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Opinión

  • | 2019/03/30 23:55

    En la película del libro Santos...

    ...y a Gustavo Petro podría interpretarlo su primo Noel, el Burro Mocho.

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Digo la verdad: no pensaba comprar el libro de Santos. Seiscientas páginas son seiscientas páginas, me decía, y en estos momentos yo ando como la propia familia expresidencial desde 2007: sin el tiempo. Además, imaginaba que las memorias del nobel abarcarían varios capítulos sobre su infancia; sobre la vez que fue acólito de Camilo Torres y juró en mármol no hacer sonar la campana a destiempo, instantes previos a hacerla sonar a destiempo; sobre la rinoplastia, la blefaroplastia, Jaque y demás

operaciones de las que se siente orgulloso. E incesantes autoelogios sobre su participación en las administraciones de Pastrana y Uribe, gobiernos mediocres de los cuales lo único por mostrar, diría él, fue su propia labor.

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Pero fue tal la campaña para desacreditar el libro desatada en redes sociales por parte del uribismo que no soporté las ganas de comprarlo. Siempre sucede. Las campañas de desprestigio son, a la vez, una extraordinaria publicidad, por más de que algunos numerales fueran inmisericordes: #SantosTraidor, #SantosMiserable, #SantosTraidorYMiserable. Por poco descienden a niveles más agresivos: #SantosBuenMuchacho, #SantosImpoluto. Incluso #SantosUribista.

...y a Gustavo Petro podría interpretarlo su primo Noel, el Burro Mocho.

Semejante aluvión de escupitajos virtuales, pues, despertó mi interés, y supuse que entregarme a la lectura de un libro cualquiera, incluso de ese, me distraería de las redes sociales, sucias e irrespirables como el aire de Bogotá. El último debate lo protagonizó Gustavo Petro por subir a la cuenta de Twitter una fotografía de sus zapatos Ferragamo llenos de barro mientras visitaba a los indígenas del Cauca. Acompañó la imagen con un texto en absoluto populista en que invitaba a Iván Duque a embarrarse los zapatos él también, para dialogar con los líderes de la minga. Mientras lo leía, podía imaginar el regaño que el caudillo Humano se ganaría en la casa:

–Gustavo Ernesto, la próxima se me pone las botas de caucho, mire todo este chiquero…

–A Petro, es decir a mí, no me gusta usar esas botas, porque me recuerdan a mis años de…

–De guerrillero, sí, ya sé: pero vea cómo dejó todo el piso…

–Iba a decir de gavirista, porque son marca Machita. Pero recordé que no fui gavirista…

–Están para botarlos a la caneca…

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–Bótalos, que las ciudadanías libres de la Nueva York Humana me están comprando otro par en una boutique de Salvatore…

–¿Mancuso?

–De Salvatore Ferragamo.

Me devoré, pues, el libro. Me salté el capítulo de la primera comunión de Martín; de la vez en que Botero hijo casi le cobra el doble de precio por un cuadro de Botero padre (el capítulo se llama ‘No hard feelings’); de su relación política con Clarita López (el capítulo se llama ‘No hard peelings’). Me leí a las carreras el fragmento del golpe de Estado que planeó contra mi tío Ernesto (no hard feelings), y me sorprendí con algunos vacíos de memoria, porque el tal capítulo sobre el paro agrario no existe y el autor se acaba de enterar de que no publicaron el de Odebrecht. Pero en términos generales me gustó. Es un libro necesario: la versión de un hombre que, para fortuna de las generaciones venideras, traicionó al uribismo para sacar a Colombia de la senda de la guerra. Y de los guerra. Los Guerra de la Espriella, en concreto.

Temo, sin embargo, que, debido al bajo promedio de lectura del pueblo colombiano, el mensaje del libro no se difunda, e impere la versión de la historia de Uribe, narrada de manera efectiva desde el odio de las redes sociales.

Sí: yo sé que la editorial centrará sus esfuerzos en promover el título en nuestra feria del libro, aprovechando que Colombia será el país invitado de Colombia; que quien no tenga dinero podrá leerlo en la Biblioteca Álvaro Uribe Vélez que abrieron en Cali, con el mismo acierto con que abrirán el club de caballistas Jorge Luis Borges.

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Pero no nos digamos mentiras: el lenguaje de hoy es audiovisual. Y si Santos de veras quiere difundir su versión de manera masiva, sin tantas escenas de suspenso, es urgente que lleven el relato a la pantalla, y lo conviertan en una serie de Netflix, o en una película.

En la película sobre el libro de Santos, Danilo Santos, que es uribista pero también es actor, puede interpretar a Juan Manuel idem; Naren Daryanani, a Martín Santos; Carlos Molina, a Iván Duque; Enrique Carriazo, a Angelino Garzón; el Chato Latorre, a Pacho Santos; Pacho Santos, a Pacho Miranda. Y Andrés Parra, al primo de José Obdulio Gaviria.

Norberto puede interpretar a Claudia Gurisatti (o a Donald Trump o a Alicia Arango, según lo pida el guion). Suso el Paspi, al expresidente Uribe. Y a Gustavo Petro podría interpretarlo su primo Noel, el Burro Mocho. Si de veras le falta una pierna, se necesitaría solamente un zapato Ferragamo, lo cual reduciría los costos de producción. Dios mediante no esté embarrado, y el uribismo en pleno se anime a difamar la película con trinos y vallas, para que nadie se quede sin verla. 

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