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Opinión

  • | 1985/08/19 00:00

    GRIPAS QUE HAN HECHO HISTORIA

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La semana pasada los medios de comunicación sorprendieron al mundo con una noticia rotunda: Ronald Reagan, el presidente de los EE.UU., tiene cancer.
En una era como la actual, en la que las armas nucleares han dotado a algunas naciones del universo de la fuerza más grande de su historia, nunca había sido tan importante exigir de sus líderes un perfecto equilibrio físico y mental. Por eso el parte clínico sobre la salud del primer mandatario norteamericano no debe ser interpretado como una amabilidad de sus médicos. Se trata de un derecho del pueblo norteamericano a saber si quien conduce los asuntos del país está verdaderamente capacitado para continuar al mando.
No siempre, sin embargo, las enfermedades de los grandes líderes de la historia han sido comunicadas a la opinion pública con tanta franqueza. Por el contrario, la humanidad ha vivido engañada por la aparente vitalidad de quienes han manejado los hilos de surdestino. Lo peor de este descubrimiento consiste en la evidencia de que muchos de esos hilos fueron manipulados por mentes seniles, arterioscleróticas o psíquicamente deformadas, como consecuencia de graves enfermedades físicas que se mantuvieron peligrosamente ocultas por culpa de un equivocado concepto del secreto médico.
Un apasionante libro, "Aquellos enfermos que nos gobernaron", del periodista Pierre Accoce y el médico Pierre Rentchnick, nos revela una serie de mortificantes detalles sobre esas enfermedades ocultas de algunos líderes de la humanidad.
Uno de los casos más escandalosos fue el de Franklin Roosevelt. El hombre que llegó a participar al lado de Churchill y de Stalin en la histórica conterencia de Yalta, en la que se parcelaría el planeta y se decidiría la suerte de 3 mil millones de seres humanos, era un moribundo. Fallecería dos meses después. Un parte médico oportuno habría revelado que no se encontraba ni física ni mentalmente capacitado para intervenir en tan trascendental episodio. Padecía de arteriosclerosis desde hacía varios años, pero sus constantes crisis cardíacas y vásculocerebrales eran explicadas por su médico personal como "gripe recidevante".
Cuando Roosevelt llegó a Yalta presentaba altibajos de humor, somnolencia, ausencias intelectuales, amnesia, descoordinación del pensamiento, obnubilación. En lugar de estudiar los documentos que le habían sido entrenados con valiosa información política, prefirió invertir sus horas libres en la lectura de novelas policíacas.
Hoy los historiadores juzgan severamente la actuación del presidente norteamericano en Yalta. Siempre quedara flotando en el ambiente la duda de si Stalin aprovechó la enfermedad de Roosevelt para dar vuelta a la llave que alteraría para siempre la geografía política mundial.
El mismo Stalin, que gozaba de buena salud en la época de la conferencia de Yalta, habría de engrosar algunos años más tarde la lista de "aquellas enfermedades que nos han gobernado". Una grave arteriosclerosis comenzó a minarlo. Y los trastornos vasculares empezaron a ejercer una maléfica influencia en su mente: ¿Quién podría negar la posibilidad de que hayan sido sus trastornos físicos y mentales los verdaderos gobernantes del imperio de terror que se instaló entonces en la URSS?
Pero, ningún caso más escandaloso que el del presidente norteamericano Thomas Woodrow Wilson. Arteriosclerótico de mucho tiempo atrás, a los 40 años comenzó a presentar los primeros indicios de su dolencia, cuando sufrió una parálisis del lado derecho. Diez años después un trombo lo deja ciego del lado izquierdo. A los 63 años, ya en la presidencia, sufre un ataque cerebral masivo. Pierde el uso de la palabra, en momentos en que el Senado debate el retiro de EE.UU. de la Sociedad de las Naciones. Y sucede algo inverosímil: la señora Wilson se hace cargo del país, exigiéndole a los ministros completa reserva, en consideración "a los efectos nocivos que la dimisión del Presidente ocasionaría entre los norteamericanos, y a las repercusiones fatales sobre su estado de salud". Nadie lo adivinó entonces. Los EE.UU. navegaron varios meses como un barco sin timonel...
