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Opinión

  • | 2003/03/17 00:00

    El ángel y el diablo

    Está uno viendo el noticiero y salen Bush y Saddam. El ángel y el diablo retumban en eco con lo mismo: "Ese es amigo mío"

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Una de las pocas verdades que aprendí en el colegio es que uno tiene un ángel de la guarda diminuto, blanco, bueno, que se apoya en nuestro hombro derecho (o se esconde en esa oreja), y un diablo feo, malo, con cachos y cola, que se agazapa en el otro hombro, o nos sopla malos pensamientos en el oído izquierdo. El ángel y el diablo no hablan entre ellos (se detestan), sino que se disputan el poder dentro de nuestra conciencia. Ambos tratan de apoderarse de nuestra mente. Uno va por la calle y el ángel dice, por ejemplo: "Dale una limosnita a ese viejo. Es manco, tuerto y nadie le da trabajo". Uno mete la mano al bolsillo, está a punto de sacar una moneda, pero en ese mismo instante el diablo saca la lengua: "Cuál viejo? no está ni tan viejo; yo conozco gente mocha y tuerta capaz de trabajar. Ese viejo se gana millones en ese semáforo. Es un farsante que se aprovecha de su miseria". Eso que uno llama "yo" sopesa los argumentos y saca la mano del bolsillo, según el caso, vacía o llena.

Claro que en el colegio las monjas nos decían que el ángel siempre tiene la razón. Yo creo, sí, en el ángel y en el diablo, pero a veces creo que el diablo malpensado tiene más razón que el ángel bienpensante. No en el caso anterior, sino en otros. Por ejemplo: está uno en París, solo, porque tuvo la suerte de que lo invitaran. Tiene 200 dólares de viáticos en el bolsillo y es el último día antes de volver a la dura Bogotá. Va uno caminando por la calle y de pronto ve, sola también, mirando precios, a una amiga. Más bonita que nunca, más joven que nunca, más atractiva que nunca. Ahí habla el diablo (los diablos, como ustedes saben, vosean): "Invitala a comer, no seás pendejo. Y después al hotel, si quiere. Mirale esa cintura y esos dientes". De inmediato sale el otro, el blanquito afeminado y aguafiestas (que tutea siempre, como todos los lambones): "Acuérdate de tu esposa. En este momento debe estar mercando para la comida de mañana. Ella no piensa sino en ti, te adora, y tú aquí traicionándola por unas tetas, ¡qué vergüenza!".

El diablito, obviamente, no se da por vencido: "Si tu esposa no se entera, ¿qué mal hay en salir a comer con una amiga? Salí con ella, tranquilo, la invitás a comer, y no la llevás al hotel, pues. Se despiden después del último vino". Uno sabe que el diablo es mentirosito, pero tiene de bueno que uno le cree sus mentiras. El ángel va a abrir la boca y uno le dice: "Callate". Qué abrazo, qué saludo, qué sorpresa. Se van a comer juntos a un restaurante. Vino, paté, carnes, quesos. El ángel no aguanta el vino y se queda dormido. El diablo está cada vez más despierto y más contento. Lo mismo le pasa a la amiga con sus dos cerebros. En fin, a la cama. Una delicia. Pero acaba uno de terminar y ahí mismo el ángel, tan fastidioso, se despierta. Enguayabado, para colmo, y con el mismo sonsonete: "La buena de tu esposa, allá debe estar cocinando, la pobre?". El diablo, en cambio, se duerme siempre después del deber cumplido. A las mujeres no les pasa igual. A las mujeres el diablo se les despierta más después, y les dice: "Metido un dedo?". En cambio el ángel se les deprime y se les muere. El diablo se toma el poder. Quieren que uno se quede ocho días más en París, pecando, digo, gozando. Pero el ángel nos dice: "Ni riesgos; se enfría la comida en el apartamento".

El diablo y el ángel no siempre se ocupan de temas importantes. Se meten en todo, hasta en bobadas. Suena el despertador a las 6. El ángel, siempre listo, se despierta: "Upa pues, pa'arriba hermano, a trotar". El diablo, más parsimonioso, dice: "Qué afán hay. Y además para qué trotar, ¿para adelgazar? Eso es pura vanidad. ¿Para la salud? Eso es mentira; trotar daña las rodillas". Y ahí está uno, el indeciso yo que todos llevamos dentro, decidiendo, o creyendo que decide. Más tarde, a la hora del postre, la misma friega. Oigan al ángel: "Mírate esa barriga. Además, después de comido te vas a arrepentir". Y el diablo contesta: "Como está este país, en cualquier momento te matan. Tanto luchar por la línea y para qué, para que la cremación se vuelva más cortica. Valiente gracia. ¿Cuánto hace que no comés postre de natas?".

Y en política igual. Está uno viendo el noticiero y aparece un ministro. El ángel o el diablo (ya no los distingo) me dice: "Mirale el pelo. Ese tipo es teñido. Y las burradas que dice. Hay que caerle duro en un artículo". Y el otro contradice: "Hombre, a ese ministro ya le has caído mucho, no vale la pena. Y uno qué sabe, a lo mejor hace todo eso con buenas intenciones". Después salen Bush y Saddam al mismo tiempo. Las dos orejas, izquierda y derecha, retumban en eco con la misma frase: "¡Ese es amigo mío!". Y uno no sabe a quién se refiere el diablo y de quién habla el ángel.

Todo es así en esta vida. Tenían mucha razón las monjas del colegio. Por eso aquí me tienen, con el ángel murmurando: "No mandes este artículo, es esquemático, es tonto, es frívolo, es intrascendente. Los desocupados que mandan 'e-mails' te van a comer vivo". Pero el diablo responde, muy seguro: "No dudés, es una buena metáfora de cómo funcionan la voluntad y la conciencia. Si los lectores creen que es una bobada es porque no han leído el libro de Pinker sobre la mente. Todo es una transacción entre distintos intereses". El ángel saca la lengua: "Te van a echar de la revista, por pendejo". Mi yo no sabe qué decidir. Si leen este artículo, fue porque el diablo decidió por mí.
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