OPINIÓN

Jorge Humberto Botero

¡Allende vive!

Más que Boric, Petro habría sido su discípulo amado.
19 de septiembre de 2023, 10:18 a. m.

En aquel remoto 1973, el joven que fui, que es todavía cercano amigo, poco antes había regresado al país luego de dejar inconclusos, con gran pesar, sus estudios de Ciencia Política en los Estados Unidos. Tenía la ilusión de que mi alma mater, la Universidad de Antioquía, me designara profesor de tiempo completo en la facultad de Derecho. La docencia era mi proyecto de vida. Para ir haciendo méritos, acepté una cátedra que poco me interesaba. Aquel antecedente, junto con los grados de politización existentes en esa época, pudo ser la causa de que mis estudiantes me acusaran ante el decano de ser espía de los odiados yanquis. Como no pude probar su falsedad, me botaron. Curiosa manera de aplicar la carga de la prueba y la presunción de inocencia.

Fui a parar con mis sueños a la Universidad de Medellín para enseñar (¡vaya desmesura!) derecho constitucional. Esa era mi condición cuando ocurrió el golpe de Estado contra Allende. Con la vehemencia propia de la juventud, realicé en mi clase una manifestación de protesta por el sangriento asalto a las instituciones democráticas y contra el militarismo, entonces en apogeo en América Latina. Me botaron las directivas por comunista. Tal fue el fin de mi carrera profesoral.

Con el tiempo supe muchas cosas que entonces no sabía y que debieran haber moderado mi entusiasmo, aunque no mi rechazo a la dictadura. Debí tener claro, y no lo tenía, que Allende estaba preparando un plebiscito para sacar adelante unas reformas radicales que la democracia burguesa no respaldaba. Quizá por esa vía hubiera llegado Chile a un golpe de Estado promovido por la izquierda, como el que, desde la orilla opuesta, instrumentó Pinochet. No podemos saber cuál habría sido la conducta de Allende una vez investido de plenos poderes, pero nos viene a la memoria el paredón cubano, el encarcelamiento masivo de los disidentes y la represión generalizada que todavía hoy se práctica en la isla.

Ese joven maestro, que a veces siento bullir en mi interior, no tenía presente que los comunistas son excelentes demócratas cuando son minoría, fachada que se desvanece tan pronto obtienen el control político. Así pasó en Rusia en 1917. Los bolcheviques de Lenin arrasaron, cuando se sintieron fuertes, a sus colegas en el alzamiento, los mencheviques de Kérenski. Fidel se disfrazó de demócrata por un tiempo luego de su triunfo en 1959. El régimen dictatorial de Venezuela comenzó con unos comicios que Chávez ganó limpiamente en 1998. No es descabellado suponer que Allende habría seguido un camino parecido si no hubiese sido derrocado hace cincuenta años.

Está probado que el Gobierno de los Estados Unidos intervino para tratar de detener la elección de Allende, que saboteó sus políticas y respaldó el golpe militar. Sin embargo, es preciso colocar esas interferencias norteamericanas en el contexto de la guerra fría que, entonces, se desplegaba con singular intensidad.

La Unión Soviética apoyaba sin escatimar esfuerzos a un gobernante que profesaba sus mismas ideas. Ya había tenido un éxito resonante ayudando a consolidar la revolución castrista y logrado instalar una batería nuclear en territorio cubano, un evento que, en 1962, casi conduce a un enfrentamiento nuclear. En la batalla por Chile competían, con armas semejantes, gringos y soviéticos. Estos pudieron haber ganado, un resultado nefasto para el país austral.

Allende, hombre audaz y confrontacional como su discípulo colombiano, realizó cuantas acciones se le ocurrieron para demostrar su cercanía con la Cuba revolucionaria. Tuvo a Fidel viajando con entera libertad por el territorio chileno durante largas semanas; este no perdió minuto en la tarea de promover su causa. Solo después de sus fracasos en Angola abandonó la política de andar exportando revoluciones.

Las dictaduras de Pinochet en Chile y Franco en España tienen dos características comunes. Fueron terribles en materia de derechos humanos, aunque, al mismo tiempo, adoptaron políticas económicas y sociales, censurables en algunos aspectos, pero cuyo éxito fue incuestionable en la generación de crecimiento y reducción de la pobreza. Esto se dice no para defenderlas, sino para advertir que los regímenes totalitarios pueden ser eficaces y gozar de amplio apoyo popular. Recordemos que Pinochet no fue destituido. Se tuvo que marchar por haber perdido un plebiscito, convocado por él mismo, para refrendar su gobierno en comicios populares. Fue por lana y salió trasquilado.

Las semejanzas entre Allende y Petro son ostensibles. Llegaron a gobernar con bajo respaldo popular y sin mayorías parlamentarias. Sus propuestas estatistas y contrarias a la economía de mercado son similares. Uno y otro han sido campeones en la destrucción del clima de inversión y responsables de inflaciones elevadas. Precaria fue la gestión administrativa de aquel como lo es la de nuestro presidente.

Para contrarrestar las voluminosas marchas de la oposición, Allende intentó, con menguado éxito, movilizar sus bases sindicales. Petro ya hizo el ejercicio de sacar a las calles sus huestes urbanas. Como le fue mal, ahora amaga con congregar a los campesinos para que exijan tierras, una política que no tiene opositores, cuenta con bases legales incuestionables y goza del respaldo de un nutrido fondo de predios. Ambos actuaron, por último, en contextos de guerra fría.

Mencionemos, sin embargo, una diferencia de fondo. Hoy el riesgo en la región y en nuestro país ante una crisis sistémica no es un golpe castrense. Es un gobierno populista. Entiendo por tal el que surge de una gran movilización popular en favor de un caudillo extremista al que se le pide que gobierne con plenos poderes. De este modo, la democracia se destruye por medios democráticos. Miren los casos de Bukele en El Salvador, de Milei en la Argentina, de Hernández en Colombia. Abundan igualmente los populistas de izquierda. Iba a mencionar uno -peligrosísimo- pero me quedé sin espacio.

Briznas poéticas. El horror de la violencia que padecemos en la voz de Horacio Benavides: “Jóvenes caídos / Sus sueños coronados / por un brillo de moscas / Sus caras / si hermosas / ahora toscas / Por terror no reclamados / llorados por secretas lágrimas”.