Esclerosis cardiovascular, bronquitis, atrosis cervical, hipos... Media docena de enfermedades distintas y un solo Papa verdadero: Pío XII. Por su propia voluntad, el hombre que conduce los destinos espirituales de media humanidad no se deja tratar por la medicina moderna. Llama a un curandero, quien lo inyecta con una panacea singular: células trituradas de animales...
Baldado, encorvado, amenazado en su integridad intelectual y en su vida por un derrame cerebral previo, Winston Churchill asume en 1951, por segunda vez, las responsabilidades de Primer Ministro. Su médico reconocería, años después, que clínicamente Churchill ,no estaba capacitado para continuar en el poder.
"Me siento un poco agripado" les dijo en alguna navidad Georges Pompidou a un grupo de colegiales, como disculpa para retirarse temprano de la celebración. En realidad, el Presidente francés sufría de "macroglobulinemia", enfermedad rara, lenta y mortal. Fue tratado con cortisona. Pero ni aun los efectos secundarios de esta droga: insomnio, nerviosismo, estados maniacodepresivos,
impulsos suicidas, influyeron para que Pompidou les devolviera el país a los fracenses. Cuando el derrumbamiento final se inicia, sus médicos personales entregan a la opinión pública francesa un parte sobre la salud de su Presidente. Oficialmente ha quedado confirmado que Pompidou... sufre de hemorroides.
Sin duda alguna, la historia de John Kennedy resulta ser la más sorprendente, porque logró venderle al mundo su imagen de deportista desbordante de salud.
Nada más lejos de la realidad. A los 19 años había sufrido una caída en un partido de rugby fracturándose un disco vertebral. Tuvo que abandonar los deportes y resignarse a vivir atormentado por terribles dolores dorsales el resto de su vida.
Pero quizás su mayor problema radicaba en el que aparentaba ser su mejor atractivo: su tez bronceada. Esta particularidad física, que fue definitiva en su "charm" político, era en realidad menos sexy de lo que parecía. Se trataba de una consecuencia de la llamada "enfermedad del bronce" o de Addison, cuyos pacientes presentan siempre una pigmentación bronceada. Consiste en una insuficiencia de las cápsulas suprarrenales, que cubren la parte alta de los riñones, y vierten hormonas en la sangre, regulando la presión sanguínea, estimulando el ritmo cardíaco y ejerciendo una acción constrictiva sobre los vasos sanguíneos.
Por este motivo Kennedy tenía que tomar diariamente la hormona que su organismo había dejado de producir. Su vida pasó a depender de la química. Cuando pronuncia su discurso inaugural en Washington, en 1961, Kennedy es un enfermo grave a quien se le deposita en las manos una responsabilidad suprema. Por eso los autores del libro dejan planteada la escabrosa posibilidad de que sus dos principales errores políticos, Bahía Cochinos y la guerra del Vietnam, hubieran sido consecuencia inconsciente de la enfermedad que lo minaba y del dolor dorsal que lo torturaba.
La lista es interminable. En cierta oportunidad, siendo ya presidente, Richard Nixon fue sometido durante varios días a una intensa psicoterapia, para tratar una neurosis obsesiva que padecía. Su estancia en la clínica fue explicada como consecuencia de una "gripa por virus". Por cuenta de la neurosis manifestarla más adelante impulsos suicidas cuando, en pleno escándalo Watergate, a Nixon se le diagnostica una flebitis, y se le somete a la acción de fuertes drogas anticoagulantes, además de una estricta quietud. Viendose acorralado, decide provocar el destino. Tira las medicinas, se quita la venda que aprisiona su pierna y parte a una gira al Medio Oriente y la URSS, sin meta política aparente. La muerte, sin embargo, no quiso aceptar su reto.
A esta larga lista tendríamos que sumar, desde luego, la variedad de "gripitas" de los últimos líderes soviéticos, que han escondido, mínimo, un infarto del miocardio, y por lo general han terminado con la vida de los dueños del pañuelo.
No me extrañarla que un breve repaso de las enfermedades de algunos presidentes colombianos revelara interesantes explicaciones sobre el rumbo que súbitamente han tomado ciertos episodios de nuestra historia.
¿Quién quita que las verdaderas razones de por qué perdimos a Panamá las encontremos, por ejemplo, ocultas entre un diagnóstico de apendicitis?
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