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Opinión

  • | 2020/04/02 17:18

    Economía de guerra

    Un nuevo virus se está incubando: el populismo económico. Llámenlo P-20.

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Dice el Señor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Se plantea aquí una equivalencia imposible. Los atributos de la divinidad no admiten comparación alguna con los nuestros. Entre lo inconmensurable, infinito y eterno, y la condición humana, existe un abismo infranqueable. Si Dios nos ama a todos y a cada uno, desde siempre, para siempre, ese amor es una pura abstracción; no está hecho de palabras, abrazos y convivencia. Para los creyentes existe una comunidad espiritual en los sacramentos, la liturgia y la oración que no puede asimilarse a la del amor humano. Aquella experiencia es subjetiva, a todos abarca y es perdurable, mientras que este es intersubjetivo, selectivo, perecedero. En verdad, no amamos a la humanidad; solo a unos cuantos de sus integrantes, a los que, a veces, dejamos de amar y ellos a nosotros.

Como no hay modo de avanzar a partir de esa premisa, el cristianismo acude a otro paradigma: “Todos somos hijos de Dios” y, por lo tanto, debemos practicar la caridad con el prójimo. Esta es la vertiente cristiana de la solidaridad que nutre la doctrina social de la Iglesia Católica.

Respetable como lo es el pensamiento cristiano, por fortuna podemos llegar a la fundamentación de la solidaridad a partir de la mera observación de la condición humana. Fue lo que hizo Adam Smith, el teórico precursor del capitalismo, en su libro de 1759 Teoría de los sentimientos morales: por nuestra propia naturaleza tenemos simpatía por el dolor ajeno y espontáneamente nos alegra el bienestar de los demás. Como lo demuestran los estudios de Frans de Waal, entre otros, en las especies animales más desarrolladas los sentimientos éticos, entre ellos la solidaridad con los semejantes, tienen una importancia de la que no teníamos noticia científica.  

Durante la crisis que en la actualidad abruma al mundo, hemos podido apreciar múltiples manifestaciones de solidaridad. Los profesionales de la salud en Colombia, como ya lo hemos observado en otros países, están preparándose para luchar contra la epidemia; saben que los riesgos sobre su vida son altos, pero esa certeza no los detendrá. Muchos funcionarios públicos trabajan sin descanso en el diseño y puesta en marcha de las medidas de emergencia y en la logística correspondiente, al igual que la Policía procura que los ciudadanos que rebuscan su precario ingreso en las calles se sometan al confinamiento que ha sido dispuesto. Difícil tarea.

Laudable el esfuerzo de tantos empresarios por mantener el pago de los salarios a pesar de la profunda contracción de sus ingresos, y la decisión de otros de reconducir la producción hacia elementos que son esenciales en la tarea de afrontar la epidemia. No menos admirable es la respuesta de campesinos y empresarios en producir alimentos, y la de los miles de comerciantes que los compran, transportan, clasifican y distribuyen a los puntos de venta cercanos a nuestros hogares. 

Por supuesto, esa valiosa solidaridad que fluye sin presión alguna no es, y menos en la actual coyuntura, suficiente. El Estado es la institución por excelencia de la solidaridad social; para actuar con celeridad y eficiencia tiene a su disposición instrumentos poderosos y coercitivos: la reconducción del gasto público, la entrega de subsidios masivos, el apoyo a los flujos de liquidez de las empresas, la creación o incremento de impuestos, el uso de ahorros que estaban destinados a otros propósitos, la expansión de la deuda pública, la intervención en la economía para evitar abusos por parte de algunos agentes. Debe usarlos preservando un difícil equilibrio entre audacia y prudencia, buscando centrarse en apoyar a los sectores vulnerables y mantener la economía a flote, procurando que el Estado complemente la actividad privada en vez de sustituirla.

Es verdad que estamos en una economía de guerra en la que son posibles e indispensables medidas que de ordinario no lo son; la Carta política las permite. Sin embargo, cuando cese la crisis, será menester contar con un Estado y un aparato productivo capaces de afrontar los retos de la recuperación. Para que así suceda hay que evitar el populismo económico: aquellas propuestas que suenan bien, que pueden generar beneficios inmediatos, pero que a poco andar causan daños quizás irreversibles.

En el repertorio de medidas que todo buen populista carga debajo del brazo se encuentran las siguientes: (i) obtener un crédito directo de emisión del Banco de la República al Gobierno sin cuantías ni plazos preestablecidos; (ii)  congelar el tipo de cambio y establecer cupos para la asignación de divisas, incluso a tasas diferenciales; (iii) decretar una moratoria generalizada de las obligaciones con los bancos; (iv) intervenir los tipos de interés; (v) monopolizar, en cabeza del Gobierno, el sistema de salud y los servicios financieros; (vi)  suspender el pago de la deuda externa para destinar esos recursos al gasto social.

Pondré un solo ejemplo ciertamente extremo: ¿por qué no pedirle al Banco de la República un crédito sin intereses a veinte años de plazo en las sumas que fueren necesarias para financiar un apoyo más generoso para quienes padecen necesidades graves? Hacerlo es posible, según la Constitución, si se cuenta con el voto unánime de los codirectores. No se requieren conocimientos teóricos para anticipar los resultados de ese curso de acción. Basta mirar hacia Venezuela. Su moneda ha dejado de operar; los ahorros de la gente, en efectivo, en los bancos o en los fondos de pensiones, se esfumaron; si no tienes dólares, nada tienes; los pobres son más pobres que nunca. No quiero parecer alarmista. Sin embargo, ya hay quienes consideran que el camino adecuado consiste en imprimir billetes de banco y repartirlos entre la gente.

Briznas poéticas. Heberto Padilla, perseguido por dudar de las bondades del paraíso totalitario instaurado en Cuba: “Al poeta, despídanlo! / Ese no tiene aquí nada que hacer. / No entra en el juego. / No se entusiasma. / No pone en claro su mensaje. / No repara siquiera en los milagros. / Se pasa el día entero cavilando. / Encuentra siempre algo que objetar”.

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