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Opinión

  • | 2018/06/21 12:35

    Gobierno; Oposición

    El esquema de gobierno reelegido que hemos tenido durante los últimos dieciséis años finaliza; volvemos a periodos presidenciales de cuatro. Inauguramos también una oposición que será beligerante y, posiblemente, belicosa por parte del Petrismo

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Colombia deja atrás, por fortuna, la regla de periodos presidenciales de cuatro años con la posibilidad de reelección inmediata. La ventaja de gobiernos más largos, lo que contribuye a la estabilidad de las políticas, no se compensa con los riesgos de que el presidente en ejercicio abuse de los recursos del Estado para competir, en su conato de reelección, en condiciones desiguales frente a sus adversarios. Al eliminar ese experimento, que comenzó en el 2006, infortunadamente, perdimos la oportunidad de establecer mandatos de cinco o seis años, sin reelección para el periodo siguiente.  

Duque, con apenas 19 senadores de un total de 108 (en la Cámara la situación es semejante), no puede gobernar sin configurar una alianza con otras formaciones políticas. No se vislumbra que tenga dificultades para lograrlo habida cuenta de la plétora de adhesiones, con amplia representación parlamentaria, que recibió durante la segunda vuelta. Es bueno que así suceda. Significa que podrá implementar su programa, ojalá en bien del país.

El riesgo en este próximo cuatrienio es otro: que la única oposición sólida que tenga que afrontar sea la que provendrá de Gustavo Petro y la denominada “Colombia Humana”, antipática expresión que nos convierte a quienes en ella no militamos en una categoría ignota de seres no humanos, humanoides o simios. Como si esto fuere poco, hemos sido notificados por el candidato que quedó segundo en la contienda de que hay dos clases de ciudadanos, unos “libres”, y otros que no lo son pero que terminaron siendo mayoría. ¿Le reconocerá legitimidad sobre estas bases al resultado electoral?

Será la suya una oposición aguerrida que se verá fortalecida por el recientemente expedido Estatuto de la Oposición. Tendrá Petro curul en el Senado, al igual que su fórmula presidencial irá en la Cámara, y será líder de una bancada integrada por cuatro senadores a la que probablemente se sumarán los cinco dirigentes farianos. Además, en condiciones igualitarias con otras formaciones de oposición, gozará del derecho de réplica contra el Gobierno, participación en las mesas directivas, acceso a financiamiento especial, control del orden del día parlamentario cada cierto tiempo, y otros beneficios otorgados a la oposición que vamos a estrenar a partir del 20 de julio.

Todo esto es saludable. La democracia se caracteriza por su alteridad y su polaridad. No puede haber gobiernos perpetuos; el antagonismo entre Gobierno y oposición es de su esencia.  Para dejar atrás el Frente Nacional, que ya había cumplido su papel, Virgilio Barco (1986/90) forzó al partido conservador a ser oposición, pero ese esquema se diluyó en años posteriores. Renació en la Carta del 91 que ordenó la expedición de un estatuto de la oposición, promesa que solo ahora se ha cumplido.   

El problema que avizoro consiste en que Petro tiene compromisos débiles o ambiguos con el sistema político dentro del cual actúa. Se puso de presente de manera palmaría en el contrato de recepción de las “Tablas de la Ley” que suscribió con Mockus y que ha quedado sin validez por haber fallado la condición de que le sirviera para conquistar la presidencia. Honda preocupación tuvo que tener ese ilustre pedagogo para pedir al caudillo de las huestes “humanas” que no pretendiera arrasar con las instituciones mediante una asamblea constituyente convocada por fuera de las reglas constitucionales.

Ese temor no fue infundado. En el programa del candidato puede leerse que habrá unas “constituyentes territorializadas” que serán el germen de un Gobierno que irá más allá de las modalidades de democracia representativa y de participación. No es claro qué significa esto. Quizás se trate de la simbiosis perfecta entre el pueblo y su líder en la que creyó Chávez, que bien describe García Márquez en “El Otoño del Patriarca”, y que, por cierto, no requiere validación democrática en comicios libres, que son, apenas, una invención de la “burguesía”.

En su discurso del día de elecciones Petro nos informó que uno de sus mentores intelectuales es el sociólogo italiano Antonio Negri, un pensador y activista político con un pasado turbulento. Lo digo porque fue condenado en su país por un conjunto de graves crímenes y por sus vínculos directos con grupos terroristas. Del reportaje que concediera al periódico inglés The Independent el 17 de agosto de 2004, traduzco esta cita: “Vivo la vida del francotirador, el disidente, el criminal y el trabajador que no se presenta a su trabajo. Cada vez que me pongo mi máscara de ski siento el calor de la comunidad proletaria a mi alrededor…”. ¡Vaya angelito!

Por todas estas razones creo que mucho convendría a Colombia que algunos partidos serios, o con intención de convertirse en tales (seamos optimistas), decidan no participar de las “mieles del poder”. El Polo Democrático es una opción adecuada, pero seguramente habrá otras. Ello garantizaría que dentro de cuatro años tengamos alternativas reformistas, a las que prefiero frente a aquellas que ofrecen la refundación de la sociedad para hacer emerger el “Hombre Nuevo”. La experiencia demuestra que quienes prometen paraísos nos llevan de patitas al infierno.

Briznas poéticas. Dice Ricardo Reís, uno de los heterónimos de Fernando Pessoa: “No quiero la verdad/ Sólo quiero la vida/ Vida los dioses dan, no dan verdades/ Ni saben qué es verdad.”

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