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Opinión

  • | 2019/09/26 15:58

    Verdades y medias verdades en la política

    Miles de adolescentes argentinas han hecho lo mismo que Greta Thunberg: protestar insistentemente para decir que no es normal que el aborto no sea legal. Los adultos en Argentina tampoco escucharon. Ojalá los cambios no lleguen demasiado tarde.

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Esta semana, Greta Thunberg habló en el seno de la Organización de las Naciones Unidas sobre la urgencia de adoptar medidas para enfrentar el cambio climático. Con voz entrecortada acusó a los mandatarios presentes de seguir creyendo en los cuentos de hadas del crecimiento económico, mientras las personas se ven obligadas a abandonar sus hogares y mueren víctimas de fenómenos climáticos sin precedentes. 

Unos días antes cuando se le preguntó por cuál era la diferencia en el debate sobre cambio climático en Suecia y en los Estados Unidos, dijo sencillamente que la diferencia obvia era que en Estados Unidos se creía que el cambio climático era apenas una teoría, entre muchas, mientras que en Suecia se aceptaba la evidencia científica como verdadera. Esta evidencia científica indica que habrá cambios devastadores en menos de dos décadas si no se hace nada inmediatamente. Los expertos llevan diciendo esto por varias décadas. Los adolescentes viven esta verdad vertiginosamente: no es claro para ellos que lleguen a cumplir sus cincuenta años. 

¿Qué se esconde detrás de esta actitud pasiva de los adultos frente a lo que aterroriza a los más jóvenes? La misma Thunberg señala que estamos como en una modorra prefiriendo creer en cuentos de hadas que tomarnos en serio los retos de la amenaza que involucra el cambio climático. Sabemos que muchos adultos han preferido seguir ganando dinero, hoy, que asumir los costos de los errores y disminuir esos costos a futuro. 

El más reciente caso es el de las demandas contra las farmacéuticas que producían y vendían opiáceos en Estados Unidos. En medio de la fuerte crisis que vive este país por cuenta de las adicciones a estas sustancias, se ha encontrado que existía evidencia irrefutable del carácter adictivo de las drogas que estaban vendiendo y siguieron haciéndolo. Está la evidencia y está el cuento de hadas del lucro. El problema es que el lucro es muy real y en muchos casos efectivamente le permite, a quien logra aprovecharse de él, protegerse frente a la misma contingencia que ha creado. Las farmacéuticas han pagado grandes indemnizaciones, pero estas no se comparan con el tamaño del daño y no afectan tampoco el bienestar de las familias dueñas de las empresas más grandes. 

Algo similar ocurre con el cambio climático: no todas las personas van a verse igualmente afectadas. La geografía es una de las variables más importantes: quienes viven en las zonas templadas del planeta van a verse más afectados que quienes están en los trópicos, los que viven en islas y playas más que lo que están en las montañas y quienes han asegurado su supervivencia alimentaria van a estar mejor que quienes son dependientes de otros para nutrirse. 

Por otro lado, los desequilibrios económicos y tecnológicos van a ser cruciales, así como la fortaleza de las instituciones políticas. Lo cierto es que en sociedades de bajo riesgo, con grandes desigualdades y con sistemas políticos capturados, por los peones de los grandes capitales, el lucro seguirá imponiéndose por sobre la posibilidad de reducir el impacto de los cambios que en todo caso van a darse. No es que quienes sostienen esta posición estén diciendo mentiras, tampoco. Están mirando la verdad tal y como les conviene: a ellos nos les va a pasar nada, luego no es verdad que vaya a haber cambio climático. 

Y entonces pienso exactamente en la manera en la que discutimos sobre el aborto en Colombia. Existe un acuerdo generalizado entre los expertos sobre la urgencia de sacar este delito del Código Penal para poder trabajar en los riesgos de salud pública involucrados en esta práctica. Tenemos evidencia de los daños que se le causa a las mujeres y a la sociedad considerar la interrupción del embarazo un delito. Tenemos esta evidencia hace más de cuarenta años. Ahora tenemos además los medios para lograr este resultado con costos y riesgos mínimos. 

Y sin embargo, personas que tienen pocos riesgos reproductivos minimizan esta evidencia para que sigamos actuando como si no estuviera ahí. Personas que no se embarazan, o bien porque carecen de útero -los hombres- o bien porque ya han culminado su ciclo reproductivo, consideran que esta evidencia es una molestia o en todo caso no indica nada urgente. No es claro por qué no se inmutan por la catástrofe que ocurre alrededor suyo. Insisten en no asumir el lucro que obtienen: la capacidad de controlar la reproducción al controlar los cuerpos de quienes sí pueden reproducirse. 

A propósito de que esta semana también celebramos el día mundial por el aborto legal y seguro, creo que es pertinente poner este argumento sobre la mesa: ¿por qué cuando se trata de las mujeres la evidencia que tenemos sobre la urgencia del cambio no cuenta? Esperar no ha resultado una buena estrategia para las mujeres, como tampoco lo ha sido para quienes habitan países que pueden estar enfrentando su desaparición. Miles de adolescentes argentinas han hecho lo mismo que Greta Thunberg: protestar insistentemente para decir que no es normal que el aborto no sea legal. Los adultos en Argentina tampoco escucharon. Ojalá los cambios no lleguen demasiado tarde.

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