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Opinión

  • | 2019/12/02 15:00

    ¿De cuál poder me hablas, viejo?

    La palabra Poder está ligada a ‘ser capaz’. Cuando se habla de los altos cargos del Estado es la capacidad de hacer que las cosas efectivamente se hagan. Así llegamos a la situación que vive el presidente Iván Duque, un gobernante metido sin remedio en el laberinto del poder, sin encontrar una salida sustantiva ni verbal al destino en el que se encuentra atrapado.

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En el diccionario de usos del español de María Moliner la definición de la palabra ‘poder‘ ocupa más de una página, es enorme su variedad de acepciones, connotaciones, interpretaciones y conjugaciones. El poder con sus cinco letras es tan capaz de ser verbo como de volverse sustantivo, porque así como es una realidad inevitable (aunque anarquistas y hippies piensen otra cosa), cuando el poder es acción les da a los seres humanos la capacidad para hacer cualquier cosa. Sin el verbo poder todo se inmoviliza y sin el sustantivo las cosas se desordenan. 

La palabra Poder está ligada a ‘ser capaz’. Cuando se habla de los altos cargos del Estado es la capacidad de hacer que las cosas efectivamente se hagan. Así llegamos a la situación que vive el presidente Iván Duque, un gobernante metido sin remedio en el laberinto del poder, sin encontrar una salida sustantiva ni verbal al destino en el que se encuentra atrapado.

El Paro Nacional ya cumple más días de lo que se preveía, y se va a mantener mientras el presidente insiste en una conversación que más o menos se resume en “venga y charlamos para que se dé cuenta de que yo tengo la razón”, con sectores que ni siquiera juntándose a todos en una misma mesa darían como resultado la representación de las miles de personas que están alzadas en cacerolas y música, en bloqueos y marchas, reclamando en contra de su mal gobierno. La diversidad de reclamos y liderazgos del paro, lejos de ser una debilidad de la protesta, es su gran potencia porque demuestra que la gente tiene un sentimiento profundo de repudio por la manera como se está gobernando este país.

El presidente en su laberinto no escucha ni entiende nada. No entendió lo que decían 12 millones de votos de la consulta anticorrupción, más de los que lo eligieron a él, y botó a la caneca la agenda legislativa que ese mandato ponía en sus manos, prefiriendo malgastar tiempo y capital político en las objeciones a la JEP. Por ejemplo, una de las primeras medidas entre las varias que Sebastián Piñera ha adoptado en el intento por aplacar al pueblo chileno enardecido, es la reducción de los sueldos de los congresistas. Pero por cumplirle a la agenda regresiva y revisionista de su partido, Duque no escuchó lo que había gritado la gente en urnas, zampándoles una cachetada. “No pasaron el umbral” es una disculpa cobarde ante el clamor masivo de frenar la corrupción y los abusos de poder. 

Pasa lo mismo con la esperanza de paz por la que votamos apenas 50.000 personas menos que los del No. Gobernando con la agenda de su patrón, el presidente ha defendido lo indefendible sosteniendo en el gabinete hasta último momento a impresentables como Guillermo Botero, permitiendo y justificando actuaciones criminales de miembros de las Fuerzas Armadas, dirigiendo de nuevo la política de seguridad del Estado hacia la cacería de un enemigo interno, lo que les autoriza a pasar como inevitables los asesinatos de líderes sociales y reincorporados, los bombardeos indiscriminados, el toque de queda o la brutalidad del Esmad. Los que apoyamos el Paro Nacional no sabemos cómo más decirle a este Gobierno que tenemos un reclamo común de frenar la brutalidad autorizada, porque ya hemos recorrido un camino muy largo y doloroso que necesitamos superar si es que pretendemos ser un país viable. 

Si el presidente está debilitado no es por culpa no es del Paro. Desde que se posesionó empezó a padecer la tenaza de su patrón, que manda sobre varios ministerios mientras encabeza la oposición que le hace su propia bancada desde el Congreso. Duque ha demostrado no ser el más capaz, no poseer el don del liderazgo ni el de la empatía. Es el buen muchacho inexperto que dijo Uribe y 10 millones de personas lo eligieron por eso, o porque no era Petro. O ambas. El experimento en apenas a un año y tres meses ha exhibido incapacidad, criminalidad e irrespeto suficientes para movilizar al país. Y de qué manera. Lo que está alzado en cacerolas es la dignidad.

Después de fallar en la estrategia del miedo -benditos sean smartphones que en videos y fotos desvelan las mentiras- la apuesta del Gobierno frente al paro es el alargue hasta marzo de una conversación vacua y cruzar los dedos para que, entre tutainas y año nuevo, se disperse el movimiento social. Seguramente en diciembre la movilización disminuya, pero ya veo en enero, de nuevo, la gente en las calles. 

Lo dijo un presidente muy poderoso en su discurso de posesión en Washington, 1961: “Los que insensatamente se entregaron a buscar el poder cabalgando a lomo de tigre, acabaron invariablemente por ser devorados por su cabalgadura”. 

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