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Opinión

  • | 2017/12/13 07:13

    De ‘Popeyes’ y la burla a la justicia

    Tal vez el problema esté en lo de la conducta reprochable, la sanción moral, y ahí el asunto ya no es de un juez sino de la sociedad. ¿Por qué Popeye, por ejemplo, va a manifestaciones políticas en Medellín y no se condena abiertamente por sus organizadores su presencia allí?

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Cuando una sociedad ya no se sorprende por lo incorrecto cae en el peligro de aceptar situaciones anómalas hasta que terminan enquistándose en su interior. Eso se puede decir plenamente de la burla diaria a la justicia colombiana por parte de delincuentes de toda clase: los de cuello blanco, los raponeros y hasta de los bravucones que usan las redes sociales como medio de intimidación. Las emisiones de los noticieros de las siete, las del mediodía y las de la noche, anuncian en el titular o en el cierre la afrenta del delincuente de turno, cambiando únicamente las circunstancias de tiempo, modo y lugar, como se dice en el lenguaje jurídico. La noticia cotidiana recoge la burla del violador de menores, el financista vivo que se quedó con los ahorros de una viuda, la viuda asesina, el funcionario de malas andanzas o el empresario corruptor.

Nada hace presagiar que esta situación vaya a cambiar. La norma penal y sus procedimientos tienen artículos e incisos porosos por donde hábiles abogados se meten y logran beneficios extramuros para sus clientes valiéndose de una cada vez más flexible reglamentación para el cumplimiento de las penas que permite beneficios generosos y proclives al abuso, como el de la casa por cárcel, del que a diario sabemos detalles de su mala utilización por los condenados ante la mirada pasiva del Inpec. Ya a nadie sorprende que condenados protagonicen atracos, anden por las calles en vehículos lujosos o protagonicen orgias y obstruyan la justicia desde oprobiosas ‘mansiones por cárcel’.

El sistema penal acusatorio, que tiene tantos defensores como detractores, premia, en general, al delator con rebajas, por más criminal que sea, a cambio de colaboración.

John Jairo Velásquez Vásquez, Popeye, jefe de sicarios de Pablo Escobar, ha hecho de los beneficios de la justicia una verdadera fiesta gracias a los acuerdos que pactó luego de pasar 23 años en la cárcel. Se volvió youtuber, activista político, ‘figura’ buscada por documentalistas que se lucran de las guerras de la droga y asiduo asistente a los eventos sociales del bajo mundo de Medellín. En esas estaba el fin de semana, en la fiesta de cumpleaños de Juan Carlos Mesa, Tom, el hombre acusado de manejar el negocio ilegal de drogas en esa ciudad, y por quien Estados Unidos ofrecía una recompensa de 2 millones de dólares.

Su respuesta arrogante al quedar en libertad (“No le tengo miedo a lo que le temen las ratas del sí. Si hay que ir a prisión, voy”) recuerda al Juanito Alimaña del gran Héctor Lavoe: “La gente le teme, porque es de cuidado / Pa‘ meterle mano, hay que ser un bravo / Si lo meten preso, sale al otro día / Porque un primo suyo, ta’ en la Policía”. Tal vez Popeye vuelva a la cárcel si un juez considera que violó los compromisos de su libertad condicional. O tal vez considere que ir a una fiesta no es un delito y que es mejor que siga libre para que siga colaborando con la justicia. Al amparo de ese tipo de valoraciones se decide en Colombia la libertad de una persona, sin que pese mucho el prontuario. No es lo mismo ir a la fiesta de un capo que ir a una novena navideña, pero será un juez de ejecución de penas quien valore qué tan reprochable o legal es su conducta.

Tal vez el problema esté en lo de la conducta reprochable, la sanción moral, y ahí el asunto ya no es de un juez sino de la sociedad. ¿Por qué Popeye, por ejemplo, va a manifestaciones políticas en Medellín y no se condena abiertamente por sus organizadores su presencia allí? ¿Por qué desafía al Estado desde sus cuentas en Twitter sin que se le llame al orden? ¿Por qué a alias Inglaterra se le rinden homenajes en Carepa en su entierro por miles de personas que recibieron de él ayuda económica y es visto como algo normal? ¿Por qué las Farc ponen como ejemplo de lucha revolucionaria al Mono Jojoy en un acto en un cementerio del sur de Bogotá? Algunos dirán que los linderos éticos se han corrido porque lo hemos permitido, porque a su vez es el “ejemplo” que dan los de arriba a los de abajo. Otros justificarán que es por la falta de un Estado fuerte y presente en Carepa o en Tumaco, y otros alegarán que quienes se lamentan de esto de Popeye y demás es porque desconocemos el país real.

Ante esto solo una frase sabia nos ayudará a dar una luz: “No me asusta la maldad de los malos, me aterroriza la indiferencia de los buenos”, Mahatma Gandhi.

*Ramsés Vargas Lamadrid, MPA, MSc, rector Universidad Autónoma del Caribe

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