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Opinión

  • | 1985/10/21 00:00

    EL SOLITARIO

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El alcatraz que cruza mi silencio lleva en su enorme pico la quimera... (Walt Whltman)
El alcatraz es el animal más bello de la creación: No tiene el plumaje opulento del pavo real, ni el canto melodioso del canario, ni la hiriente imponencia del aguila, ni el estremecimiento wagneriano de los turpiales, ni la buena prensa de que disfruta la paloma. No es astuto como la zorra. Le faltan la audacia del conejo y la velocidad demoniaca de la vibora. No posee la paciencia de la lechuza ni la sabiduría del búho. Es, para colmo, un poco torpe y mal pescador.
Pero el alcatraz, con esa cuchareta fea que tiene debajo del pico, y que se le esponja como un velamen al viento cada vez que agarra una sardina, es el-símbolo de las dos cosas más maravillosas que se le ocurrieron a Dios: el mar y la libertad.
Con sus alas abiertas, planeando sobre las olas, parece un jumbo de plumas y músculos. Los pescadores pobres del Golfo de Morrosquillo se burlan de el y lo llaman "El Mentiroso" porque de pronto, como una estrella pegada al aire, el alcatraz detiene el vuelo, mira con sus ojos tristes el cardumen que pasa bajo la marea y se lanza en picada. Se clava en el agua en busca de comida. No consigue nada pero mastica como si hubiera cazado la pieza mas sabrosa del mundo. Luego traga aire porque sabe que lo estan viendo. Su sentido del decoro le impide hacer el ridículo. Es probable que se muera de hambre pero no de verguenza. Por eso, cada vez que veo un alcatraz rebuscando con el pico entre el agua salada, me acuerdo de aquel coronel de Garcia Márquez y de su esposa asmática, que ponían piedras en la olla del almuerzo para que los vecinos no descubrieran su miseria.
Hace dos años un alcatraz viejo comenzó a dar vueltas sobre las casas de la isla de San Andrés. Cada vez volaba más ba jito, reconociendo el terreno, hasta que se familiarizó con los vecinos, con los techos, con la tierra.
Un buen día decidió abandonar su vida de viajero errabundo y sentó cabeza entre los seres humanos. La gente le regala el alimento, pedazos de pescado, aletas de tiburón, sardinitas que se vienen enredadas en las-atarrayas.
El alcatraz, que había perdido para siempre su rumbo de navegante, se hizo amigo de los isleños y construyó su hogar en las paredillas de la Base Naval, al frente de la bahia del Cove. Los niños lo quieren como se quiere a un hermano. Los viejos le dan el almúerzo en la mano.
Pero resulta que hace como un mes el alcatraz no volvió a sonreir ni a aletear. Comía muy poco. No jugueteaba con la gente. Parecía melancólico. Daba la impresión de que se le hubiera contagiado cualquiera de las tribulaciones del corazón de los hombres: la saudade, la lugubredez, la tristeza. Lo examinaron un veterinario y dos poetas. Y los poetas, que son más sabios que los veterinarios cuando se trata de esos achaques de las almas buenas, emitieron su diagnóstico certero: el alcatraz se esta muriendo de soledad.: Lo tiene todo pero le falta lo más importante: una compañera.
Lo acongoja la ausencia de su pareja, que probablemente era una alcatraza casquivana que resolvio seguir volando con un amante más joven y aventurero. La noticia, como un llamado de emergencia, llego hasta mi oficina en Bogotá, donde no hay gaviotas ni olas. Los periodistas de San Andrés requerían de urgencia una hembra para el solitario. Para que el mal de amor no lo llevara a la tumba, para que el viejo pelicano de alas endurecidas volviera a sonreir, necesitabamos una muchacha a su lado.
El doctor Camilo Arroyo, director de las investigaciones científicas que se adelantan en la isla de Gorgona, escuchó el angustioso clamor y respondió a el. Dentro de algunos días una alcatraza del Océano Pacífico, de largas pestañas y ojos ensoñadores, viajará al otro lado del mar, al Caribe, para contraer nupcias con nuestro amigo el melancólico.
El alcatraz solitario de San Andrés es un símbolo de aquel viejo país de nuestras alegrías, o de este nuevo país que se nos está acabando. Esta nueva tierra arrasada donde ya no hay compañeros. Donde el arado fue convertido en espada. Donde el amor, como en el episodio del pellcano, fue reemplazado por la soledad.
Por eso, con la alegría más grande del mundo, anuncio a ustedes que asumo feliz mi nuevo oficio. De hoy en adelante no será el periodismo mi primera ocupación. Desde ahora sere, y soy ya casamentero de alcatraces. Soy alcahueta de pelícanos. A mucha honra...--
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