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Opinión

  • | 2019/01/30 00:20

    Venezuela: Una bomba de relojería

    Es probable que el lío venezolano se resuelva de común acuerdo entre los poderes reales: Estados Unidos, China, Rusia, Alto Mando Militar venezolano y poco más. Colombia no pinta nada en esa probable escena. Es más, puede ser víctima, de sus perrunos cálculos diplomáticos.

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Colombia y Venezuela. Dos gajos de una misma naranja. Oficiales y soldados republicanos nacidos en Venezuela y Nueva Granada (Colombia) lucharon juntos. Se jugaron la piel para batir al colonialismo español. 2219 kilómetros de frontera común. Cientos de miles de colombianos hicieron vida en Venezuela. Empresarios colombianos hicieron negocios con Caracas. A los indios guajiros les importa un rábano la frontera. Los narcos y contrabandistas de ambos lados siguen en lo suyo. Miles de venezolanos llegan a Colombia para buscarse la vida. La vida, bien o mal, fluye entre los dos pueblos a pesar de los gobernantes.

Colombia le gana a Venezuela por goleada en la cifra de asesinatos políticos. En Venezuela los periodistas opositores se exilian. En Colombia los matan. En represión policial se dan la mano. Las manifestaciones en Colombia y Venezuela se disuelven a gases, garrote y bala. La corrupción es por igual. La incompetencia es por igual. Los narcos colombianos producen y los venezolanos mueven. Los narcos sobornan a políticos, policías y jueces de Colombia y Venezuela. No miran color político. Los que manejan las redes de putas y putos les vale un centavo la nacionalidad. Los rateros de navaja y revolver no tienen patria. Miles de desheredados padecen en los cerros de Caracas y Bogotá, mientras que los oligarcas de los dos países toman el sol en Miami.

En Venezuela la gente de Guaidó reparte copias a los militares de una eventual ley de amnistía para los que apoyan la “dictadura” de Maduro”. Los militares reciben las copias. Unos las leen, otros las echan a la basura. No ocurre más nada. El mundo ve las imágenes. El concepto de “dictadura” se devalúa. En las dictaduras de Pinochet y Videla a los opositores los subían drogados a los helicópteros y los lanzaban al mar. Los militares se quedaban con los hijos e hijas de las desaparecidas. Los gobiernos de Colombia nunca se quejaron por estas atrocidades. Los militares brasileños, uruguayos y bolivianos torturaban y desaparecían a los opositores. En las dictaduras de Suramérica mataban por sólo repartir una octavilla. Eran sanguinarios. Colombia no rompió con los dictadores. Los apoyó e hizo negocios con ellos.

Colombia, en política exterior, ha sido un país lacayo. Sin personalidad. Durante la Guerra de las Malvinas, Colombia junto con Pinochet, Trinidad y Tobago y los Estados Unidos apoyaron a Gran Bretaña. Nadie más en el continente. El Caín de Suramérica. Un peón de Washington. Un topo, Viejo Topo, que socava la integración latinoamericana. Un peón de brega en un tablero geopolítico -Venezuela- en el que las fichas son movidas por poderes fácticos de naturaleza externa e interna. Por su historial lacayo, la diplomacia colombiana carece de prestigio ante la comunidad internacional. A los Estados Unidos, China y Rusia el mundo los toma en serio por su poder real económico y militar. A Cuba, Brasil y México el mundo los toma en serio por el profesionalismo de su diplomacia. A Colombia no la toman en serio porque no es ni lo uno ni lo otro.

Las cosas en Venezuela no andan bien. El país es una bomba de relojería. Un estallido puede traer consecuencias para toda la región. Consecuencias mortales. Sangrientas. Podría morir muchísima gente. Visto lo de Irak, Afganistan, Libia o Siria, lo mejor que le puede pasar a la gente de Suramérica es una resolución de la crisis venezolana mediante acuerdos. Salir de la encrucijada sin disparos. El dialogo y la diplomacia son las vías razonables.

Luego de 18 años de guerra Estados Unidos está a punto de llegar a un acuerdo con los talibanes en Afganistán. Los americanos necesitan a los talibanes para contener el terrorismo de ISIS y Al Qaeda. En mi país mueren cada día 28 militares, explicó en el Foro Económico de Davos el desconsolado presidente de Afganistán, Ashraf Ghani. En el mismo Foro de Davos el crédulo presidente de Colombia, Iván Duque, lanzó un ultimátum contra Maduro por violar los Derechos Humanos en Venezuela. El ultimátum lo lanzó junto a Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil que defiende la tortura como un buen método para arrancar información. Los dos presidentes lucen pálidos. Quizá por el hielo de Davos o porque no han dormido bien.

Venezuela es, ahora mismo, teatro principalísimo de un pulso geopolítico. Es probable que el lío venezolano se resuelva de común acuerdo entre los poderes reales: Estados Unidos, China, Rusia, Alto Mando Militar venezolano y poco más. Colombia no pinta nada en esa probable escena. Es más, puede ser víctima, de sus perrunos cálculos diplomáticos. El gobierno de Duque merece un jalón de orejas. Colombia ha perdido la oportunidad de volverse un mediador creíble en la región. Pasar de lacaya a dueña de sí misma. Volverse una nación que no sólo propicia la paz en su propio territorio sino en la región. Ganar en decoro y protagonismo humanitario.

Latinoamérica está viviendo un déficit democrático. La democracia se devalúa. Presidentes que se eternizan en el poder mediante artimañas legales o son depuestos por twitter. Militares golpistas y torturadores se mimetizan para volver al poder. Jueces que consuman golpes de Estado. Mafias que desvalijan las arcas públicas. Corruptos  que hicieron de las instituciones su patrimonio. Empresarios codiciosos que expolian los recursos naturales, degradan al ser humano y provocan catástrofes con cientos de muertos. Los pirómanos se han adueñado de la política exterior colombiana. ¿Dónde están los estadistas? ¿Dónde están los demócratas? ¿Librando batallitas en twitter mientras el fuego se acerca? ¿Dónde, Viejo  Topo, dónde están?

¡Movilización política y social contra la guerra!

En Twitter: @Yezid_Ar_D

Blog: En el puente: a las seis es la cita

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