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Opinión

  • | 2019/03/21 18:50

    Frontera de papel

    Una cosa sí pasó la frontera el 23 de febrero: se abrió un nuevo espacio de encuentro para periodistas colombianos y venezolanos, comunicación que se ha mantenido y enriquecido con el paso de los días y la profundización -¿estancamiento de una solución?- de la crisis en Venezuela.

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Lo que empezó como una lista de contacto para recibir información y coordinar el cubrimiento del concierto Venezuela Aid Live, creció los días previos al evento y ha seguido aumentando en este mes desde los sucesos en los puentes, el fracaso del paso de la ayuda y la larga oscuridad que se tomó a ese país poco después. Ya no sé cuántos estamos ahí recibiendo información, denuncias, pidiendo ayuda, contactos, fuentes, confirmación de datos, pero lo que sí tengo claro es que esta red es uno de los logros que quedan de las iniciativas, más o menos atinadas, para apoyar a los venezolanos.

En Venezuela, además de la falta de luz, de agua, de comida, de medicamentos, de equipos quirúrgicos, de insumos de toda clase, falta la libertad de prensa. Hemos visto, además, cómo en las últimas semanas el régimen de Maduro se ha ensañado contra periodistas como Luis Carlos Díaz, capturado por el SEBIN y acusado de atentar contra la infraestructura energética venezolana, en un delirio ya sin precedentes.

Pero la rapidez –a la velocidad de la luz- con que viajaron los mensajes denunciado su detención hizo que toda la comunidad de periodistas alertara sobre la captura de este “tejedor de redes” y en algo aportara para alertar internacionalmente su situación, evitando, tal vez, que su caso se perdiera por entre los pasillos del Elicoide. También ha ayudado a difundir y denunciar la detención de Rafael González y el asesinato del periodista Alí Domínguez.

Claro, una cuenta de WhatsApp no es más que un pañito de agua tibia para sanar la violencia que han recibido los medios tradicionales e independientes por parte del régimen, pero a la vez es un gran desafío a favor de la libertad de prensa. Ya no solo se trata de las  buenas páginas web creadas como respuesta al intento de silencio y la forzada compra de medios por parte del chavismo (y el oportunismo de varios de sus dueños para hacerse a unos reales, valga decir), sino de un mecanismo de comunicación e información al alcance de la mano, poderoso, con el claro propósito de ayudar a los colegas que cubren y padece la crisis venezolana.

La colaboración en esta red hasta ahora ha logrado estar enfocada en el oficio, procurando dejar de lado el discurso político. Allí confluyen todas las voces y nadie anda en plan de polarizar. Cuando se han dado intentos o descuidos “proselitistas”, rápidamente la misma comunidad ajusta el paso y recuerda para qué esta esa cuenta.  Y otra cuenta, más reciente, tiene las mismas reglas de juego, pero trata exclusivamente de acoso, violencia o flagrante limitación al derecho a la información, donde se exponen casos concretos de diferentes periodistas de allá y de aquí, como aporte y de apoyo para la prensa en riesgo. En todos lados se cuecen habas…

La red del 23F, además de compartir imágenes y permitir entre colegas el amplio uso (dando el debido crédito), ubica documentos, contactos y, sí, recoge angustias. En los días más severos del apagón, quienes estamos de este lado de la frontera pudimos seguir con impotencia el impacto a medida que los colegas venezolanos compartían información periodística y personal: padres ya mayores, confinados en apartamento o casas de poblaciones totalmente a oscuras, sin ayuda y sin poder recoger lo básico para sobrevivir; la petición repetida era si alguien podía verificar que la abuelita, la madre y los más débiles estaban bien. Otros informaban de medicinas que se requerían con urgencia en tal hospital, sin luz, sin agua, sin insumos. Solo lleno de pacientes.

En el gran apagón se hablaba de puntos de conexión a la red (panaderías, pizzerías, centros comerciales), para cargar baterías, pero también de ciertos sitios, calles o barrios donde estaba la movida maluca del régimen:  colectivos y gente de seguridad, peligrosos especialmente para un periodista desprevenido que por mala suerte pase por allí y caiga en una redada.

Sin que ese sea su propósito, pero finalmente como un gran diario de abordo, los colombianos vamos leyendo día a día, chat por chat, los episodios de la vida en Venezuela. La dimensión de la tiranía de la escasez que muestran tiene una profundidad muy diferente a la que registran los grandes medios, los enviados especiales, las agencias de noticias.  Un registro que se debe guardar, como parte de los archivos del mal, para no repetir la historia, para sacar lecciones para futuros periodistas de ambas naciones, para contar con un manual de cubrimiento y supervivencia en modo guerra y desastre natural a pesar de que no lo hay.

Hace muchos años, en los 90, épocas de estudiante de Ciencia Política, decidí que la tesis la haría sobre la integración colombo-venezolana, que empezó en 1989 (un aspecto positivo de ese año aciago).  Se llamaba “Frontera de papel”. Sigo creyendo, como entonces, que los medios de comunicación, especialmente la prensa escrita (la radio, más dada al chauvinismo), fueron claves en la apertura, en contar otras historias, preguntar, cuestionar y abrir espacios donde pudiéramos enterarnos el uno del otro, reconocernos.

Hoy confirmo, por otras rutas y a través de nuevos canales y voces, que en los medios de comunicación hay una gran responsabilidad por acercar a los dos pueblos, cuestionar a sus dirigentes, tender puentes, descubrir temas y derribar prejuicios. La crisis venezolana ha contribuido a acercar nuevamente a la prensa y a los periodistas de los dos países. Ojalá ese interés que hoy se ve en portales, cientos de páginas impresas, editoriales, debates radiales y el movimiento más serio en redes, no desaparezca cuando salga el vecino. Sería empezar a construir, otra vez, un muro en la frontera.

@polymarti



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