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Opinión

  • | 2019/10/01 08:11

    ¡Ambientalistas radicales!

    Es común tildar de radicales y exagerados a aquellos que defienden las causas ambientales con vehemencia. A lo mejor son ellos quienes tienen la razón.

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La historia universal está llena de testimonios de científicos y visionarios que han logrado predecir exitosamente tendencias o desenlaces fantásticos, a pesar de haber sido considerados como locos o extremistas al momento de hacer sus presagios.

Una de tales anécdotas, que no debería olvidarse, es la relacionada con el Dique Fudai, localizado en el pequeño pueblo japonés que lleva el mismo nombre. Gracias a dicha obra, la villa costera de 3.000 habitantes logró sustraerse de los estragos del impresionante tsunami del año 2011.

Construido entre 1972 y 1984, a un costo equivalente de 35 millones de dólares de hoy, este muro de concreto de más de 15 metros de altura fue considerado el más feo y costoso despropósito del Alcalde K. Wamura. Sin embargo, hoy en día, los habitantes de Fudai aún visitan en agradecimiento la tumba del empecinado gobernante (quien falleció por otras razones), responsable de salvar sus vidas y las de sus familias. Wamura, el “loco exagerado”, en realidad tenía razón.

Este antecedente histórico es relevante para diversas causas de tiempos presentes, empezando por el estrepitoso fracaso de las políticas internacionales para mitigar los efectos del cambio climático o controlar las emisiones de las sustancias que lo ocasionan. A pesar de montones de cumbres, anuncios y promesas, en 2019 la humanidad está más lejos que nunca de resolver este problema.

Las cifras y argumentos a este respecto son todos de naturaleza apocalíptica. Por ejemplo, la mayor temperatura del planeta causará un incremento en los niveles medios del océano (tanto por el derretimiento del hielo polar como por la expansión térmica del mar) que cambiarán por siempre las líneas costeras de todos los continentes y zonas insulares. Esto a su vez será responsable del más grande fenómeno de desplazamiento poblacional que hemos visto.

Lo anterior sumado a que la mayor energía disponible en la atmósfera será responsable de serias disrupciones en el ciclo mundial del agua y en la intensidad y frecuencia de huracanes y ciclones. Y se completa el coctel con severos fenómenos de sequía en un escenario en el que los cambios en los patrones del clima serán irreversibles durante siglos por venir. Esto último, incluso, si fuéramos capaces de detener de forma inmediata las emisiones de los llamados gases de efecto invernadero.

Lo verdaderamente radical en esta historia, y otras similares, es la falta de acción de los gobiernos y del aparato productivo mundial. Es una tontería y una irresponsabilidad histórica seguir pensando que podemos resolver el corto plazo a costas de comprometer el futuro cercano. Es verdad, por ejemplo, que se requiere utilizar fuentes de energía para mover la economía y promover el bienestar del presente. Pero no parece muy difícil de entender que es una mala idea si al hacer esto se afecta la sostenibilidad de las mismas fuentes.

Es por esto que debemos unirnos a la joven y correctamente rebelde voz de Greta Thunberg en su clamor a los gobernantes del planeta, incluyendo Colombia: ¡cómo se atreven! ¿Cómo es que no han logrado nada?

Lo que requerimos con urgencia son más y mejores voces que defiendan de manera radical nuestros propios intereses de mediano y largo alcance. Necesitamos más y mejores líderes que no estén dispuestos a ceder ante la simple comodidad del beneficio de corto plazo. Necesitamos más ambientalistas, y que sean más radicales, estando dispuestos a seguir el modelo obstinado y determinado del Alcalde Wamura.

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