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Opinión

  • | 2019/05/27 18:05

    Nada más poderoso que una buena historia

    En el Juego de Tronos la altura de los personajes nada tiene que ver con su estatura. Al final de la serie los verdaderos héroes de Westeros son dos personas pequeñas, inteligentes y sagaces.

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Seguí uno a uno los 73 capítulos de Juego de Tronos, todo un ícono de la cultura audiovisual de la segunda década del siglo XXI. Desde la primera emisión de la serie en abril de 2011 hasta la última el 19 de mayo pasado, se han escrito críticas, análisis y hasta libros de teoría y de estrategia política basados en la fantasía medieval creada por R.R. Martin.

Espero que quienes no la siguieron, comprendan este texto. En resumen, es la historia de la lucha por un trono que gobierna los 7 reinos de un continente estrecho llamado Westeros, donde la gente piensa que el mundo son solo ellos y un continente vecino, Essos, donde las gentes tienen costumbres, para ellos, extrañas. Westeros es un continente que parece condenado a la oscuridad por cuenta de las luchas entre las diferentes casas nobles y las difíciles alianzas para intentar destronar a quien usurpa el trono; porque también reclama el trono una legítima heredera venida de Essos montada en dragones letales; porque todos corren el riesgo de convertirse en muertos vivientes que engrosen el ejército letal de helados caminantes blancos, andrajos de humanos sin alma que obedecen al rey nocturno; y porque el invierno ha llegado, y en Westeros el invierno dura 7 años.

Para enfrentar a los zombis no sirven las armas comunes, espadas y flechas; solo los acaba el acero valiriano, la obsidiana o el fuego. Arrodillarse ante la madre de dragones y acompañarla en su cruzada por el trono es el precio que van a pagar los hombres libres a cambio de contar con los dragones, la única arma masivamente letal contra los muertos vivientes.

Pero como dijo Mao, “las armas son un factor importante en la guerra, pero no el decisivo. El factor decisivo es el hombre”. Así es como para acabar con los caminantes blancos bastó una pequeña daga y el movimiento preciso de una pequeña guerrera; sin embargo, para la madre de dragones, tener el arma más potente la convirtió en una tirana que produjo una catástrofe inconmensurable.

En Juego de Tronos las mujeres y los hombres somos iguales; a igual ambición desbordada de poder, idéntica tentación de tiranía. Daenerys Targaryen, madre de dragones y quebrantadora de cadenas, había emprendido su camino por el trono de hierro liberando pueblos esclavos y proclamándose la reina legítima para el mundo de los hombres libres. Cada nuevo pueblo a sus pies es una trenza más en su larga cabellera rubia.

En nombre de la libertad, Daeneris cruza los continentes, calcina a sus enemigos y suma ejércitos bajo su mando. Pero en la serie, como en la historia, el discurso de un mesías presagia tiranía, y esta cruzada libertadora va a terminar en un genocidio absolutamente innecesario, que ella justifica en nombre del futuro de dignidad para todos los pueblos del mundo.

En el cierre de Juego de Tronos, los libretistas les concedieron a los déspotas y los tiranos la muerte en brazos del amor; fundieron el trono de hierro en las llamas de un dolor desgarrador; y decidieron que fuera una asamblea de nobles la encargada de decidir quién sería el rey que gobernaría en adelante los 6 reinos, porque el séptimo, el reino del norte en cabeza de Lady Sansa, reclama el derecho antiguo de su pueblo a no arrodillarse ante ninguna corona. Y el favor se le concede.

Sin trono de hierro, quien reine no lo será más por cuna, sino por una decisión de los gobernados. Es un pacto entre guerreros no la guerra, la política no las armas, lo que triunfa cuando los nobles deciden que sea Bran Stark, el discapacitado que no tiene más poder que conocer el pasado y la memoria de los pueblos, el elegido para gobernar en el tiempo de paz que se avecina.

En el Juego de Tronos la altura de los personajes nada tiene que ver con su estatura. Al final de la serie los verdaderos héroes de Westeros son dos personas pequeñas, inteligentes y sagaces. Arya Stark, la que en un movimiento maestro venció a la muerte con una daga, la niña vengadora, es una heroína que zarpa a explorar el mundo más allá del occidente de Essos y nos deja con su imagen de Cristobal Colón con un pie en el renacimiento.  

Y Tyron Lannister, el enano de una familia muy poderosa, que ha sobrevivido porque es la voz de la sensatez y la inteligencia. En una escena memorable del último capítulo, cuando propone al discapacitado como rey, el enano dice “¿Qué une a la gente? ¿Los ejércitos? ¿Las banderas? No. No hay nada más poderoso que una buena historia”. Basta la devoción de millones de seguidores de Juego de Tronos para corroborar la sentencia.

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