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Opinión

  • | 2018/01/11 15:00

    Mitología revolucionaria

    Uno de los logros mayores de las Farc en las negociaciones de La Habana, consiste en haber construido un relato histórico que las enaltece y pretende hundir en la ilegitimidad al Estado colombiano.

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La mitología de los eventos fundacionales de una nación o un movimiento político revolucionario cumple un papel fundamental; sirve para fortalecer la adhesión de los ciudadanos, o la fe en la justicia de la causa de quienes pretenden derrocar un orden político para sustituirlo por otro. Varios relatos legendarios ha elaborado Colombia desde los albores de la República. El de mayor jerarquía puede ser el conocido como el “Florero de Llorente”. Por absurdo que parezca, una disputa entre un “chapetón” y unos “patriotas” tendría la capacidad de explicar la independencia frente a España.

El mito fundacional de las Farc no es menos audaz. Fue enunciado por “Manuel Marulanda” en enero de 1999 al abrir las fallidas negociaciones del Caguán. Se encuentra en el famoso discurso de “La silla vacía”, que fue leído por un delegado suyo, pues el socarrón dirigente guerrillero resolvió desairar con su ausencia al presidente Pastrana.

Allí podemos leer que en 1964 el Estado, con la cooperación de los Estados Unidos, tomó la decisión de agredir, usando un gigantesco operativo militar, a 48 campesinos inermes. Estos se vieron forzados a huir hacia la región de Marquetalia “donde el Estado nos expropio´ fincas, ganados, cerdos y aves de corral (…)”. Luego, en diciembre de 1990, “el señor Cesar Gaviria liquida toda posibilidad de diálogos encaminados a buscar la paz. Con esta nueva agresión el Ejercito oficial se apodera de 300 mulas de carga, 70 caballos de silla, 1.500 cabezas de ganado, 40 cerdos, 250 aves de corral, 50 toneladas de comida, destruye puentes de la comunidad, arrasa con las sementeras y quema casas, para demostrar el poderío del Estado a través de la Fuerza Pública”.

Al margen del contenido de verdad que este relato pueda tener en cuanto al número de guerrilleros y animales domésticos, se supone, en la mitología fariana, que las agresiones padecidas por ese puñado de campesinos serían la génesis de una guerra civil que habría durado hasta cuando, en noviembre de 2016, se firma el fin de ese conflicto con el Gobierno del presidente Santos.

Por supuesto, no sorprende que los dirigentes guerrilleros crean esa novela. Con motivo de la apertura de las negociaciones en Oslo, en octubre de 2012, “Iván Márquez” dijo. “Venimos aquí con (sic) acumulado de una lucha histórica por la paz, a buscar codo a codo con nuestro pueblo la victoria de la solución política sobre la guerra civil que destroza a Colombia”.

Pero no resulta grato, por decir lo menos, que desde la orilla estatal se respalden, sin duda de buena fe, las falacias del adversario. Al recibir el premio Nobel de Paz en diciembre de 2016, nuestro presidente dijo: “Hace tan solo seis años los colombianos no nos atrevíamos a imaginar el final de una guerra que habíamos padecido por medio siglo”.

La consolidación del mito de unos humildes campesinos perseguidos por el Estado como causa de una “guerra”, naturalmente exige eliminar cualquier mácula que pueda deteriorar la imagen heroica de las Farc. Su incuestionable involucramiento con los cultivos ilícitos y la explotación del narcotráfico ha pasado a ser una mera hipótesis, algo que, quizás, pudo, aunque no necesariamente, suceder. Según el Acuerdo Final (p.101), las Farc se comprometen en un escenario de fin del conflicto (…) a “poner fin a cualquier relación, que en función de la rebelión, se hubiese presentado con este fenómeno”.

Desde luego, la intención de esa leyenda, que ningún historiador respetable comparte, consiste en constituir a las Farc en el interlocutor necesario de la sociedad colombiana para definir de común acuerdo la agenda de desarrollo nacional al menos durante 12 años; y, al mismo tiempo, para señalar a los culpables de la guerra, que son, por necesidad lógica, el Estado “opresor” y los sectores sociales que lo respaldan.

Qué pena disentir pero el mito de los más de 50 años de guerra es una fábula: (I) las Farc nunca tuvieron apoyo popular, requisito indispensable para que pueda hablarse de guerra civil; (II) los conflictos entre las Farc y el Estado han sido varios, no son uno solo que se prolonga en el tiempo: algo va de la pequeña guerrilla campesina que reivindicaba el acceso a la tierra, al poderoso cartel de la droga que llegó a ser; (III) Colombia ha tenido que enfrentar varios movimientos guerrilleros, no solo las Farc; varias serían, pues, las “guerras”.

No me crean a mí; créanle a Daniel Pécaut, uno de los académicos que mejor conocen nuestro país, quien en su más reciente libro - “En busca de la nación colombiana”- escribió: “Este gesto simbólico [el reconocimiento de una dilatada guerra civil] convierte en legítima a posteriori la acción de las FARC que ahora puede aparecer como producto de la humillación vivida por las masas campesinas durante la violencia y luego durante el Frente Nacional. El personaje de Marulanda es en sí mismo la encarnación de esa supuesta continuidad...”

El mal ya está hecho. Por eso la revista Foreign Policy no vacila en incluir a “Timochenko” entre los cien pensadores más importantes del año. Le reconocen el mérito de contribuir a “llevar estabilidad a un país devastado por décadas de guerra civil”, un aporte trascendental. En adelante, se trata de revertir el daño o, al menos, de atenuarlo.

Briznas poéticas. Hecha de silencios y pocas palabras, la poesía de Horacio Benavides: “Ser una fea oruga/ cerrar los ojos/ dormirse en el capullo/ despertarse mariposa”.

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