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El fútbol le cambió la cara al campamento humanitario de venezolanos

Un torneo de fútbol entre los migrantes de este refugio temporal en Bogotá y colombianos que a diario los rodean, logró calmar las tensiones que surgieron a raíz de los desmanes del lunes, así como ratificar que somos 'panas'.


No pelearon. No se quejaron. No renegaron. La cara y la actitud de los venezolanos del campamento humanitario transitorio que el Distrito abrió hace una semana eran distintas a las que tenían el lunes, cuando 16 de sus compañeros protagonizaron los desmanes que enlodaron la imagen del pueblo vinotinto ante Colombia. Ahora sí éramos panas. Ahora sí había calma.

La visita de los medios de comunicación al campamento surgió a raíz de un mensaje en el que la Secretaría de Integración Social invitaba a un torneo de fútbol para liberar tensiones entre los venezolanos del campamento y los colombianos que diariamente los rodean: exhabitantes de calle que viven en el hogar de paso que colinda con el campamento y que antes de los desmanes se veían tentados a recaer en el vicio cuando olían la marihuana que fumaban los 16 expulsados; los funcionarios de la Alcaldía con los que los migrantes se relacionan a diario y constantemente pelean; y los periodistas que los han acompañado desde que estaban en el asentamiento informal que crearon junto a la terminal de transportes de El Salitre, un lugar en donde la buena fe de los ciudadanos que llevaban ayudas humanitarias llevó a que la Alcaldía tuviera que trasladar a los 422 que hoy están en el primer campamento humanitario para venezolanos que hay en el país.

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El día comenzó con una contingencia que resultó en un potente mensaje: en vista de que la convocatoria tuvo un éxito inesperado, las camisetas de James que los funcionarios de la Alcaldía habían llevado para los venezolanos no alcanzaron y la mayoría vistieron camisetas con un eslogan que dos días atrás difícilmente habrían aceptado: ‘Te amo Bogotá’.

Cincuenta y seis venezolanos las usaron y otros 8 afortunados se quedaron la de James, la “del crack”, decían sonriendo. Se distribuyeron en equipos de a ocho que llamaron Chelsea, Real Cartagena, Barcelona, River, Vinotinto, Selección Venezuela, El Camino y Las chamas, y disputaron durante casi tres horas partidos de 12 minutos en los que se jugaban el paso a la siguiente ronda con su contraparte colombiana: exhabitantes de calle, periodistas o, sus ‘eternos tormentos’, como llaman jocosamente a los funcionarios de la Alcaldía.

“Para un venezolano es difícil ver con buenos ojos a la autoridad”, contaba uno de ellos. “No es que seamos revoltosos, es que venimos de un país donde no hay educación, donde la autoridad y los funcionarios públicos solo abusan de la gente. Nos vulneran, nos matan de hambre”, añadió.

Les preocupa cómo los perciban. Es evidente. Mucho más desde los desmanes del lunes. 

“Acá no hay futuro después de lo que pasó. Nuestra imagen se fue por el piso”, dijo uno. Simultáneamente, una representante de la Secretaría de Integración les contaba a los periodistas  que unas horas antes de que empezara el torneo, 15 familias habían salido voluntariamente del campamento tras lo ocurrido el lunes. El miedo a que pasara otro episodio violento o que aún no haya certeza de que próximamente podrán regularizarse e integrarse a la sociedad los está llevando cada vez más a optar por algo que jamás hubieran imaginado: regresar a Venezuela sin que la democracia haya vuelto. La máxima del éxodo venezolano.

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A unos metros de allí, una muchacha que animaba a su padre desde la tribuna, optó por hacer un llamado a la empatía cuando le preguntaron cómo explicaba las quejas por la comida y las condiciones del campamento cuando hay tantos colombianos que no cuentan con tal atención: “estamos en una situación en la que cualquier cosa lo hace a uno explotar. Muchos venimos caminando de nuestro país, sin un peso, con niños que alimentar, como huérfanos y tratando de convivir con personas que por más compatriotas que sean a fin de cuentas son extraños. Cosas tan simples como quién pasa primero por la comida se vuelven una guerra mundial”.

