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Opinión

  • | 2018/01/26 10:10

    Por qué votar

    Preservar lo bueno que nuestra democracia nos otorga, pero convencidos de la necesidad de mejoras sustanciales, es una buena razón para votar. Este año abundan opciones interesantes de todas las ideologías.

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Para quienes se encuentran sumidos en la miseria, ejercer la ciudadanía a la que todos tenemos derecho es un lujo inconcebible; la urgencia, en tal caso, no es ni siquiera vivir: se trata apenas de sobrevivir; de acceder a alimentos dentro de las muy pocas horas próximas, saciar la sed y satisfacer la urgencia de dormir. No les podemos pedir que voten.

Pretenderlo es también superfluo frente aquellos -cada vez menos-  que aspiran a derrocar el sistema político. En vez de votar preferirán hacer volar por los aires las ánforas electorales, postura que ya no es la de las Farc, las cuales han decidido cambiar las balas por los votos, logro indudable del actual Gobierno. Tampoco es factible promover el voto de los enfermos y de los que viven en sitios remotos.

Además, hay que tener en cuenta que mientras en otros países votar es obligatorio (posición que no comparto), en Colombia es voluntario; y que la inscripción previa de los votantes, la demora en la implementación del voto electrónico, y la falta de apoyo estatal en el transporte el día de elecciones, son factores que, entre otros, alejan a los ciudadanos de las urnas. Una última consideración: en ocasiones estos se marginan, no como expresión de rechazo al sistema sino, al revés, por cierta conformidad indolente.

A pesar de todas estas salvedades, el hecho cierto es que el grado de participación de los ciudadanos activos como proporción del total de habilitados para votar es inferior en Colombia que en otros países de la región. Malo para la democracia: de ordinario somos la minoría quienes acudimos a las urnas para tomar decisiones que a todos nos afectan. La participación ciudadana en los comicios es a la democracia como la flor al colibrí. Sin ella se erosiona el dique de contención que impide que líderes autoritarios, de izquierda o de derecha, se alcen con el poder para imponernos las recetas que creen, por sí y ante sí, redentoras.

La frustración no tarda en materializarse. Los pobres no salen de la pobreza, los sectores medios se empobrecen y las libertades de pensamiento, movimiento y asociación, con fines políticos o de cualquier otro orden, se esfuman. Venezuela y Cuba son casos paradigmáticos.

Votar en las elecciones parlamentarias y presidenciales que se realizarán este año no puede ser expresión de conformismo. Como adolece nuestra Nación de numerosas fallas que es preciso corregir, votar tiene sentido para propiciar cambios indispensables. La corrupción es una mácula que deteriora los procesos contractuales, no solo en las entidades territoriales, sino también, como el caso de Odebrecht lo ha puesto de presente, en el nivel nacional. Nunca hubiéramos creído que la comercialización de sentencias judiciales fuera una dolencia que tuviera un mercado tan amplio.

Con desazón observamos que procesos electorales recientes han estado contaminados por el uso abusivo de fondos públicos. Y resulta una gran frustración que el Congreso haya fracasado a fines del año en reformar las instituciones electorales para darles, por razones de transparencia elemental, fortaleza e independencia frente a los partidos y el Gobierno. Entendido que la responsabilidad penal es estrictamente personal, y que la presunción de inocencia debe respetarse, sorprende ver en las listas para Congreso los parientes de quienes en la actualidad responden ante la Justicia por graves delitos contra el patrimonio público. Cambiamos de actores pero la farsa es la misma.

También hay que votar para proteger lo bueno que tenemos asumiendo que nuestra democracia no es perfecta; no lo es en parte alguna. La expectativa de vida al nacer, que al comenzar el siglo XX no llegaba a los 40 años, hoy supera los 73. Detrás de este dato simple se encuentran los notables avances en la salud pública. La cobertura, que en 1993 era inferior al 50% de la población, hoy es, en la práctica, universal; ningún país del mundo ha progresado tanto en tan corto tiempo. La solución no consiste, pues, en arrasar con lo que tenemos para arrancar de nuevo; se trata de realizar ajustes para fortalecer la calidad, mejorar la atención y sanear los problemas financieros de que el sistema adolece. Todos los candidatos nos ofrecen alternativas para afrontar este problema. Alguna tendría que gustarnos.

Cierto es que la pobreza golpea al 28% de la población, pero lo es menos que en 2002 cuando ese flagelo gravitaba sobre el 49.7%. De nuevo, un logro importante.

Sabido es que la distribución del ingreso es pésima a pesar de algunos progresos marginales, aunque debe advertirse que ese es un problema generalizado en todas las latitudes. La solución simplista, consistente en quitarles a los ricos para repartir lo que era suyo entre los pobres, no funciona; aniquila el ánimo de inversión sin el cual el crecimiento no es factible. Repartir dinero a manos llenas lo envilece como sucede en la “Hermana República”. Las estrategias redistributivas sostenibles implican reducir la informalidad, hacer progresivo el gasto público, lograr que la educación sea un factor de nivelación de los colombianos, no la fosa que los segmenta desde niños. Un último motivo para votar: la defensa de las libertades que la Constitución nos garantiza para movernos por donde nos parezca, decir lo que nos venga en gana, protestar contra lo que creemos injusto.

Hay mucho por hacer, aunque los progresos son innegables. Un reformismo inteligente y pertinaz es mejor que el furor destructivo de las revoluciones. Así algunos se asombren, debo decir que este defectuoso país es el mejor que jamás hayamos tenido. Nuestro voto debe servir para que continúe progresando. Este es, creo, el mensaje de la campaña que la Procuraduría lanzará en los próximos días.


Briznas poéticas. En el año 138, a las puertas de la muerte escribe el Emperador Adriano: “Pequeña alma, blanda, errante/ Huésped y amiga del cuerpo/ ¿Dónde morarás ahora/ Pálida, rígida, desnuda/ Incapaz de jugar como antes...?”

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