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Opinión

  • | 2018/05/02 08:21

    Colombia: entre la primavera política y el Mondo Cane

    Aparecen como salvadores quienes emplearon su fraudulenta retórica, sus curules en el Congreso y sus alfiles en las cortes para llevar al país hasta el borde del precipicio.

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Colombia es como una moneda. Cara y sello. Pareciera que su destino es el de vivir dos realidades en un mismo tiempo. En una parte los arbustos florecen, en la otra se marchitan. La primavera política que se ha despertado en las plazas del país a consecuencia de la original campaña de Petro, coexiste con una atomización de la violencia en barrios marginales de las ciudades y en las fronteras selváticas del territorio. Mientras los candidatos exponen sus planes ante un festivo auditorio caribeño, en otros lugares las bocas de fuego matan a la bartola.

Cada nación vive la primavera política a su manera. La “primavera política” es una atípica eclosión de ideas y comportamientos masivos que brotan desde todos los segmentos sociales y buscan, en resumidas cuentas, cambiar el rumbo de una nación. Son movimientos transversales que involucran a gente de todas las edades y entornos socioeconómicos. Gente que está harta de un estado de cosas y guarda la esperanza de que un nuevo aire refresque a la contaminada atmósfera política.  

Cada nación vive la violencia a su manera o encuentra un sucedáneo. A veces ese lobo que llevamos por dentro despierta de un largo sueño y coge a dentelladas todo aquello que se mueve a su alrededor. Es cuando la violencia se banaliza y la vida cuesta lo mismo que una bala. Algunas sociedades han entendido los peligros de la naturaleza humana y encuentran en el pacto social, la educación y la cultura un sucedáneo a ese Mondo Cane.

A contracorriente de la historia, la primavera política colombiana encontró lugar en la campaña presidencial de 2018. Nada se pierde en reconocer que la aplicación y el entusiasmo de Petro son las causantes de esta primavera política que cae bien a la higiene mental de una sociedad como la colombiana, en los que la participación política no ha sido más que un asunto de toma y dame, un ejercicio mediocre, un ruin negocio de votos y sillones salpicado, en muchísimos casos, con sangre.

El Mondo Cane, es la otra realidad de Colombia. La violencia extendida en el territorio e indefinida en el tiempo. Por causa de unos operadores políticos profesionales que, antepusieron su tacaño presente al de un aceptable futuro para el país, la violencia -no cualquier clase de violencia- crece en escala geométrica, adquiere forma trasnacional, afecta las relaciones con los vecinos, vuelve a narcotizar las relaciones con Europa y los Estados Unidos y cobra innumerables víctimas. No hay ejército o policía en el mundo que pueda sortear con éxito a un creciente, caótico y disperso número de agrupaciones con brazaletes conocidos y por conocer.

No hay solución a la vista del Mondo Cane que se ha apropiado del vacío dejado por las Farc. Menos de quienes emplearon su fraudulenta retórica, sus curules en el Congreso y sus alfiles en las cortes para llevar al país hasta el borde del precipicio. Hace poco el mundo veía a Colombia como a un país dueño de un acuerdo de paz. Hoy día es vista como una amenaza para sus vecinos, como un país que inunda a los puertos del Pacífico, Atlántico y Mediterráneo con toneladas de cocaína, un país en los que parte de su territorio está controlado por agrupaciones criminales con alcances globales que matan a los locales y amenazan a los extranjeros.   

Humberto de la Calle repartió responsabilidades con relación al desastre. Entre los señalados hay algunos que aspiran a la Presidencia. Los responsables del desastre se ofrecen como salvadores. La violencia no se detiene. Ahora está en Tumaco y Catatumbo. Ha vuelto a las comunas de Medellín. Unas veces se llama “Guacho”, “Clan del Golfo” o “Disidencias”. A otros aún no los han nombrado, pero ya tienen armas y brazaletes. Matan a uno y otro toma el mando. Disparan, cobran, apoyan candidaturas, asesinan a líderes sociales, sobornan, hacen fiestas, usan las redes sociales, matan periodistas, se matan entre ellos. Las vainas comienzan así: unos tipos que se vuelven ricos y poderosos en las selvas y luego amenazan con cortarles la garganta a los que deciden las cosas en Bogotá. Es un ciclo que vuelve y juega.

Puede que esta vez la primavera política colombiana consiga algo, algo que no nos devuelva al pasado, al pasado terrible.  

* Escritor y analista político

En Twitter: @Yezid_Ar_D

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