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Opinión

  • | 1983/07/25 00:00

    DEVORANDO LAS PROPIAS ENTRAÑAS

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"Aunque viviera cien años nunca olvidaría ese par dé minutos", escribió en su cuaderno de navegación el capitán Robert A. Lewis, copiloto del avión de guerra norteamericano Enola Gay, el hombre que accionó el mecanismo que hizo caer sobre Hiroshima la bomba atómica a las 9:15 horas del 5 de agosto de 1945.
Robert A. Lewis murió el 21 de junio en los Estados Unidos, de un ataque al corazón, sin haber vivido cien, sino sesenta y cinco años, para recordar "aquel par de minutos". Treinta y ocho años antes que él, habían muerto, a consecuencia de la explosión en Hiroshima, cerca de cien mil personas.
Otro miembro de la tripulación del Enola Gay, el capitán Parsons, anotó tras contemplar la explosión, atónito y "sin poder creer lo que veían sus ojos": "Una enorme columna de humo se elevaba hasta el cielo. Parecía un hongo gigantesco reposando sobre un esbelto pilar. La parte superior era más limpia, pero hasta 300 metros de altitud el humo era sucio".
Visto desde abajo, según narraron sobrevivientes de Hiroshima, la densa nube de "humo sucio", aparecía ante los ojos como una condensación de "astillas de madera y esquirlas de piedras y ladrillos", que rápidamente oscureció el cielo sobre las ruinas de la ciudad.
Años más tarde, un poeta japonés, Futabako Mitsui, describía así esa nube de partículas indiscriminadas de todo lo que unas horas antes estaba vivo y en pie sobre la ciudad:
"Al final de la tarde, en las afueras
del Universo
cerca del lecho de Dios,
titila todo lo que ha sido barrido
como si estuviera aglutinado
por gravitación
como un arco iris o un espejismo
a través del aire vacío".
Sobre las víctimas humanas, está el relato de un testigo presencial, el sacerdote Kleinsorge, que dice que minutos después de la explosión oyó un oscuro ruido animal detrás de unas malezas. Al acercarse comprendió que se trataba de una voz humana que pedía agua. Siguiendo la voz encontró una veintena de seres que sólo distinguió como humanos por los restos que tenían encima de uniformes de soldados, porque estaban completamente quemados y tenían vacías las cuencas de los ojos.
Otro poeta japonés, Tamiki Jara, quien terminara suicidándose, dejó un testimonio poético de aquello:
Este horrible y calcinado
caos que supura
es un ser humano,
esto es el rostro de un hombre"
Toda la poesía y la literatura japonesa de la post-guerra encierra en sí a Hiroshima y Nagasaki, y hace alusión a ellas de manera directa o indirecta. Un viejo libro, traducido del inglés y bellamente editado por Carlos Dupuy, tiene una colección de poemas que son el resultado de un largo proceso de abstracción, de limpiar la sangre y de dejar decantar el horror, el desconcierto y la ira. En ellos, se da la depuración poética y la simplificación estricta de los recursos expresivos, hasta llegar a la médula más sustancial y limpia. A través del lente de estos poetas, ese momento infernal de la humanidad ha quedado traducido y sintetizado en retratos instantáneos, como este fragmento de un poema de Ichiro Ando:
"Se derrumbó una flor
Se derritió una piedra
Se arrodilló un gato
Cayó una mariposa
Yo me hice astillas"
Otras veces, el resultado fueron breves fogonazos de vivencia interior, como este poema de Kitagawa, que muestra una subjetividad marcada por el horror y el temor, que no encuentra más salida que apertrecharse dentro de sí misma para defenderse:
"Las paredes de mi corazón
están hechas de acero,
no vaya a ser que la sangre
se escape como el vapor.
Cualquier mujer que rompa esta red
será quemada como un pájaro
bañado por su propia sangre"
O este párrafo de Riuichi Tamura donde el cerebro anonadado, incapaz de explicar el caos, deja el lugar a la mera vivencia sensorial de la muerte:
"Mis manos se abandonan sobre las cosas muertas.
Mis pequeños ojos vigilan las cosas que se esfuman.
Mis oídos escuchan el silencio de los agonizantes"
Sakutaro Jaquiwara utilizó un breve relato parabólico para expresar el rencor y la angustia de todo un pueblo arrastrado a la guerra y sacrificado en ella, y más aún, si se quiere, el desconcierto de toda la raza humana, que de bomba en bomba y de guerra en guerra se devora y aniquila a sí misma. El relato habla de un pulpo que permanece encerrado en un acuario, en un oscuro rincón de un zoológico. El agua podrida en que está le impide al celador percatarse de su presencia, y por tanto no lo alimenta. El animal empieza a agonizar y, presa de un hambre atroz, se va comiendo, uno a uno, sus propios tentáculos, y cuando acaba con ellos se va devorando lentamente sus entrañas, hasta que se consume totalmente a sí mismo, y virtualmente desaparece. Un día el celador se fija en el olvidado acuario, y cree comprobar que sólo contiene el agua oscura y rancia. Sin embargo, el pulpo sigue allí: "Por espacio de siglos, tal vez eternamente, continuaba viva allí una críatura invisible, presa de horrenda escasez e insatisfacción"
Menos poético fue el primer comunicado oficial del presidente Truman, a las 9:30 del fatídico 5 de agosto: "Tengo algo importante que comunicarles. Acabamos de lanzar una bomba sobre el Japón, de una potencia equivalente a 20.000 toneladas de TNT. Ha sido un éxito rotundo". Y más lacónico aún fue el informe enviado desde el Enola Gay por Robert A. Lewis, el hombre que murió ayer, pero que seguramente no logrará descansar en paz: "Los resultados son espléndidos. Los efectos visibles son superiores a las pruebas. "
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