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Opinión

  • | 2018/01/22 10:45

    Humberto de la Calle y las coaliciones

    Los partidos están en crisis. Necesitan recuperarse ya que por cuenta del clientelismo y del “voto preferente” o “lista abierta” no son más que confederación sin mística de microempresarios electorales. De ahí que no tengan voluntad propia, sino que dependan de la voluntad de sus parlamentarios.

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Humberto de la Calle, en mi opinión, debería ingresar a la alianza que acaban de formar Clara López, Gustavo Petro y Carlos Caicedo, a la cual ha sido invitado, alianza que tiene como propósito escoger el 11 de marzo, en consulta popular, a quién lleve la representación de su programa de Gobierno a la primera vuelta y eventualmente a la segunda. Hacen bien en aliarse basados en principios liberales y democráticos, pues el punto no es si habrá o no coaliciones, sino con quiénes y cuándo, ya que la segunda vuelta obliga a ellas.

Los partidos están en crisis. Necesitan recuperarse ya que por cuenta del clientelismo y del “voto preferente” o “lista abierta” no son más que confederación sin mística de microempresarios electorales. De ahí que no tengan voluntad propia, sino que dependan de la voluntad de sus parlamentarios. Los congresistas no obedecen al partido. El partido obedece a los congresistas. Obviamente esta situación ha llevado a que los problemas reales del país no se solucionen aunque a veces se mejoren, al tiempo que los partidos se debilitan cada vez más ante la opinión pública. Se habrán debilitado tanto que salvo Cambio Radical y el liberalismo, hasta ahora, todos los otros están buscando coaligarse con los de su misma familia ideológica para incrementar sus posibilidades de llegar a la segunda vuelta. El Partido Liberal no debería ser la excepción.

El país necesita esas ideas liberales, democráticas y responsablemente progresistas. Es que somos unos de los países más inequitativos del mundo, lo cual está alimentado, entre otros factores, por las limitaciones del gasto social que se deben a exenciones tributarias superiores a los 72 billones de pesos por cuenta, entre otras causas, de las zonas francas y de los contratos de estabilidad jurídica. ¿Se imaginan la transformación que se lograría con estos recursos invertidos con criterio social y de productividad? Se necesita igualmente un gran liderazgo para que todos tributemos de acuerdo con nuestros ingresos incluidos en estos los percibidos por conceptos de dividendos, algo que ya este gobierno hizo aprobar en la última reforma tributaria tímidamente. Si estas dos medidas se tomaran sería posible bajar la tributación a las empresas a una tasa del 21 por ciento como en los Estados Unidos.

Pocas veces como ahora hay menos igualdad de oportunidades. Es una posibilidad secuestrada por lo que Álvaro Gómez llamaba “el régimen” y que en el Partido Liberal se conoce como en muchas otras agrupaciones con el nombre de clientelismo.  

De otro lado, Colombia carece de liderazgo de alta estirpe intelectual como fue, en época no lejana, por ejemplo, el de Alberto Lleras, Carlos Lleras, Alfonso López Michelsen, Álvaro Gómez Hurtado, por ejemplo. Clara López y Humberto de la Calle son líderes de gran formación académica que conocen bien los problemas del país. Quienes son víctimas del clientelismo y la corrupción, quienes no tienen voz y precisan de una voz que los represente tienen necesidad de ellos. Gustavo Petro no es un gran ejecutivo pero tiene acciones muy importantes en la lucha contra la corrupción y el clientelismo. Es, pues, un compañero de viaje que no desmerece, y Carlos Caicedo fue un gran alcalde de Santa Marta, y la región Caribe y el país van a saber, seguramente,  mucho de él en el futuro.  

Se me ocurre que la coyuntura actual es propicia para una aproximación de De la Calle con esta coalición, de suerte que las ideas liberales y democráticas que encarna tengan una oportunidad en las elecciones de mayo y junio. En mayo ninguna candidatura aislada llegará a la segunda vuelta. De la Calle, que yo creo que ganaría la consulta de esta coalición en marzo, pasaría de no tener ninguna opción de llegar a la segunda vuelta, a una probabilidad cierta de disputar en junio la Presidencia.  

La base de esas aproximaciones puede ser un compromiso con la Democracia, el Estado Social de Derecho, la sostenibilidad fiscal, dique contra el populismo, y la paz como derecho y deber de obligatorio cumplimiento, incluida la firmada con las Farc y aun la improbable con el ELN, si se diera.

En Colombia están asesinando a líderes de derechos humanos y a desmovilizados de las antiguas Farc y a gente de todos los estratos hasta por robarle un celular como le sucedió recientemente a un joven periodista en Barranquilla. Es que no tenemos la cultura del respeto a la vida. Ella le parece a mucha gente menos importante que un carcelazo. Evidentemente no vale mucho entre nosotros, hasta el punto de que son innumerables los colombianos que se oponen a la paz ya firmada con las Farc  a pesar de que ha salvado de la muerte y del desplazamiento a miles de personas. Es que, adicionalmente, perdemos de vista que la vida es demasiado importante como para gastarla en odiar a nuestros semejantes, a nuestros compatriotas, en lugar de perdonarlos, si es el caso, y reconciliarnos con ellos, si se puede. Es hora de recordar a la Biblia: “¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no que se convierta de su conducta y viva?” (Ezequiel 18) Es una enseñanza moral que muchos cristianos tanto católicos como evangélicos parecen olvidar. El Señor no quiere que el pecador muera sino que se convierta y viva.  

Si todos practicáramos estas enseñanzas de moral cristiana quizá “la coalición autoritaria” no tendría como programa de gobierno, la de ver cómo se atropellan principios universales de Derecho para que los comandantes exguerrilleros vayan a la cárcel o pierdan su derecho adquirido a ser parte de los cuerpos colegiados. Para hacerlo deberán pasar por encima del principio de favorabilidad penal consagrado en nuestra Constitución y en diversos tratados de derechos humanos. También tendrían que irrespetar el principio de los  derechos adquiridos para desalojarlos del Congreso, de las asambleas y de los concejos distritales y municipales a los cuales habrían llegado conforme a la Constitución y a la ley. Tendrían que privarlos del derecho a ser elegidos después de haberlo sido. Nos prometen como programa de gobierno la barbarie jurídica. Necesitamos, los ciudadanos que no queremos comprometer el futuro en homenaje al pasado, una coalición fuerte para derrotar el oscurantismo que nos amenaza.

La premisa de que si no se logra definir en marzo una única candidatura de absolutamente todas las fuerzas liberales y democráticas, incluida la que lidera Sergio Fajardo, es mejor ir en solitario a la primera vuelta, implica caminar con los ojos abiertos y a plena luz del día hacia el abismo de la derrota.    

La Democracia Liberal significa respeto a los derechos humanos de todos sin distinción alguna;  no actuar desde el poder en beneficio propio; inhibirse de hacer interceptaciones telefónicas a periodistas, dirigentes de la oposición y magistrados supuestamente desafectos al poder, y desde luego, impedir los llamados falsos positivos.

Es bien sabido que no hay Democracia sin respeto a los derechos humanos y que no hay derechos humanos sin Democracia. No queremos volver a los tiempos en los que desde el SIC y el DAS se violaban esos derechos.

Por alguna extraña razón vienen a mi memoria estos versos de Sor Juana Inés de la Cruz:

“Al que ingrato me deja, busco amante;

al que amante me sigue, dejo ingrata;

constante adoro a quien mi amor maltrata;

maltrato a quien mi amor busca constante”.

*Constituyente 91

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