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Opinión

  • | 2018/05/10 07:47

    Inventario de la Colombia in-humana

    La fotografía que muestra a Duque con los jefes del Mira parece tomada por el diablo.

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Violencia. Aquí huele a pobre, dijo la señora al entrar al restaurante. Para el singular olfato de la señora el “olor a pobre” provenía de dos sudorosos operarios que salían del local llevando sus cajas de herramientas, luego de resolver un corto circuito que había afectado a la cocina. Esta historia, sucedida en Bogotá, me la contó Irene. A Irene, que había viajado por medio mundo, el comentario le pareció tan despreciable que estuvo a punto de levantarse de la mesa para abofetear a la señora. Irene no ha matado en su vida ni a una cucaracha, pero en aquella ocasión en que la sangre se le agolpó en la cabeza estuvo a punto de tornarse violenta.   

Tierra. Hace años recorrí de cabo a rabo el Valle del río Patía. A pie la mayoría de las veces. No vi más que extensas haciendas separadas por alambre de púas en las que pastoreaban lotes de ganado cebú. La mayoría de esas propiedades fueron en el pasado pobladas y cultivadas por cimarrones que huían de las haciendas esclavistas. Con la Ley de Manumisión (1851) los esclavistas se volvieron patrones y los esclavos peones. Los dueños son blancos y los jornaleros negros. Recuerdo que durante una plática un anciano trató de “blanco” a un mayordomo. Le pregunté que por qué no lo llamaba por el nombre. Lo aprendí de mi abuelo que fue esclavo, contestó. La mayoría negra carece de tierra para trabajar y vive en ranchos de bahareque levantados en las estrechas mangas que dejan las alambradas. Son lugares en los que la vida transcurre como en los tiempos de la colonia.

Politiquería. Caminaba como cojo, pero no era cojo. Simulaba estar cojo para granjearse la compasión de los dos guardianes que lo escoltaban y de los reclusos que lo escudriñaban de reojo desde el área de reseña de la penitenciaria La Picota de Bogotá. Se pasó llorando toda la noche a pesar de que se hizo a una fortuna en menos de lo que canta un gallo, comentó un cabo de prisiones. Había robado millones por partida doble: al Estado y la mafia. A los pocos días se acogió a sentencia anticipada y recibió una condena similar a la de un carterista. Salió en poco tiempo a gozar de su botín y reciclarse en la política. Eran los tiempos en los que la flor y nata de la política colombiana, como en un carrusel, entraba y salía de La Picota. El carrusel no se ha detenido. Sigue girando.

Dios uno: Sé por el Antiguo y Nuevo Testamento que el Dios de los cristianos se manifiesta de distintas maneras. Todo indica que el Dios que se le apareció a la exfiscal Viviane Morales tenía rasgos de maromero. Es la única manera en que se puede entender su voltereta política en favor de la gente a la que persiguió por corrupción. Son esos momentos en los que la política se vuelve una comedia de risas grabadas, todo se confunde y no hay manera de identificar quiénes son los perseguidos y quiénes los perseguidores.   

Dios dos: Los votantes del Mira quedaron estupefactos y algunos lloraron por la disparatada decisión de sus líderes de apoyar la candidatura del uribismo que amenazó con trocear a los acuerdos de paz que su pequeña bancada, la del Mira, votó en la pasada legislatura. La fotografía que muestra a Duque con los jefes del Mira parece tomada por el diablo, sólo así se puede explicar la cara de gravedad de los presentes, tal como si estuvieran comunicando una mala noticia al país. Nadie sonríe. Parecen muñecos de cera. Todo es postizo.

Telegrama: Estas extrañas alianzas que se están tejiendo alrededor del uribismo me hacen recordar la cita de Mark Twain, el más popular de los escritores estadounidenses: “Una vez mandé a una docena de amigos un telegrama: ‘Huye de la ciudad inmediatamente. Se ha descubierto todo’. Y todos huyeron”.

* Escritor y analista político

En Twitter: @Yezid_Ar_D

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