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Opinión

  • | 1983/05/30 00:00

    EL GUAYABO VENEZOLANO

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Hasta hace muy poco tiempo Venezuela era la sucursal del reino oriental de las mil y una noches en Latinoamérica. Los hoteles de Caracas veían desfilar por sus tropicales pasillos inversionistas japoneses, técnicos alemanes, aventureros franceses y excursiones de turistas norteamericanos que llegaban acosados por el maná del petróleo. Todos los síntomas indicaban que, en muy poco tiempo, Venezuela, con ritmos de inversión superiores al 17 % anual, podría codearse con los grandes del mundo. El optimismo corría raudo como los automóviles de ocho cilíndros y los venezolanos se daban el lujo de mirar por encima de su hombro de más de U$ 3.000 dólares per cápita anual a sus menesterosos vecinos.
Nos vendían petróleo a ruego y nos compraban mercancías a rodos.
Hoy las cosas han cambiado. Después de la embriaguez, comenzó el guayabo. En los últimos tres años la inversión cayó en más del 10% por año; las posibilidades adquisitivas de la población se redujeron en dos terceras partes y la inflación, con el desempleo, están castigando, como nunca, una sociedad sensiblemente desigualitaria. La reciente crisis cambiaria, con sus conocidos efectos sobre el desarrollo de nuestras fronteras con el vecino país, es apenas un síntoma de lo que está pasando por dentro.
¿Qué pasó? Que los venezolanos no pudieron "sembrar su petróleo".
Su dependencia de la "mercancía maldita" como la llaman hoy sus antiguos adoradores, no se ha reducido en forma significativa. Las predicciones de Gumersindo Rodríguez de que la riqueza petrolera era una riqueza nominal resultaron completamente ciertas, los grandes ganadores fueron los centros financieros internacionales donde regresaron a borbotones las utilidades de la bonanza. El reciclaje de los fondos pagados por los mayores precios del pétroleo se produjo en distintas formas: como pago de intereses por un alto endeudamiento, como fuga de capitales de los magnates beneficiados, como mayores precios pagados por más importaciones de países industrializados, especialmente de materias primas y bienes de consumo. Cálculos creíbles muestran que un 65% de los recursos producidos por la bonanza petrolera durante la década de los setenta nunca entró a Venezuela o llegó y emigró rápidamente.
La moraleja de esta fábula no puede ser, exclusivamente, la misma de la historia de la cigarra y la hormiga. Venezuela no solamente se gastó una buena parte de su excedente petrolero en canciones, como la cigarra sino que, cuando quiso guardar algo para el invierno, como la hormiga, no supo como hacerlo. El modelo de desarrollo venezolano, apoyado en más de un 50% en el sector público, corresponde a la noción precisa de un capitalismo de Estado. Concentrado éste último en el manejo del petróleo descuidó, durante muchos años, la construcción de infraestructuras organizativas y tecnológicas, de sistemas ágiles de financiamiento que le hubieran permitido navegar exitosamente en el mar de la abundancia petrolera. Y algo más grave: a Venezuela le hace falta una clase empresarial que responda al concepto literal de la palabra empresario, "alguien que emprende algo hacia alguna parte". El molondrismo estatal ha permeado el desarrollo empresarial, subsidiado, protegido, casi parasitario. Capitalistas y trabajadores han coincidido, recientemente, en la Carta de Maracaibo y el Manifiesto de la Isla Margarita, respectivamente, en denunciar esta dependencia como uno de los factores más paralizantes del progreso económico y social.
Para no confundir, empero, el mal con los síntomas, es importante decir que no es tanto el cordón umbilical Estado-sector privado el que debilita el avance tecnológico -la capacidad de innovación de que hablara Schumpeter como motor del capitalismo- como la relación política que, por detrás, está ya definida entre los titulares del poder y los dueños de la economía, el matrimonio que más se divirtió con la borrachera y el que menos ha sufrido con el guayabo.
Ahora, cuando todo ha pasado y se comienzan a ir los japoneses y los alemanes y los turistas, ahora, cuando se apaga la lámpara de Aladino, Venezuela debe, con serenidad, mirarse en su espejo y aprender la lección de saber guardar y repartir su progreso.
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