Es imposible afrontar los retos del cambio climático en el statu quo; es imposible adaptarnos a los nuevos escenarios de variabilidad extrema sin un cambio cultural. Pero tampoco encontraremos el camino si persistimos en identificar nuestras antipatías personales o locales como las causantes del deterioro ambiental crítico que vivimos. Que es una cuestión de principios oponernos al cambio de cauce del Arroyo Bruno, dirán unos. Que La Lizama fue el peor desastre social y ecológico de la historia, dirán otros. Que el municipio de Vetas en Santurbán debe desaparecer porque amenaza la provisión de agua de Bucaramanga. Así hasta el cansancio. Llevando el debate público e incluso a los estrados pleitos eternos por 200 hectáreas, por 600, por 1000. Cuando deforestamos 220.000 al año y vertimos no sé cuántas toneladas de mercurio ilegal a los ríos. Y en muchos casos, consideramos que mentir para “defender el ambiente” es moralmente válido, porque “los otros” también mienten. Nos falta cordura y foco.
Es cierto que a veces “nos la jugamos” con decisiones que afectan lo extremadamente local: son precedentes, manifestaciones de interés, semillas de un futuro alternativo, se dice. Pero estamos perdiendo de vista lo sustancial, en los medios, en muchas de las discusiones de la sociedad civil. Emperrados en la pelea “contra el sistema” se nos deshace el mundo ante nuestros ojos: en vez de soluciones queremos culpables, en vez de aceptar una agricultura interesada en construir paisajes sostenibles, metemos en la misma bolsa a los palmeros o arroceros o cafeteros o ganaderos responsables con los especuladores del campo, que abundan. En vez de aceptar la conveniencia de un sistema económico mixto, donde lo comunitario (que ya maneja un 50 % del territorio colombiano) pueda convivir con lo industrial, que maneja entre un 3 y un 5%, revolvemos la ruralidad agroecológica innovadora con la de la revolución verde trasnochada, responsable de las talas del Caribe y de la cordillera andina en uno de los peores modelos productivos creado por las guerras de dos siglos. Mezclamos todo.
Con el paso del tiempo, esa “lucha” de principios y por el “metro a metro” ha desembocado en infinitas demandas y contrademandas que entregan a litigantes el manejo del territorio, uno que no han caminado un centímetro, donde no han pescado, no han sembrado, no han subido una montaña. Naufraga la gestión ambiental entre demandas y contrademandas, en una sinergia de ciudadanos que se comprometen épica pero ignorantemente con alguna causa y “defensores de derechos” proveniente de algún estereotipo y que viven de ella para luego conquistar un asientico o un sueldito en la pequeña historia. Una pérdida total de foco, del sentido de las proporciones, de la sensatez.
Colombia merece un mejor ambientalismo. Por supuesto, este debe partir del respeto a los líderes sociales que hablan a nombre de sus comunidades y que deberían estar sentados sin temor en mesas de trabajo para encontrar soluciones sostenibles a las contradicciones del modelo de desarrollo. Alternativas al desarrollo, si se quiere. También del respeto a las leyes, pero nunca dejando que estas inmovilicen las capacidades adaptativas de una sociedad que necesita cambiar, no cumplir con la letra pequeña del contrato. Mientras eso persista, seguiremos dominados por los problemas que no son, por la frustración de ver que todo es imposible en la gestión institucional, por la incapacidad de poner foco.
