No recuerdo una época de mi vida en la que no me hayan vendido la idea del amor, especialmente el romántico, como una vivencia épica, una historia iniciática con clímax, banda sonora, tiempos de gestas casi inmaculadas, crisis, suspiros, lágrimas y una resolución que, si todo salía bien, incluía promesas eternas, príncipes, princesas, y, sobre todo, domingos felices.
Crecimos con esa narrativa, la absorbimos con intensidad en la adolescencia, cuando el amor parecía una mezcla de filme romántico, balada glam y juramento sazonado con tequila. Aprendimos a desear desde lo que vimos, a veces, la familia, otras tantas el cine, la televisión, las conversaciones ajenas y, sin darnos cuenta, comenzamos a engendrar y a construir una idea del amor que no siempre —por ser generosa y no decir que nunca— termina por coincidir con lo que realmente nos hace bien.
Con el tiempo y después de suficientes experiencias, uno empieza a descubrir algo más silencioso, menos cinematográfico y mucho más honesto, algo llamado comfort love. No sé si aparece en algún manual o si solamente el nombre me llegó del cielo pensando en la comfort food, sin embargo, le pregunte a Google y la definición no está lejos de lo que para mí significa el término; a ver, que ya todo está inventado bajo el sol, así que el comfort love o ese momento de amor reconfortante en pareja existe en la vida real y no solo como una idea, no solo como un concepto, doy fe. El comfort love es ese lugar emocional donde el amor no aprieta, no exige performance, no obliga a demostrar nada. Es el espacio donde el vínculo se siente cómodo, amable, respirable y se traduce en momentos de un significado peculiar para cada integrante de la relación, que definitivamente colorean el trasfondo de la historia que se pinta a cuatro manos.
Si nos paramos de frente a la realidad, el comfort love no tiene nada de extraordinario, no es la vida instagrameable que da likes. Es algo tan tranquilo como una tarde de serie compartida sin hablar demasiado, ¡qué dicha! Es salir a comer sin necesidad de impresionar. Es la conversación cercana, tranquila, donde no hay que estar en guardia, ni editándose. Es despertar una mañana de domingo viéndose como se ven los seres humanos las mañanas de domingo, no nos digamos mentiras. Es ese momento en el que uno siente que puede estar, simplemente estar, sin miedo a ser malinterpretado o corregido.
Cada persona tiene su propio comfort love. Para algunos, es viajar juntos; para otros, cocinar, oír música, caminar, reírse de las mismas tonterías o compartir silencios. El problema es que, como suele sucedernos, tendemos a generalizar, a creer que eso que nos hace sentir bien debería funcionar igual para el otro, y bueno, si eso no se hace visible, si a eso no se le pone sensatez y algo más que corazón, es ahí donde comienzan las pequeñas fracturas, esas que terminan por crecer y romper cualquier lazo; porque, que nos quede claro de una vez, el comfort love no es universal. Es profundamente personal. A una relación llegamos cargados de aprendizajes emocionales que no siempre revisamos, de patrones heredados, de referentes sociales, de relaciones pasadas que dejaron huella y solemos confundir toda esa información con lo que realmente nos hace felices, nos aferramos, casi con dependencia, a una idea del amor que responde más a lo aprendido o a lo vivido; generalmente a una narrativa que ya no nos representa, que a lo que verdaderamente queremos descubrir, experimentar, gozar y construir.
En la mediana edad ocurre algo interesante. Ya no estamos tan dispuestos a forzar el molde. Empezamos a entender que hay nuevas formas de encontrarse con el otro desde esos cimientos que se ajustaron tras haberse rencontrado consigo mismo. Descubrimos, entonces, que el otro, incluso aun cuando se ‘parezca’ a mí, sigue siendo otro y que ahí está el verdadero reto del amor maduro: aceptar la diferencia sin intentar cambiarla.
Cada persona que llega a nuestra vida trae su propia maravilla. Su manera de amar, de vincularse, de sentir seguridad y, la mayoría de las veces, esa maravilla no coincide con la nuestra. No encaja exactamente, perfectamente, con nuestro comfort love. Pero, ¿y qué es perfecto? Esto, lejos de ser un problema, puede ser una oportunidad, claro, siempre y cuando no carguemos al otro con la expectativa de cumplir una historia que no es suya y que de una buena vez dejemos de permitir que el otro intente convertirnos en un anhelo ajeno. Soltar expectativas es uno de los actos más amorosos con uno mismo, y más difíciles que existen. Es aceptar que lo que hay es lo que hay. Que no estamos aquí para rehacer a nadie ni para ser rehechos. Cuando uno suelta esa narrativa, algo se libera. Aparece la posibilidad real de descubrir al otro en su singularidad y en ese proceso, uno también se descubre a sí mismo. Ahora, y aquí está el truco. Para que eso ocurra, hay algo que se debe hacer de manera imperativa y que no nos enseñaron: hay que hablar con claridad sobre lo que sentimos. Nos volvimos adultos sin aprender a decir lo que nos pasa, sin culpa, sin ataque, sin drama, sin rabia, sin miedo; con naturalidad, con dulzura, con amor. Nos cuesta nombrar deseos, límites, incomodidades. Preferimos suponer, esperar y resentir en silencio, ¡ja! Y luego, nos sorprendemos cuando la conexión se desgasta.
En la madurez del amor, hablar claro no es una opción elegante, es una necesidad vital.
Decir qué me da paz y qué no, qué estoy dispuesto a negociar y qué no, porque no todo desacuerdo es un fracaso.
Entender ese comfort love de quien nos acompaña como pareja, implica reconocer que no todo lo que no me da paz está mal. Que hay experiencias que no me tranquilizan, pero que pueden enriquecerme. Que puedo elegir hasta dónde entro, hasta dónde acompaño; cuál es mi límite. El amor no viene a cumplir expectativas, siempre llega para enseñarnos algo.
Vivimos en una época en la que el amor es desechable, actualizable, reemplazable, donde cualquier incomodidad se confunde con falta de química y cualquier diferencia se interpreta como incompatibilidad absoluta. El amor líquido nos entrenó para huir prontico, para no profundizar, para ser panditos, para no quedarnos cuando el otro no encaja completamente en nuestro ‘ideal’ de amor. El verdadero desafío del amor actual no es encontrar a alguien, sino decidir quedarse un rato más, especialmente, cuando las expectativas invitan a irse, entendiendo que la comodidad emocional no siempre es excitante, pero sí profundamente nutritiva. El comfort love incómoda, porque exige presencia y nos obliga a soltar la fantasía mediática de que siempre hay algo mejor a un clic de distancia, porque nos enfrenta al hecho de que el amor cuando se vuelve real deja de ser un producto y empieza a ser un vínculo y un vínculo, además de trabajo, requiere escucha, paciencia y comprensión hacia ambas partes.
En un mundo que nos llama a no apegarnos a nada, apostar por un amor construido desde los pequeños espacios de intimidad, que surgen de lo más pequeño e incluso opuesto del encuentro entre dos almas, es un acto de resistencia. No porque sea popular, sino porque es consciente; porque no promete eternidades, pero sí honestidad; porque no garantiza finales felices, pero sí ofrece algo mucho más escaso: un lugar donde uno puede quedarse sin desaparecer y eso, sobre todo hoy, es profundamente revolucionario.
Pdta.: Gracias 2025…










