algunos testigos con un toque de buen humor, fue el hecho de que los universitarios que asistieron a una obra de teatro programada para ese día en el auditorio León de Greiff, no produjeron como era su costumbre, protestas para no pagar los 20 pesos de entrada, ni corearon en el auditorio las tradicionales consignas estudiantiles o políticas. Pero quizás el mejor augurio, le dijo a SEMANA el Secretario General, Humberto Vergara, lo constituyen los comunicados de grupos guerrilleros y movimientos de izquierda haciendo un llamado para luchar por mantener abierta la Universidad. El ELN, grupo que ni siquiera se acogió a la amnistía, hizo un llamado a los estudiantes a la cordura, y rechazó las pedreas dentro de los predios universitarios.
¿Hasta cuando durará este romance? Este es el interrogante que han dejado las Puertas abiertas de la Universidad.

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