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Opinión

  • | 1984/08/27 00:00

    BREVIARIO DE NOMBRES EXTRAVAGANTES

    Hay personas que no parecen bautizadas por un cura, sino por una computadora japonesa

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Antonio Panesso Robledo, en su estupenda columna de "El Espectador", ha cogido la costumbre de preguntarse, con una frecuencia que sus lectores deseariamos mayor qué diablos es lo que hay detrás de ciertos nombres. Y juega el señor Panesso, apelando a ese humor negro que la vida suele ponerle a sus propias bromas, con los nombres de algunos seres humanos que se mecen suavemente en esa cuerda floja que separa la lógica de lo absurdo.
Como ya empecé a divagar otra vez, voy a tratar de explicarme a ver si me entienden lo que quiero decir. Vayamos por partes y sea primero la lógica. Hay personas que no parecen bautizadas por un cura sino por una computadora japonesa de ésas que no se equivocan jamás. ¿Hay, por ventura, una precisión mayor que ponerle Sonia Braga a esa belleza brasileña? Jamás, en la historia universal de la patronímica, se había conocido semejante caso de sindéresis como el que se observa entre el nombre de esa muchacha encantadora y lo que guarda debajo del apellido. ¿O será mejor decir dentro del apellido? Total: es mejor dejarlo de ese tamaño, porque estamos hablando de curiosidades y no de malos pensamientos.
Pero también ocurre a la inversa y es aquí donde el surrealismo del destino mete su mano. Los colombianos conocemos ampliamente el caso de un brillante militar que se llama General Guerrero Paz. Sería mucho más fácil decirle General Contradicción y asunto arreglado. Aunque, para estar a tono con los vientos que corren en esta época, también podría llamársele General Amnistía y así su primer apellido quedarla mano a mano con el segundo.
Confieso que, entre otros vicios solitarios, cultivo el de coleccionar nombres curiosos, extraños, contradictorios, paradójicos, afines o contrapuestos al oficio de sus dueños. He hallado algunas joyas incomparables en pueblos y ciudades de Colombia a los que me lleva mi trabajo periodístico. Ahora vengo a descubrir que es una maldad egoista seguir guardando esas maravillas entre mis papeles viejos. Vamos, ustedes y yo, a compartir algunos de esos descubrimientos.
Hace ya muchisimos años, cuando los muchachos de mi generación empezamos a descubrir los alaridos de la carne y sentimos un cosquilleo que nos subía por las piernas y la espalda, fuimos presurosos a la cama de una mujer de San Bernardo del Viento que nos aplacó la alborotacion y nos enseñó todas las maromas que un hombre debe saber en esta vida. Fue eso, y no lo que aprendíamos en el colegio, lo que se convirtió en una verdadera "alegría de leer".
Pues bien: imaginense ustedes que ahora, cuando han pasado ya veinte años, vengo a caer en cuenta que aquella dama de flor en la cabeza, por cuya estera pasó una larga fila de pollos hambrientos, se llamaba María Inocencia Rodríguez. Y se debe llamar todavía, aunque ya no sé a qué menesteres se dedica. (Un día de éstos, si no se me olvida, les voy a contar la memorable historia del día en que llevaron a María Inocencia a presencia del alcalde del pueblo, por una pelea de cantina, y armó una tremolina de siete pisos porque en la hoja de la declaración el secretario le puso "mujer de vida alegre" en el renglón correspondiente a la ocupación. Ojalá que alguien me haga la caridad de recordármelo).
Bueno. Adelante con la cruz, que el muerto pesa. Cuando el General Omar Torrijos dio el golpe de estado en Panamá, y asumió el gobierno en nombre de la Guardia Nacional, uno de sus oficiales de confianza era el coronel Florencio Flórez. Lo encargaron de todas las actividades deportivas del país y los panameños, caribes al fin y al cabo, mamagallistas consumados, terminaron llamándolo "Coronel Jardín".
Pero, a pesar de que abundan los ejemplos y la antología es prácticamente inagotable, pocas veces he hallado en mis pesquisas algo peor que lo que le pasó a un pobre hombre de San Bernardo del Viento. Era un tipo estupendo. Había aprendido algunos rudimentos de leyes estudiando por su cuenta, para matar el tiempo en los largos e impiadosos inviernos del pueblo, y eso le valió que lo nombraran juez encargado en una escasez que hubo. La vida, que tiene la manía de hacerse graciosa en estos casos, lo había regalado con un nombre infame. El juez se llamaba Carmelo Conde-Naar.
Hubo una época, en la facultad de medicina de la Universidad de Cartagena, en que la secretaria se llamaba Josefina Olivetti. Aquel apellido parecía tener un evidente origen italiano. Ni más faltaba claro: la pobre mujer fue víctima de los estudiantes que la llamaban señorita Bolígrafo, señorita Borrador, señorita Papel Carbón, señorita Cinta Pegante o cualquier otra vaina que tuviera que ver con su trabajo.
--Renuncio-- me dijo un día, vencida por su fatalismo--. Renuncio para no coger a un pendejo de éstos y romperle la cabeza con la máquina --Romperle la cabeza con el apellido, querrá decir-- le repliqué yo, haciéndome el chistoso, y casi me la rompe a mi.
Al norte de Bogotá, en la ladera de esos cerros que son tan bellos a pesar de que los depredadores los han pelado, hay una enorme pancarta de hojalata que anuncia la construcción de una nueva urbanización. Según el letrero, que es una maravilla de reliquia, el ingeniero director de la obra se llama Antonio Aldea.
Y, para revelarlo de un sólo golpe se me ha ocurrido llenar la columna de esta semana con el asunto de los nombres porque acabo de recibir una carta que me envía un estudiante costeño residente en Bogotá. Se llama Jesús de la Rosa Flórez y asiste a la facultad de Veterinaria de la Universidad Nacional. Si quiere oírme un consejo, lo mejor que puede hacer con ese nombre, es pasarse para la escuela de Agronomía.
Claro que yo tampoco tengo mucha autoridad moral para hablar del tema. Con este apellido de motel que Dios me dio...--
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