A su lado, un joven de unos 20 años, con una lucidez impresionante, remató la conversación: “ya sabemos lo que es pagar los platos rotos por las malas decisiones de unos cuantos. Si hay segundas oportunidades, esta es la nuestra”.

Y así fue. Los vecinos, que en su mayoría han puesto resistencia al campamento y cuyos reparos el día de los disturbios aumentaron, se asomaban por las ventanas para constatar con sus propios ojos que esta vez el alboroto no era una riña por comida, por un catre o por quién duerme en qué carpa. Lo que sonaba era el reggeaton que bailaban los venezolanos que le hacían barra a los equipos y los gritos de emoción cuando la Vinotinto, Las chamas o el Chelsea -por nombrar algunos- hacían gol.

El venezolano, como el colombiano, lleva la música en la sangre y estos migrantes llevaban meses sin oirla así de duro. “Las canciones que oímos las ponemos en el celular pero como a cada rato tenemos que estarlos cargando porque son teléfonos baratos, preferimos no usarlos para eso”, contó la misma chica que llamaba a la empatía.

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Los niños, que en promedio hace cuatro meses no van al colegio, llevan una vida de gitanos y representan el 25 por ciento de los que habitan ese campamento, tuvieron el equivalente a un día de la familia. Se apoderaron del parlante y eran los que le dictaban las canciones a la funcionaria de la Alcaldía encargada de la lista de reproducción.

Por primera vez, Los “Maduro hp”, “A ese país no vuelvo nunca”, y “De aquí no me mueve nadie”, los cambiaron por “¡Qué viva Venezuela!”, “Mi Vinotinto del alma” o “Esa es mi hija, carajo”, como gritó uno de ellos cuando la menor de sus hijas hizo el gol de la victoria en la liga femenina.

Pero en un momento de la jornada, a los celulares de los periodistas comenzaron a llegar mensajes de Whastapp provenientes de la oficina de prensa de Migración Colombia. El comunicado abría con la siguiente información: “3 venezolanos de los 14 que serían expulsados del territorio nacional, por los incidentes presentados en el campamento humanitario, en la ciudad de Bogotá, se dieron a la fuga en hechos que aún estar por esclarecer”.

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Lo voz se corrió y ahí mismo algunos migrantes se enteraron. Su respuesta, además de lo que los periodistas estaban viendo en vivo y en directo, ratificó que el fútbol no fue lo que los cambió, fueron los desmanes: “Lo que hicieron unos pocos nos dejó a todos mal ante Colombia y aprendimos que acá hay reglas que cumplir. Todo pasa por algo y esos disturbios tuvieron algo bueno: se llevaron de aquí la mala energía”, dijo un joven que vestía una camiseta que decía ‘Yo amo Venezuela’.

En eso coincidió uno de los exhabitantes de calle que participó en el torneo. Tenía camiseta de la selección Colombia y tenía el pelo perfectamente peinado con gel. “Algún día de mi vida me sentí así, marginado. -sostuvo- . Por eso el día del alboroto no me asusté. Eso era algo que tenía que suceder. Es una liberación”.

Las reglas del torneo relámpago favorecieron a los venezolanos y la emoción de pensar en algo distinto a la comida, la lluvia y el Permiso Especial de Permanencia (PEP), los llevó a hacer goles como nunca. En un emocionante último tiempo de tan solo 6 minutos, los de River anotaron gol, el árbitro pitó y corrieron hacia la tribuna para reclamar la única bandera de Venezuela que tienen en el campamento. La agarraron y cogidos de la mano dieron la vuelta olímpica por la cancha de fútbol. Se abrazaron, cantaron y una vez más demostraron que, como dijo aquel joven, si las segundas oportunidades existen, esta es la de ellos.