opinión

Columna de Poly Martínez
Columna de Poly Martínez - Foto: Juan Carlos Sierra

Debate a medias

El gran valor de los espacios de debate está en pasar de ser un intercambio de opiniones de los mismos y las pocas mismas sobre los cuatro temas del día más machacados, a convertirse en una conversación que se extienda más allá del programa.


Por: Poly Martínez

No se trata de nuevas caras, sino de nuevas voces. Ahí está la diferencia. Y por voces no me refiero solamente a los tonos, femeninas o masculinas, sino a voces que en algunos de los más conocidos programas de debate y opinión den cuenta de diversas procedencias, experiencias, visiones del país, regiones y conocimientos, para que reflejen las maravillas y complicaciones que vivimos.

Me alegra que la reflexión esté andando esta semana, a propósito de una encuesta que publicó Cifras & Conceptos, a partir de un estudio de Carlos Chaves Avellaneda, en el que analiza seis programas de debate que se emiten en radio, televisión e internet.

El domingo pasado muy temprano, apenas apareció en redes, la compartí porque, aunque limitada en su análisis, sí abre una pregunta clave para este país, es especial cuando se trata de programas de alcance nacional: ¿qué es eso que se llama “opinión pública”?, ¿a quiénes representa? En los medios se repite el concepto alegremente, como si fuera una verdad revelada, cuando con mayor frecuencia obedece al mismo esquema limitado al que se refiere el estudio: los mismos con las mismas (aunque más bien pocas mujeres) y una mirada corta de Colombia.

En todos los casos se trata de periodistas serios, que pueden cumplir su labor sin que los dueños del medio les estén subiendo la ceja o traten de alinearlos todo el tiempo. Paradójicamente, muchas veces son esos mismos dueños los que están más dispuestos a que sus medios de comunicación sean más abiertos; el debate les interesa, les lleva rating, algo de publicidad y garantiza aplausos o comentarios entre sus mismos círculos de poder, entre esos que “toman las decisiones” en este país, que también pueden ser los que más necesiten o añoren voces diversas.

Sí, hay muchos abogados y pocas mujeres o personas de la academia; muy poco humor y lenguaje fresco; y es reducido el espectro de acentos y de temas “menos serios”. Aunque el tono ha bajado gracias al debate por teléfono o web que exige la pandemia, la verdad es que a mucha gente calificada le aburre tener que hacerse oír más por el volumen de la voz que por los argumentos, especialmente cuando la contraparte son congresistas entrenados cotidianamente en el oficio de rapar la palabra.

Ese formato, que tengo entendido viene de la radio española de hace décadas, tal vez sí está para reinventar, como dicta la moda. Ahora, no nos podemos confundir con que al sacar los programas por las redes se esté innovando, cuando en realidad es otro camino para el mismo paseo: pocas voces, poca representatividad regional, étnica, social y de género.  Eso mismo se repite en la gran prensa, sea en papel o el soporte digital.

Me detengo un momento en el tema de género, que merece una encuesta más seria:  la poca participación de mujeres en estos programas no es necesariamente porque a primeras horas de la noche le estén sirviendo la comida a hijos y esposos o zurciendo –divina palabra- calcetines; tampoco porque las más expertas en temas complejos sean muy cautelosas al compartir sus análisis, que han trabajado mucho y estarían encantadas de compartir. Habría que incluir la variable de que prefieren no desgastarse en un modelo diseñado para lo express y no para expresar cuestionamientos más profundos sobre este país y sus pipiciegos esquemas de saber y poder.

El asunto de fondo, en realidad, es que se trata de un modelo que crea su audiencia a partir de la pelea y no de la deliberación; la hace volátil, caprichosa, en vez de generar confianza al entregarle valor agregado . Por eso, entre otras razones, el salpicón noticioso del día es una delicia para los políticos que devoran medios y audiencia de forma permanente. Y los medios se lo ofrecen en bandeja.

Otra pregunta por hacer es si esos programas de debate están sintonizados con el país (y se vale también que les resulte secundario y prefieran la sintonía con el poder), aunque el cuestionamiento importante hay que enfocarlo sobre el periodismo en general y la manera como entregamos a las audiencias y lectores los temas que les importan, justo en un tiempo cuando las redes sociales, que ya llevan una década robándole sintonía a los clásicos, se fortalecen cada vez más como punto de encuentro, información y debate para unas audiencias más grandes, vocales y activas.

Eso no las hace necesariamente mejor, pero tal vez las redes sociales y la web –donde hay grupos de debate muy buenos- sí son más representativas de eso que los programas radiales de la mañana llaman “opinión pública”, espacios noticiosos en los que también se pretende el debate, pero con un equipo contratado para eso, en algunos casos con roles definidos ya sea para la confrontación o la especulación, y con un toque de teatro.

Los medios colombianos reflejan todos los sesgos del poder. A pesar de lo evidente, eso es lo asombroso de la encuesta. Pero la labor del periodismo, de quienes dirigen estos y otros programas similares, es sacudirse permanentemente toda sospecha de obsecuencia y ayudarle al país a entender y confrontar su realidad. El gran valor de los espacios de debate está en pasar de ser un intercambio de opiniones de los mismos y las pocas mismas sobre los cuatro temas del día más machacados, a convertirse en una conversación que se extienda más allá del programa y los titulares escandalosos del día.   

¿Pero qué hacer si es más vendedor entre los poderosos de la política, la economía y hasta de la academia y la propia prensa tener a los mismos de siempre en rotación de sillas? Tomar riesgos a favor de la gran y desconocida audiencia, cosa que exige cambiar la pregunta y empezar por cuestionar las propias vanidades y sesgos.