Oposición, sí, pero seria, sin demagogia y sin “pelar el cobre”.
La existencia de una oposición se hace necesaria en cualquier gobierno de turno, sin importar su régimen, filosofía y/o ideología, como forma de ejercer un control político que sirva de cortapisa a fin de evitar o controlar posibles desafueros fruto de apetitos desmedidos de poder; como también, que se convierta en una constante alternativa de gobierno controvirtiendo toda iniciativa o decisión perjudicial al interés general, y presentando alternativas viables y realizables que redunden en beneficio colectivo.
Nadie puede poner en tela de juicio que el nuevo Partido, Centro Democrático, hizo su entrada a la política nacional bajo la inspiración, dirección y liderazgo de una persona regida por sus odios viscerales, por dantescas retaliaciones y por una extravagante megalomanía, incursionando en el parlamento con una importante representación numérica, conformada por una bancada obsecuente sometida a duras pruebas de lealtad muy propias de le época medieval y con aceptación explícita al acatamiento de una disciplina de “perros”, impuesta bajo la férula de su creador.
También se pensó, erróneamente, que el Centro Democrático, como tal, sería la expresión contraria a la tradicional, minúscula y mal aprovechada “izquierda”, quienes han brillado por su espíritu obstruccionista y su crítica insulsa sin aportar jamás alternativas de consideración. Pero, no. El triste debut del Centro Democrático en el inicio de la legislatura, dejó a más de uno atónito y fuera de base: presentaron un proyecto de reforma constitucional que tendría unos efectos personales y favorecería directamente al coronel ® Plazas Vega, y a otros como al general ® Rito Alejo del Rio, según manifestación del senador Rangel. Esta sería la primera movida “chueca” de este Partido que se reputa como opositor.
Una oposición seria y efectiva para la democracia no puede hacerse con esta clase de actitudes, ni recurriendo a la demagogia, demostrando ser una constante alternativa de poder a través de la crítica constructiva y presentando propuestas sensatas que redunden en el interés colectivo lo que, sin duda alguna, le reportará confianza y credibilidad; tampoco, y mucho menos, haciendo la triste apología del delito y tratando de mostrar a algunos de sus adeptos como mártires o perseguidos de la justicia colombiana, esto es simple y llanamente: mostrar el cobre. Ahora, que la dosificación de la pena haya sido exorbitante es una cosa, pero que delinquieron, delinquieron, y eso es otra cosa.
La labor opositora en este país descuadernado es ardua e interesante, en primer lugar por su papel fiscalizador y, en segundo, por el variopinto de propuestas de ajustes institucionales convenientes y que congreguen la voluntad popular, no perdiendo de vista jamás que su papel protagónico descansa en la opinión pública. Este es el oxigeno que acrecentará al Partido opositor a través de sus críticas constructivas y propuestas concretas y viables.
Si bien es cierto que el Centro Democrático encarna ciertas políticas de ultra derecha que en otrora rigieron a los Partidos nacionalistas europeos, y que, por lo tanto, son incómodas para los que no comulgamos con esa ideología y que tienen poca cabida en una plena democracia, también lo es, que como Partido opositor trae consigo cierta presión que forzaría al gobierno y a los Partidos del régimen a presentar proyectos ambiciosos de gran contenido social y otros de modernización del Estado, introduciendo reformas de fondo en la conformación de sus instituciones.
Para nadie es un secreto que este país está sumido en la más profunda corrupción e impunidad, y que estas dos epidemias se encuentran enquistadas y con mayor arraigo y protuberancia en el congreso nacional y en las altas cortes, situación ésta que facilita la labor de un Partido de oposición y le brinda de manera expedita convertirse en alternativa de poder, proponiendo, de manera tajante y sin eufemismos, las reformas urgentes que requieren estas dos ramas del poder público, y las cuales de tiempo atrás vienen siendo maquilladas cobardemente por los gobiernos de turno, por el solo prurito de no perder gobernabilidad a través del veto legislativo y/o por no provocar la ira de los “togados”.
Hasta el día de hoy, no se ha podido estrenar el articulo 135-9 de la Carta política que contempla la moción de censura, como tampoco se ha visto llegar a feliz término un debate de control político, y todo debido a la ignominiosa cooptación que ejerce el ejecutivo sobre el parlamento lo que le hace perder a éste su verdadera esencia fiscalizadora, y termina en una estrecha relación con olor nidoroso.
Lo ideal es tener un parlamento en el cual ninguno de sus miembros tuviese “rabo de paja”, a fin de evitar los sofismas de distracción como consejas o peleas insulsas y estultas muy propias de verduleras y de empleadas de cocina, las cuales desvían la atención de las labores legislativas y de control político, como la que estamos presenciando entre algunos miembros de los dos Partidos opositores, tiempo éste que debían de utilizar en estudiar las reformas urgentes que requiere el país, especialmente contra la impunidad y corrupción, y en ejercer un control más eficaz sobre algunos altos dignatarios del Estado, y que son los portadores del virus corruptor.
El día en que tengamos un procedimiento expedito, ágil y eficaz para investigar y juzgar (condenando o absolviendo) al Presidente de la República, a Magistrados de las altas cortes, al Fiscal y Procurador General de la Nación, estos dos últimos que encarnan un variopinto “sui generis” de conductas, empezamos a ver la luz al final del túnel y a comprobar realmente el comienzo de la erradicación de la impunidad y, por ende, de la corrupción.
Marco Aurelio Uribe García.
Manizales, julio 24 de 2014.