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Opinión

  • | 2019/02/06 17:46

    Ni original ni riguroso ni, mucho menos, sistemático

    El ensayo no busca mantener la balanza en equilibrio, no busca sopesar las ideas porque aquí el término sopesar adquiere las características de la confrontación.

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El error está ahí: intentar definir el ensayo como un género cuya fundamentación es la “originalidad” y “rigurosidad” como elementos esenciales para abordarlo o, en el menor de los casos, encarrilar un tema. La semana pasada, una estudiante de la Universidad del Atlántico me preguntó cómo debía ser su escritura. Es decir, si debía tener las características del artículo científico o el rigor de la monografía, pues una profesora le había pedido como trabajo final de semestre la elaboración de uno cuya estructura (sistemática) era el principio de la tesis de grado.

Les respondí que un ensayo no requería de la “rigurosidad” de la monografía ni la “originalidad” que presupone una tesis doctoral ni era, mucho menos, sistemático. La razón: este es un texto o, si se quiere, un género, sin límites establecidos, ya que no hay en él la intención de ser un artículo científico ni busca la verdad a la que aspira toda ciencia. Su flexibilidad es, en el fondo, como un terreno de arenas movedizas, pues permite abordar todas las ideas, todos los temas, todas las reflexiones sobre el mundo, tanto la alegría como la tragedia a la que es susceptible el alma humana.

Las dos órdenes del significado que buscan definir las categorías textuales son absorbidas por el ensayo para elaborar un producto que no es ni científico ni artístico porque es ambas cosas a la vez. En este sentido, es un texto híbrido, una especie de centauro, como lo definió el maestro mexicano Alfonso Reyes, cuyas posibilidades en el mundo de las ideas son infinitas. Es argumento y arte a la vez porque las formas de su lenguaje oscilan entre la creación artística y las razones que llevan a una conclusión, aunque este no busca, en realidad, concluir nada. El ensayo incorpora todas las formas posibles del lenguaje porque sus límites son extensos y sus fronteras no son pétreas. Lo anterior permite asegurar que es una especie de género rebelde porque no se encauza en esos lineamientos concretos que definen otras categorías textuales, propias de la academia o la ciencia. Por lo tanto, el concepto de “sistematicidad” lingüística le resbala. Es decir, no le interesa la neutralidad del lenguaje como seguramente le interesa al tratado científico, ya que su capacidad de contorsión le permite ser él y otros a la vez. En otras palabras, el ensayo es quizá el género más acertado para la divagación y la crítica, para la reflexión de los temas del mundo por la plasticidad de su lenguaje y por aquello de la manera sobre la materia, como lo expresó el gran Truman Capote. Estas características (de las cuales carecen algunos otros géneros) le permite abordar temas puramente científicos desde una perspectiva artística, sin sumergirse en las aguas en las que se sumergen las tesis de grado y las monografías.

Es quizá el género capaz de sondear los temas más complejos de la ciencia con la profundidad y claridad que le permite el arte. Uno de los ejemplos más claros de lo anterior es el ensayo que lleva por título Sin Dios, escrito por el neoyorquino y premio nobel de física (1979) Steven Weinberg, en el que aborda un tema tan primigenio como resbaladizo y complejo como es la existencia de un ser supremo. Weinberg, como hombre de ciencia, formula su pregunta desde la concepción y los principios del científico (¿“Qué pasaría si se admitiera unánimemente la inexistencia de Dios?”), pero su respuesta no es para nada científica, pues aunque toca las bases sociológicas y, en especial, los elementos culturales sobre los que gravitan todas las sociedades, concluye que la tensión que siempre se ha atribuido entre ciencia y religión no es ninguna porque a lo largo de la historia de la Humanidad los grandes científicos (y aquí mencionada a Charles Townes y Francis Collins) han sido hombres sumamente creyentes en la existencia de Dios, pero que no puede negarse que los pueblos con un mayor alcance científico y de desarrollo son aquellos donde las creencias religiosas ocupan un lugar menos preponderante.

El ensayo, en este sentido, no busca mantener la balanza en equilibrio, no busca sopesar las ideas porque aquí el término sopesar adquiere las características de la confrontación. Weinberg lo tenía claro cuando escribió el texto en mención, pues, contrario a lo que se nos ha recalcado en muchas ocasiones, las opiniones no son para respetarlas sino para debatirlas. Y las herramientas que lo permiten son los argumentos. Es decir, las bases que fundamentan, entre otras, la razón del ensayo.

APUNTES: Para un mayor acercamiento al tema es recomendable leer Pregúntale al ensayista (2007), un libro del profesor Fernando Vásquez Rodríguez y los apuntes del maestro mexicano Alfonso Reyes sobre el tema. Los textos de Borges que lo referencian son exquisitos y nos abren un amplio horizonte sobre la experiencia del vate en su manejo. Nos olvidemos que el maestro argentino fue el primero en verter los elementos del cuento al ensayo, dando como resultado un tipo de texto que, como era de esperarse, no es ni una cosa ni la otra.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

(*) Magíster en comunicación.

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