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Opinión

  • | 2019/02/18 20:06

    El apocalipsis ambiental y político

    La semana que terminó nos dejó a los colombianos una sensación parecida a cuando se lee por primera vez el Apocalipsis de San Juan, libro de la biblia que a muchos nos causa un miedo inconcebible.

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Bogotá fue declarada en alerta amarilla y varios de sus barrios, en alerta naranja por la contaminación que nosotros mismos ocasionamos, fenómeno por el cual veíamos en televisión una ciudad oscura, gente corriendo con caretas y tapabocas que según expertos no sirven para nada, ambulancias de un lado para otro, neumólogos contándonos que desde hace mucho tiempo nos estamos envenenando, expertos en modelos de carros indicándonos los años de vejez de las tractomulas, volquetas y toda clase de fumarolas andantes sin control, etc.

Para tranquilidad ante ese escenario apocalíptico y sin ser egoísta con quienes viven de un vehículo los fines de semana, en nuestro concepto la medida es muy favorable al ambiente sano y a la movilidad sin infartos.

En el mismo tema ambiental pudimos advertir que una vez evacuado el río Cauca por los errores de Hidroituango, cuyos autores deberán ser castigados en lo disciplinario, en lo penal y en lo fiscal por los órganos de control, jamás se podrá recuperar su caudal normal y su impacto negativo al ecosistema que ya está causado. Procuraduria, Contraloría y Fiscalía la tienen fácil porque ya están identificados los responsables de tamaño desastre y ya está demostrado el daño y el nexo causal con la negligencia de sus autores en la planeación técnica y el desarrollo del proyecto.

Las tinieblas de la incertidumbre jurídica reinó también ante la desproporcionada multa impuesta a un ciudadano por la Policia Nacional por comprar una empanada en una venta ambulante. Quienes viven y sostienen sus hogares con ventas populares y quienes almuerzan con una empanada, una arepa o algo parecido, ya no podrán hacerlo. Las clínicas se llenarán de desnutridos a quienes las EPS les cerrarán sus puertas, porque si no atienden a sus afiliados muchos menos a los que no pertenecen al sistema, entre ellos, a los venezolanos.

En lo político, nosotros los defensores del acuerdo de paz, presagiamos que los cielos se cerrarán y la oscuridad reinará en la Justicia transicional que sin JEP tendrá que desmontarse, solo por cuenta de unos cuantos que anhelan la guerra y empujan al presidente a una guerra con Venezuela que ya nos lleva años luz en una carrera armamentista fraguada desde hace rato por Cuba, Rusia, China e Irán en el país vecino.

En los partidos políticos también el panorama es apocalíptico, porque se avienen divisiones en algunos aspectos frente a manejos del gobierno nacional como el nombramiento de una ministra de Minas a quien José Obdulio Gaviria cataloga de santista y hasta el propio Uribe está molesto por la falta de salsa para la mermelada. En un partido que cumple como a un rector de disciplina se volvió quejoso ante la ausencia de soluciones a problemáticas neurálgicas que requiere el país.

Abrimos el libro sagrado y de inmediato lo cerramos cuando leímos del Apocalipsis esto: “De modo que hacia abajo fue arrojado el gran dragón, la serpiente original, el que es llamado Diablo y Satanás, que está extraviando a toda la tierra habitada; fue arrojado abajo a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados abajo con él.”

Por el temor que nos causa esta terrible profecía, mejor guardamos la esperanza en este Salmo: “Mirad cuan bueno y delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía.”

(*) Abogado Constitucionalista.

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