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Opinión

  • | 2020/01/07 17:28

    El poder absoluto de una “trifecta democrática”

    El presidente Trump ha exhibido una y otra vez actuaciones dignas de un monarca absoluto. Ese poder absoluto de una “trifecta democrática,” donde los tres poderes del Estado están en manos de un mismo partido, carece de controles y contrapesos.

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La democracia viene en declive y los conflictos bélicos en ascenso. En 2108, The Economist, uno de los principales baluartes de la doctrina liberal, escribió un ensayo que invita a “reinventar el liberalismo para el siglo XXI.” Afirma que el liberalismo está “bajo ataque”. El ataque abarca todo el espectro político, desde la versión que en EEUU estigmatiza como de extrema izquierda la defensa de un Estado protagónico; hasta la francesa, que equipara el liberalismo al fundamentalismo de mercado de la derecha radical. Los blancos de la ofensiva son las élites liberales que en todas partes se acomodaron a los réditos de la globalización y dejaron de ser las impulsoras del cambio social. 

La ambigüedad con que esas élites asumen los excesos del libre comercio y del libre mercado ha convertido a la democracia en la perdedora del ataque antiliberal. La excesiva concentración de la riqueza ha contribuido a la concentración del poder político, a tal punto que se ha consolidado una crisis de representación. El 99 por ciento vota, pero el 1 por ciento termina dominando la confección de las normas en su favor, sea en el ejecutivo, el legislativo y hasta el judicial, aunque en menor medida, por su mayor independencia fundada en periodos largos.

Paul Krugman, premio nobel de economía, ha escrito en El País de España una pieza muy reveladora de cómo se cumple el ataque a la democracia en los EEUU. En el impeachment o acusación del presidente Trump ante el Senado por grave abuso del poder presidencial para favorecer su reelección, ha sorprendido la unanimidad del respaldo de los congresistas y dirigentes de su partido, el republicano, a pesar de las abrumadoras evidencias condenatorias.

Solo el embajador ante la Unión Europea, Gordon Soundland ha declarado en su contra al afirmar que sí hubo un quid pro quo en el asunto ucraniano. Incluso representantes a la cámara, que por haber renunciado a postularse no tienen preocupación por su reelección, han guardado prudente silencio. Ni uno solo ha osado salirse de la disciplina partidista, dejando sin valor el mandato ético de la patria por encima de los partidos. 

Krugman invita a los lectores a seguir el rastro de la plata. Todos, de una u otra manera, dependen de la generosidad de los adinerados donantes de la maquinaria partidista para financiar campañas; pero también los que renuncian, para aterrizar en puestos privados bien remunerados o prosperar en los negocios, una vez dejen sus cargos oficiales. La excepción es el embajador Soundland, que siendo millonario no requiere la largueza de terceros para mantener su nivel de vida. Coincide este diagnóstico con el realizado por The Economist. El establishment liberal se ha acomodado a la vida buena y no arriesga su estatus por un principio. 

La pregunta es: ¿Cuánto poder concentrado resiste una democracia? Por fortuna viene una nueva generación y la oposición demócrata en EEUU no ha dejado de hacer la tarea. Pero de más en más, el poder de presidentes y primeros ministros crece y se desborda. Las formas se mantienen, pero ya se habla del trío o trifecta republicana: el partido de Trump monopoliza los tres poderes en más de una treintena de los Estados de la Unión; y los utilizan sin hígados para crecer, rediseñando distritos electorales y dificultando el voto a demócratas pobres con requisitos rebuscados. 

El presidente Trump ha exhibido una y otra vez actuaciones dignas de un monarca absoluto. Ese poder absoluto de una “trifecta democrática,” donde los tres poderes del Estado están en manos de un mismo partido, carece de controles y contrapesos. Así, el ataque mortal con drones, ordenado sin control alguno por el mandatario de la primera potencia militar contra el polémico General Iraní, Qasem Soleimani, apuntala la fuerza por encima del derecho, contribuyendo al declive de la democracia. El único control disponible, el Senado de mayorías republicanas, mira al costado ante la solitaria voz de la minoría. Se cumple el adagio de Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.” También dijo: “Dinero es poder”. 

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