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Opinión

  • | 1982/11/22 00:00

    ¿CUAL NACIONALISMO?

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Fernando Sanz Manrique fue durante 7 años presidente de FEDEMETAL y es actualmente Senador de la República por Cundinamarca en representacion del Nuevo Liberalismo.
Fue delegado de Colombia a numerosas negociaciones internacionales en Europa y América Latina y miembro de la Comisión Económica y Social del Grupo Andino. Ha sido decano de la Facultad de Comercio Internacional de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y Catedrático de Historia de la Economía Internacional y de Política Económica.
La entidad formal denominada Colombia tiene, como una de sus principales características, la carencia de orgullo nacional y por ende la ausencia de apoyo a sus productos y valores. La crítica permanente de lo nuestro es el deporte nacional. Destacar nuestros defectos constituye motivo de solaz masoquista,y la incredulidad sobre nuestras posibilidades, hábito perverso de repetición diaria. Adquirir lo importado constituye síntoma de inteligencia, mientras poseer lo nacional es objeto de lástima. La música extranjera constituye elemento de prestigio para quien la escucha. La música nacional apenas despierta un gesto de conmiseración y molestia en quien quiere distinguirse de las masas populares.
Viajar a la Florida es apenas natural. El crucero por las Islas Griegas y unos rudimentos de helenismo constituyen firmes escalones para el ascenso social. Pero si alguien le pregunta a estos viajeros cuántos de ellos han visitado San Agustín o Tierradentro, la abrumadora mayoría contestaría que no, con una sonrisa compungida y atónita. Nunca se les había ocurrido que pudiera existir tal posibilidad. Simplemente no se usa ni se entiende para qué serviria.
¡Qué trabajo tan grande el haber podido dar posición social en algunos escasos restaurantes al ajiaco, al puchero y alguna vez al viudo de pescado! Mucho más difícil ha sido con el cuchuco de trigo y espinazo, o con el sancocho costeño o el valluno. Conseguir fríjoles con arepa en el Club Manizales es virtualmente imposible. Pero en cambio presentan impecable cocina francesa.
Pero se supone que ésta es una columna económica. Por lo tanto, pasemos a considerar que, con los antecedentes anteriores, no sorprende que los productos nacionales se marginen por decisión misma de los consumidores, fieles imitadores de nuestra extranjerizante "élite". Una tasa de cambio sobrevaluada ha ayudado a desplazar, con el eficaz concurso de dos administraciones del Estado, a los textiles nacionales del vestuario de los colombianos. A las compotas criollas de los desayunos, en beneficio de preparaciones californianas. Al té de Sasaima porté "inglés", sin entender nosotros por qué se consideran inglesas todavía las plantaciones de té de Sri Lanka o de la India.
Ni qué hablar de los productos más complejos, equipos industriales o elementos de transporte. En esa forma, transcurrió feliz y despreocupada la época de la bonanza. Tal vez más de treinta mil millones de dólares desfilaron dulcemente por nuestros puertos bajos la forma de mercancías importadas. Sin dejar mayor cosa en el país. Ni para los obreros colombianos, ni en el montaje de fábricas, ni en el crecimiento del aparato productivo en general.
Hasta las obras públicas se le encomendaron a los ingenieros extranjeros. Hoy, todavía quedan contratos en manos de extranjeros por valores cercanos a los cien mil millones de pesos para más de quince empresas foráneas. Como si los miles de ingenieros colombianos se encontrasen trabajando en Australia o Terranova o si su formación correspondiese a patrones internacionales de segunda categoría.
Y hemos llegado al término de la bonanza. Las reservas internacionales se reducen velozmente. Más de ochocientos millones de dólares en lo que va corrido del año. Las perspectivas del carbón se entristecen y demoran con la depresión de los precios del petróleo. El golpeado empresario exportador, no atina a reorganizar sus mercados internacionales con un peso tan sobrevaluado y tamaña recesión internacional. La industria manufacturera se estancó en los niveles de diez años atrás.No se hizo la industria siderúrgica cuando hubo con qué hacerla. Las compras del Estado también se fueron a los proveedores extranjeros,porque es el menos nacionalista de los consumidores colombianos.Y aun más.
El que se supone que debe ser el "sancta sanctorum" del Nacionalismo, con mayúscula: las Fuerzas Armadas de Colombia orientan su programa de adquisición de elementos y modernización de equipos hacia los productores extranieros sin detenerse a considerar las posibilidades nacionales. La inversión militar,puede ser un importante estimulante de la industria nacional.
Pero no se considera que el Perú por ejemplo, fabrica sus barcos, hasta fragatas,en astilleros nacionales.En cambio, nosotros orientamos masivamente esa inversión hacia Brasil o Alemania. Ni nos molestamos en explorar las posibilidades nacionales. Han entendido ustedes alguna vez ¿por qué los ministros o los generales no pueden desplazarse sino en Mercedes Benz? ¿Nunca en Reanult o Dodge (en sus épocas) nacionales?
La actual administración ha hecho algunos esfuerzos hacia la corrección de estas prácticas. La reciente decisión del Consejo de Comercio Exterior, en importación de automóviles, por ejemplo. Pero mientras no se modifique la política cambiaria para buscar niveles más realistas,la mayoría de los sectores de la producción seguirá enfrentando un contrabando innoble y dañino, que ofrece productos cuyo consumo se ha arraigado en los hábitos del colombiano.
Mientras tanto ha pasado la bonanza. Y a los consumidores de la entidad Colombia, les queda un gusto amargo de la fiesta que ya terminó. El presupuesto desequilibrado,nada en inversión para el futuro, un malestar general. Es decir, un guayabo negro.
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