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Opinión

  • | 2018/07/11 01:09

    La estupidez insiste siempre

    Tal como están las cosas, será un cuatrienio difícil para Duque. La luna de miel con los electores puede ser muy corta si continúa la escalada de asesinatos de naturaleza política.

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El Tambo (Cauca), Viejo Topo, es dos veces más grande que el Quindío. Te lo digo yo que durante años estuve tirando pata y echando lata por esas comarcas. En tamaño es casi igual al departamento del Atlántico. Los Andes, con algunas elevaciones por encima de los tres mil metros sobre el nivel del mar, atraviesan su territorio, que asimismo cuenta con zonas selváticas enmarañadas y el desfiladero del río Micay que señala el límite con el municipio de Argelia, lugar en el que el pasado 3 de julio tiraron siete cadáveres en la vera del camino tal como si fueran bultos de yuca. ¿Quién mató a Palomino Molero?, preguntó Vargas Llosa en su relato. ¿Quién mató a Rosendo?, preguntó Rodolfo Walsh en su relato antes de que lo desaparecieran los golpistas. ¿Quién mató a los siete?, preguntan en Colombia.  

En un territorio enrevesado como el de El Tambo o Argelia no es fácil adelantar operaciones de infantería. Cualquier victoria se vuelve pírrica dada la complejidad de un terreno en el que un puñado de hombres armados puede sobrevivir por años haciendo de las suyas. Eso lo saben muy bien los militares colombianos que se les saben todas en materia de guerra irregular. Lo saben también los que mataron a los siete, los amigos de los siete y los lugareños que han vivido toda clase de guerras y están hartos de las fanfarronerías de los que gobiernan desde Bogotá. Allí, Viejo Topo, “gobierna” quien tenga los fierros. Los que no tienen solo les cabe obedecer a los que los tienen. Minorías armadas “gobiernan" a mayorías desarmadas.

Lo que ocurre en El Tambo y Argelia ocurre en muchos lugares de Colombia. A ese desmadre le puse nombre hace algún tiempo: “Violencia extendida en lo territorial e indefinida en lo temporal”. Iván Duque, presidente electo, quizá no tenga idea de la dimensión de este asunto. Sus antecesores enfrentaron, bien o mal, violencias homogéneas que tenían nombre y apellido: Farc, ELN, paras. Duque, en cambio, tendrá que enfrentar, además del ELN, a un largo etcétera de agrupaciones y bandas que poseen armas, territorio y algún tipo de apoyo político y social que les facilita su regeneración. El interfaz entre estos grupos y la población local está acotada por la ganancia proveniente de las actividades ilícitas. Para los lugareños es más rentable la economía ilegal que las promesas del Estado. Hasta el momento ningún gobierno le ha ganado en los territorios la batalla económica al narcocapitalismo.  

El asesinato de lideres sociales es la parte más visible, terrible y dolorosa del desmadre en los territorios. Los orígenes de este desmadre tiene que ver con el descarrilamiento del proceso de paz con las Farc. Los rieles por donde debía discurrir el tren de la paz fueron dinamitados por múltiples facciones y agentes estatales que obtuvieron réditos políticos tácticos sin calcular el daño estratégico que le han causado a la seguridad y la ciudadanía colombiana. Lo irónico de esta situación es que a partir del próximo 7 de agosto el gobierno presidido por Iván Duque tendrá que sortear los efectos de una violencia dispersa, caótica, atemporal y sin nombre, cuyo origen tiene que ver con el sabotaje y el desprecio a los acuerdos de paz que hicieron y siguen haciendo sus propios aliados. No sería extraño que el peor enemigo de Duque sean los miembros de su propia bancada que continuan prisioneros de su sectarismo.

Tal como están las cosas, será un cuatrienio difícil para Duque. La luna de miel con los electores puede ser muy corta si continua la escalada de asesinatos de naturaleza política. La pasada campaña electoral consiguió elevar el baremo de exigencia y reacción política en el seno de la sociedad colombiana. Los ojos del mundo están ahora más atentos. Estados Unidos y Naciones Unidas exigen respuestas “rápidas y efectivas” a los asesinatos de lideres sociales. La Corte Penal Internacional toma nota. Los plazos son muy cortos. Duque debe probar al país y al mundo que su propuesta de paz es más eficaz y duradera que la que hizo Santos con las Farc. La violencia extensiva e indefinida es el problema número uno de Colombia.  

“La estupidez insiste siempre”, pensaba el doctor Bernard Rieux -protagonista de La Peste de Camus- acerca de la conducta de los dirigentes y la gente de la ciudad de Oran que consideraba a la peste como algo irreal que de ninguna manera les afectaría. Una parte considerable de la clase política colombiana cree estúpidamente que la plaga de la violencia se puede conjurar con paños tibios y demagogia. Endurecimiento de penas, fumigaciones de cultivos ilícitos, extradiciones, militarización de las instituciones civiles, esquemas de seguridad para los lideres sociales, arrinconamiento de los exguerrilleros que han depuesto las armas, las bravuconadas en el Congreso, el desmonte de la JEP y la bulla de los medios, son más de lo mismo. Remedios inútiles.

Acabó el tiempo de la vanidad. El postureo sirve para alimentar a los seguidores en las redes sociales pero resulta ineficaz frente a la empedernida realidad colombiana. El goleador Emilio Butragueño, conocido como el “caballero blanco” por no haber recibido una sola tarjeta roja a lo largo de su carrera y conseguido dieciséis títulos con el Real Madrid, le recordó al próximo presidente de Colombia en el césped del Bernabéu que la cabeza era para pensar. Pienso, luego existo, dijo René.

*Escritor y analista político

En Twitter: @Yezid_Ar_D

Blog: En el puente: a las seis es la cita

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