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En video: La encrucijada de las venezolanas que llegan a prostituirse a Cúcuta

Este es uno de los oficios que las migrantes venezolanas ejercen en la capital de Norte de Santander para conseguir dinero y mandar a su país. El testimonio de esta mujer -que jamás imaginó vender su cuerpo- deja ver el dilema moral que enfrentan.

Es su primera noche en la calle como prostituta. Tiene dos hijas, una de 12 y otra de 4 años. Las dejó al cuidado de su mamá en San Sebastián de los Reyes –un municipio 100 kilómetros al sur de Caracas– para cometer lo que ella reconoce fue una locura: prostituirse en Cúcuta con cuatro conocidas más.

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“Llevaba tres días comiendo arepa con sal y no pude más”, dice. Con ella vienen su hermana, de 24 años, una comadre, la tía de la comadre y otra sobrina de la comadre. Llegaron el lunes pasado después de un día y seis horas por carretera sentadas en las escaleras del bus; un viaje del que ella se arrepiente más que las otras.

De día estas mujeres trabajan en un burdel con nueve venezolanas más; en vista de que en sus primeros tres días allí no hubo clientes, esa noche se aventuraron a buscarlos en la calle. Cobran entre 30.000 y 35.000 pesos y pagan un arriendo semanal de 8.000. Comen una vez al día: pan o arroz.

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Esa noche ‘ella’, como prefiere que le digan, tampoco tuvo éxito en la calle, lo que la llevó a tomar una decisión desesperada: venderá su pelo al día siguiente en La Parada, el barrio fronterizo con San Antonio de Táchira (Venezuela), por unos 30.000 pesos; le pagará los 28.000 pesos que le debe al dueño del burdel, recuperará sus documentos y pensará en otra fuente de ingresos.

Eso ocurrió el pasado jueves 8 de febrero, cuando SEMANA visitó Cúcuta. Quizás ‘ella’ vendió el pelo. Quizás no. Lo cierto es que la prostitución es uno de los oficios que muchas migrantes venezolanas han tenido que hacer para sobrevivir y mandar dinero a su país. Después de las 9 de la noche es común encontrarlas en grupos de a diez sobre las aceras, a la espera de clientes. Varias son menores de edad.

Su necesidad es tal que a veces trabajan de día en un burdel y de noche en la calle, como le ocurrió a ‘ella’. Los proxenetas les cobran 28.000 pesos por el examen médico que certifica que no tienen ninguna enfermedad de transmisión sexual y hasta que no paguen no pueden renunciar. A veces solo alcanzar a acumular 5.000 pesos al día sumando de a 1.000 pesos que les da el proxeneta cuando logran que un cliente compre una cerveza. La inexperiencia de muchas -que en su país eran profesionales o amas de casa- juega en su contra: “No sé cómo actuar, no sé cómo resistir tanta porquería, no sé cómo atraer a los clientes”, cuenta una de ellas.

Esta es la dura realidad a la que se enfrentan muchas mujeres venezolanas cuando llegan al país.

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